Viernes, 15 Septiembre 2017 00:00 Columnistas

Amor se escribe con sangre

Aminta Buenaño

Nunca supo que su amante sería su asesino. Cuando lo conoció era un hombre callado, sigiloso, nocturno. Lo tétrico de su estampa lo disimulaba con una apariencia de intelectual en perpetua reflexión, y su mirada distante le atraía. Se parecía a su padre en lo apartado, lejano, indiferente y quizá fue aquello lo que la conquistó y tal vez fue aquello que hizo que hiciera miles de maromas para atraer su atención, su aprobación y su cariño; sin imaginar, sin ni siquiera sospechar, que estaba coqueteando con la muerte. Cuando lo sedujo tampoco intuyó que estaba cayendo en una trampa como las redes de una telaraña y continuó embriagada dando vueltas hasta que él en un largo abrazo la hizo suya para siempre después de los esponsales y los anillos.

Pero la muerte no vino en explosión sino en retazos, día a día. Primero la celda de la casa, las ventanas cerradas a cal y canto, la prohibición absoluta de salir de ella. Luego los gritos y los insultos, las rabietas inesperadas. La soledad y su presencia. La tortura diaria de sus celos. La imposibilidad de tener amigas. Y su profunda soledad solo interrumpida por los ladridos de su perra. Sus cambios de humor: lunas de miel inesperadas, golpes y luego, pedidos de perdón desconcertantes. Y el terror absoluto disparado en su corazón como un tambor desquiciado. Hasta que un día su hermana la encontró inconsciente, deshecha a golpes, convertida en un guiñapo. La denuncia, la foto de él en los periódicos, el terror a su venganza. Ella curó las heridas de su cuerpo, pero todos los días –ante el enojo del abogado y de su familia que la acusan de masoquista– ella, como una autómata, fantasma en vida, le lleva inexplicablemente comida a su agresor; mientras él mantiene la esperanza, cree, está convencido, de que ella aún lo ama...

Con este microrrelato describo una situación que muchas mujeres ecuatorianas viven todos los días. Muchas veces la realidad supera la ficción en este país en donde la violencia, física o simbólica, está tan normalizada que un cartel publicitario en donde se compara a una mujer con un trozo de carne sanguinolenta no perturba la vida cotidiana del ciudadano común.

La OMS ha declarado que la violencia de género es un grave problema de salud pública y una violación de los derechos humanos de las mujeres. En Ecuador la violencia física, psicológica y sexual contra las mujeres es una pandemia mortal, solo en este año 73 mujeres fueron asesinadas por sus parejas y 84 niños quedaron en la orfandad.

La Encuesta Nacional de Relaciones Familiares y Violencia de Género del INEC de 2011 reveló que 6 de cada 10 mujeres y niñas, de 15 a 64 años, han sufrido violencia, es decir nada menos que 3’260.340,13 mujeres; 1 de cada 4 ha sido víctima de violencia sexual y 4 de cada 10 han sufrido maltrato físico. Muchas veces estos crímenes son cometidos por los miembros de la familia y no se denuncian  por miedo a la venganza o al estigma social. La violencia es cometida bajo el amparo de la impunidad, silencio, tolerancia, complicidad o indiferencia de la sociedad y las autoridades. Es conocido el adagio: “En peleas de marido y mujer nadie se debe meter”.

La violencia contra las mujeres solo significa control y castigo como ejercicio del poder propietario machista sobre el cuerpo y alma de las mujeres. Es un problema sistémico y estructural que afecta gravemente la salud de la nación. Esta violencia interminable, esta guerra civil que viven muchos hogares, ha desembocado en el Proyecto de Ley de Erradicación de la Violencia de Género contra las Mujeres, que es necesario promover, apoyar y aplaudir, si queremos que los derechos humanos no solo se exijan en las calles, sino también al interior de los hogares ecuatorianos. (O)

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