Viernes, 18 Noviembre 2016 00:00 Cultura

Me fui a volver, un trance que se origina en la distancia

Gato Muñoz trabajó en los diálogos y toma tres temas de su último disco para la obra, con detalles agregados por Víctor Andrade, su coprotagonista.
Gato Muñoz trabajó en los diálogos y toma tres temas de su último disco para la obra, con detalles agregados por Víctor Andrade, su coprotagonista. Foto: Miguel Castro / El Telégrafo
Redacción Cultura

El músico y performer español Gato Muñoz utilizó fragmentos de Un año con trece lunas, el filme de Rainer Werner Fassbinder, para dramatizar una relación que está por romperse, que se ha vuelto frívola en la distancia y que tiene destellos de ternura cuando ambos protagonistas, desde la fricción, juegan con la música como una señal de lo que fueron hace un tiempo.

Gato Muñoz interpreta en la obra el cuerpo trans de Elvira, y el músico Víctor Andrade es Christoph. Como en el filme, Christoph llega de un viaje largo, más largo que los tantos que ha hecho desde que está junto a Elvira. Es músico y le aburre permanecer quieto, tanto como a Elvira estar sola.

Cuando regresa de su viaje, Christoph toma su guitarrra, es lo único por lo que ha vuelto. Esta vez su periplo fue largo y ya no le interesa quedarse en la casa de quien quiso, ni dar explicaciones sobre su rumbo. Los roles de poder de los personajes se intercalan con los diálogos: negocian un tanto, vuelve la música y, con ella, las friccionarse. La separación parece definitiva.  

La obra de Fassbinder se vuelve una excusa en el montaje de Gato Muñoz para poner en escena la dramaturgia con la que se desarrolla su último disco Me fui a volver.

Con esta pieza breve homónima del disco, que hace dos semanas se monta en Pop-Up, en Guayaquil, el artista español conduce los juegos de poder de la pareja a un trance en el que convive con música y danza.

En esta obra, los actores utilizan el espacio detrás del escenario, un pequeño camerino que les sirve de juego para entrar y salir, para dejar claro que se están dejando.

“La música –dice Muñoz– lleva la obra a otro lugar. Me gusta jugar a los quiebres, a partir la obra en cachos, entonces estos trocitos mágicos de la película se unen con la música que podría ser el pasado bonito de esta relación, lo que les une y luego todo se vuelve a partir”.  

El tiempo de la obra es cíclico. Vuelve al inicio y con ello, el entramado que combina las actuaciones con música y performance aparenta haber sido un sueño. (I)

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