Eduardo Crespo explora las maneras de recordar

- 25 de mayo de 2017 - 00:00
El argentino Eduardo Crespo (Crespo, 1983) estuvo en Guayaquil y Quito presentando su último documental.
Foto: Daniel Molineros / El Telégrafo

El cineasta argentino estuvo en Ecuador, donde presentó su segunda película, Crespo (La continuidad de la memoria).

Cuando el padre de Eduardo Crespo murió, lo primero que a su hijo le atemorizó fue la posibilidad de olvidarlo. Él estaba consciente de que no hay una única ni vigorosa memoria, sino un conflicto de memorias que se nutren del recuerdo, el olvido y el silencio. Como una forma de confrontar ese temor y de entender  lo que emocionalmente le estaba pasando, Crespo decidió retomar la filmación de un documental que tenía como protagonista a su padre.

Inicialmente, el proyecto iba a ser una película en la que, a través de entrevistas hechas por su progenitor a pobladores de Crespo –la capital avícola de Argentina–, el cineasta argentino contaría la historia de su pueblo que lleva el mismo nombre de su apellido. Pero con su padre ausente, el filme devino en una indagación sobre la paternidad, sobre la ausencia y sus consecuencias en el presente.

En Crespo (La continuidad de la memoria), documental que se presentó en la XVI edición de los EDOC, Eduardo Crespo indaga en las formas de acceder a la memoria a través de los objetos, los espacios, la palabra, la escritura y, sobre todo, el recuerdo roto. El filme, en la hora que dura, trata de darle cuerpo a algo que es volátil, que apenas se lo puede retener en la cabeza.

“Tenía miedo de perder la memoria, de olvidar a mi padre y mis antepasados. Mario Levrero  decía que cuando el padre muere, de repente, uno se enfrenta cara a cara con la muerte”, dijo Crespo en una cafetería de La Floresta, horas antes de presentar por tercera vez su película. Las dos primeras fueron en Guayaquil, donde además habló con los alumnos de la UArtes.

La película no parte de ninguna premisa y de ningún guion preestablecido. Con el pasar de los minutos, el espectador se deja llevar sin rumbo por una voz en off y por una secuencia de imágenes que saltan de un lugar a otro. En una toma vemos a su madre tocando los objetos de su esposo y evocándolo a través de la materialidad, y en otras aparece un búho mirando fijamente la cámara mientras Crespo está en el cementerio donde su padre descansa. No hay un horizonte fijo, ni  una estructura narrativa lineal en la cinta. El camino de la memoria es así, sinuoso, nublado.

Uno de los momentos más altos del documental es cuando Crespo ya no sabe cómo avanzar en su relato y  recurre a un amigo fotógrafo para que, a través de su historia, lo ayude a reflexionar sobre el pasado de su ciudad y de sus habitantes. También la película tiene un momento de deriva en el que Crespo se pierde filmando a unos personajes que no guardan mucha relación con lo que podríamos sospechar es la idea central de la cinta.

Este ejercicio remite a lo que el escritor argentino Ricardo Piglia planteaba en Una propuesta para el próximo milenio: “La verdad tiene la estructura de una ficción donde otro habla. Hay que hacer en el lenguaje un lugar para que el otro pueda hablar. La literatura sería el lugar en el que siempre es otro el que habla. Me parece entonces que podríamos imaginar que hay una segunda propuesta. La propuesta que yo llamaría, entonces, el desplazamiento, la distancia. Salir del centro, dejar que el lenguaje hable también en el borde, en lo que se oye, en lo que llega del otro”.

Sacar fotos, recolectar pertenencias, recuperar el pasado scout del padre ‘oso’, llevar un diario, armar un archivo con los monumentos de su pueblo, jugar con la materialidad de la vida y de la muerte. Crespo (La continuidad de la memoria) es, ante todo, un documental objetual, plástico, maleable. (I)

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