Lunes, 21 Agosto 2017 00:00 Columnistas

¿Amigos y enemigos?

Carol Murillo Ruiz

Lo interesante de tener enemigos es que ayudan a mirar el mundo de otra manera. A tomar distancia de ciertas reflexiones y ensayar otras, a radicalizar algunas ideas con argumentos más profundos, a comparar espíritus y cuerpos que se mueven en las sombras que olvida el sol, a meditar por qué se causa una impresión inversa a la que se pretende, en fin, a mirar el espejo y descubrir que los ojos no han perdido el brillo, el brillo de la vitalidad, no de la ira.

Lo bueno de tener amigos es que parecen estar ahí por los siglos de los siglos y no están necesariamente, pues la construcción social de la amistad –como del amor- parte de la aprehensión complejísima de la historia del planeta Tierra, una especie de subjetividad cognitiva que moviliza certezas y suspicacias, a veces retorcidas, cuando no se ha sentido eso que se llama afecto.

Tener enemigos no es terrible. Tener amigos es difícil. Las sociedades modernas componen atmósferas vacías para construir –permanentes o fugaces- relaciones de amistad o de contingencia. Tales vacíos se expresan en las escaleras laborales, en los cubículos institucionales, en los lazos de sangre, en el azar de los encuentros. Cada día se pone a prueba lo que teóricamente se ha asumido como lo humano.

Y lo humano no siempre consiste en el idílico ser bueno que reconoce su pulsión de vida y la vuelve agudeza, solidaridad, apego, raciocinio. Pocas veces es así, porque las amistades están marcadas por intereses, por un pathos de realidad que moldea conductas y afina referentes dúctiles, es decir, el entramado social entrega una tabla de valores que va de la piedra al agua…

Además el bien y el mal, límites de lo humano, exhibe la balanza cada vez que hombres y mujeres yerran; y solo se la usa como un velo para tapar el pecado social originario. De ahí que es fácil deducir que los enemigos y amigos se hacen por las condiciones del entorno, por el vínculo que proviene de las relaciones parentales, sociales, cognoscentes. Y dicha lógica, abierta a la vida social, termina por prefigurar lo político. Entonces los avispados dicen que en ese hábitat (el político) no existen amigos o enemigos sino ‘adversarios’. Así, la esfera de lo público engendraría actores políticos (rotos de lo doméstico, o sea, de la esfera de la amistad) y glorificaría el interés particular o de grupo –a pesar del altruismo verbal-.

Por eso creo que la sociedad capitalista, en todas sus fases y más la contemporánea, ha pulido en grado sumo la primacía de la individualidad a través de diversos recursos (la tecnología, por ejemplo), ergo, las relaciones personales soportan los efectos de este distanciamiento/acercamiento ficticio, donde los intereses persisten y controlan en masa a los que se reputan como individuos (libres). ¿Por qué? Porque política e ideología operan en lo público y lo privado.

Enemigos o amigos son mitos del utilitarismo humanoide: alianzas afectivas mistificadas que apaciguan la necesidad real de cultivar lo sensible, de amar y cohabitar con la pasión humana.

Valdría saber si hay enemigos que inspiran, o, quizá, solo amigos que alimentan el engaño. (O)

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