Miércoles, 09 Noviembre 2016 00:00 Cultura

Tazas rosas de té, alegoría de la Antígona de Sófocles

En la obra escénica actúan María Josefina Viteri (foto), Martha María Lasso y María Dolores Ortiz.
En la obra escénica actúan María Josefina Viteri (foto), Martha María Lasso y María Dolores Ortiz. Foto: Marco Salgado / El Telégrafo

Mitómana ofrece un trabajo que conjuga en el escenario la memoria afectiva y pública, individual y social.

Fausto Rivera Yánez

Antígona, hija de Edipo y Yocasta, ha perdido físicamente a sus dos hermanos, Eteocles y Polinices, quienes murieron mientras luchaban en una batalla por determinar quién sería el próximo rey de Tebas. Ante su deceso, Creonte, el hermano de Yocasta, asume la corona y ordena que el cuerpo muerto de Eteocles tenga un funeral honorable, pero al de Polinices, acusado de traidor, pide que se lo deje sobre el sitio donde murió, sin sepultura, anclado al vacío de la historia.

Antígona se niega a que el destino de su hermano sea ese: yacer sobre la tierra, convertirse en simple polvo. Así que por sí sola decide recogerlo, embalsamarlo y enterrarlo. “Nadie me acusará de traición por haberlo abandonado”, le dice Antígona a su hermana Ismene, quien no la apoya en su cometido.

Por incumplir la orden de Creonte, Antígona es condenada a ser enterrada viva en el panteón familiar, pero ella, anticipándose a la ley del rey, a la palabra rancia del poder, se suicida y, con su muerte, llena la vida incompleta de su hermano. “Será hermoso para mí morir cumpliendo ese deber. Así reposaré junto a él, amante hermana con el amado hermano; rebelde y santa por cumplir con todos mis deberes piadosos; que más cuenta me tiene dar gusto a los que están abajo, que a los que están aquí arriba, pues para siempre tengo que descansar bajo tierra”, dice Antígona.

Tazas rosas de té, la nueva propuesta escénica del colectivo Mitómana, es una alegoría moderna de la tragedia de Sófocles. En esta obra, escrita por Gabriela Ponce, una mujer con ropa gastada emerge de entre la tierra para recordar el cuerpo muerto de alguien, para jugar con las posibilidades de enunciar lo inasible, lo que ya no podemos tocar y, a ratos, recordar. Pero ¿quién es esa mujer que, con la palabra, insiste en enfrentar el olvido individual y colectivo, íntimo y social?

Como la protagonista de Tazas rosas de té, Antígona sabe que la muerte es otra forma de vivir, y por eso insiste en el duelo, en la sepultura, en no dejar de trasmitir el amor fraternal, pero, sobre todo, en no dejar de nombrar. “En tiempos de cuerpos capaces de hacer más cosas, necesitamos más vocabulario. Por eso tengo que inventar palabras”, decía recientemente la investigadora de arte Diana Taylor.

Esa mujer de Tazas rosas de té, interpretada por María Josefina Viteri, se desplaza por un escenario cubierto en su totalidad de tierra, lo que provoca en los espectadores ardor en los ojos y en la garganta. Ante cada desplazamiento de la actriz, partículas de tierra se depositan en el aire. Quizás ese es el costo de adentrarse con honestidad en la memoria: sentir malestar, incomodidad, deseos de huir.

A la historia individual de la protagonista, quien desde su monólogo recuerda la muerte de alguien y los objetos que lo acompañaron en vida, se suman las voces colectivas de las víctimas de Aztra, gracias al archivo sonoro que Pocho Álvarez facilitó al colectivo Mitómana.

En 1977 hubo una masacre de obreros azucareros, mayormente indígenas, en La Troncal, en Cañar. Ellos, junto con sus familias, el 18 de octubre de ese año, fueron al Ingenio Azucarero Aztra para reclamar derechos laborales, pero lo que recibieron a cambio fue represión y olvido, pues hasta ahora se desconoce el número exacto de muertes ocurridas durante la dictadura del triunvirato militar. Estos sucesos, hasta ahora, están en la impunidad.

Cuerpos heridos. Cuerpos flotando sobre agua azucarada. Cuerpos desaparecidos. Cuerpos innombrables. Cuerpos arrojados a los calderos. Cuerpos abandonados. Cuerpos que no son cuerpos.

En Tazas rosas de té, el muerto, la muerte o las muertes tienen la obligación de estar presentes. Ese es el gesto político y subjetivo de la obra: darle una dimensión material, plástica, escénica, poética y corporal a la muerte. Transformar el polvo en materia viva, en palabra dialogante con el presente.

La dictadura militar no se hizo responsable del crimen y creó una inverosímil versión en la que responsabilizaba de la masacre a los mismos dirigentes y hasta habló de un supuesto plan terrorista extranjero. Esto, una vez más, recuerda a Antígona, quien representa la figura de la ley divina, de aquella que está por fuera de la letra legal, burocrática, de aquella ley militar para la cual los cuerpos muertos son solo números y el nido donde reposan las lombrices. La lucha de Antígona contra el poder es una lucha contra la ausencia forzada. Hegel, al referirse a Antígona, decía que una hermana “es el supremo presentimiento de la esencia ética”.

“Eso de andar desenterrando muertos es enfermo”, dice una de las secretarias de la obra, interpretadas por Martu Lasso y María Dolores Ortiz, quienes representan la mirada cínica de la burocracia sobre la muerte. Y sí, puede ser, es enfermo, pero es un acto necesario para resarcir las huellas que nos han sido arrebatadas. (I)

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