El Salón de Machala cambia sus perspectivas

| 05 de Julio de 2017 - 00:00
El ganador de la edición de este año fue el pintor lojano Emilio Antonio Seraquive Valarezo.
FOTO: Foto: cortesía

Por dos años el artista Enrique Madrid planteó una reforma a la visión del certamen para vincularlo con la sociedad.

El Salón de Junio de Machala lanzó la convocatoria de su octava y última edición en abril, a solo dos meses de su realización. A Enrique Madrid, quien fue director del evento en sus dos ediciones anteriores, los artistas le preguntaban “¿cuándo se desarrollará el certamen?”

En el Municipio de la ciudad, desde donde se gestiona el financiamiento, no daban respuesta hasta que apareció el anuncio en redes sociales y en un diario local. Al mismo tiempo se terminaron de gestar varios de los pagos que quedaron pendientes de la edición anterior: a artistas y a la organización del evento, en una deuda de $ 110.000.

A pesar de que el pago se efectuó  nunca hubo una explicación por la prolongación del mismo. Para el artista riobambeño César Eduardo Villacís, director de esta edición, “se trató más de cuestiones personales. Cuando no hay una relación entre quien fue el director y quien maneja la administración municipal se tienen que presentar informes, cosas que fijen el proceso y validen las acciones de cada uno de los objetivos que fueron planteados. Creo que en un momento determinado también hay que ver cuál fue la falencia de parte del Municipio y de la persona que dirigió, pero al final del día eso se pagó y se ha cumplido con todo lo que en un momento se planificó”. De acuerdo a Madrid, una vez concluida la séptima edición del Salón de Machala se entregó un documento voluminoso que contenía detalles de cada una de las actividades realizadas, por lo que esa no podría considerarse como razón para el retraso de los pagos. 

Hace dos años Madrid dirigió el certamen luego de hacer un estudio sobre la situación de los salones en el país, en el que descubrió una similitud que podría ser dañina para su realización: la institución que los gestiona (casi siempre desde los Gobiernos Autónomos Descentralizados) utilizan los salones como plataforma propagandística de las autoridades. Además, todos estos espacios están concentrados en acoger como único lenguaje la pintura, sin abrirse a nuevas propuestas contemporáneas.

En las dos ediciones que dirigió Madrid planteó un programa para reformular el salón. Este tenía como objetivo implementar un proceso gradual de integración del público y de los artistas locales a  nuevos lenguajes. “La idea era exponer, por así decirlo, al espectador a otros procesos creativos. Se propuso que el salón incluya otros lenguajes en el concurso, pero el alcalde no estuvo de acuerdo. Él quería que se quede en pintura. Talvez posteriormente haya esa posibilidad”, dice Madrid.

De acuerdo al artista machaleño, dentro de la planificación de este nuevo programa estuvo la creación de talleres dirigidos a las exposiciones del salón y a los vacíos en la formación que los artistas locales tienen. Madrid considera que el desfase entre la premiación entre artistas machaleños y de otras partes del país es uno de los problemas centrales del certamen. “Es por eso que propusimos convertir el salón no solo en un concurso, sino en un evento complejo que tenga una oferta más surtida para el público local y que pueda aportar a la formación de los artistas locales”, dice.

Dentro de esta planificación se instituyó en la séptima edición del certamen el Laboratorio de Arte Comunitario (LAC). En su primera versión se acogió, entre distintas propuestas, el proyecto performántico-instalación Paradise Bananín, de un grupo de artistas, investigadores y líderes comunitarios. La propuesta reflexionaba sobre el proceso del cultivo del banano como un agente contaminante y altamente peligroso para los trabajadores.

Este año, de acuerdo a Villacís, el nuevo director intentó mantener todo aquello que resultaba positivo para el salón, entre esto figura el LAC. Sin embargo, la edición de este año convocó a distintos artistas comunitarios para pintar un mural en la ciudad. El proyecto seleccionado grafica a unos indios precolombinos cargando bananos en una plantación, una visión contraria a la propuesta del año pasado.

Madrid considera que “ese uso impostado impide reflejar la riqueza y variedad cultural que tiene la ciudad. Machala es una ciudad con un alto índice de inmigración históricamente, con una cultura marina muy rica. El banano como monocultivo destruyó el paisaje y lo uniformó”.

Para Villacís, “el laboratorio de arte comunitario convoca proyectos que van del lado de la experticia de los talleres que se han programado dentro del salón (este año de hiperrealismo). Si cada uno de los actores culturales plantea una propuesta el jurado, desde su punto de vista tiene que validarla. Si es el público en sí quien decide tomar una crítica, obviamente la validación se la establece desde ese mismo punto”.

En Machala, un grupo de artistas –entre Madrid o el poeta Roy Sigüenza– piensan plantear un encuentro internacional de artes con  los alcances y propuestas  que originalmente fueron expuestos al Municipio en el salón y que no fueron  aceptados en su totalidad. “Necesitamos urgentemente un espacio adecuado para exhibiciones. No tenemos teatro, en realidad contamos con una pobrísima infraestructura cultural”, acota Madrid. (I)