Arturo Corcuera tuvo una vocación transparente

| 23 de Agosto de 2017 - 00:00
Hace menos de un mes recibió el premio FIL Lima Literatura 2017 a cargo de la Cámara Peruana del Libro.
FOTO: Foto: círculo de poesía

El poeta peruano falleció la madrugada del pasado lunes a los 81 años, tras estar varios días en cuidados intensivos.

La muerte, para un poeta, es el cambio de territorio desde el que canta el mundo. Ya no su cuerpo. Ya no su garganta y la imantación de esta con el brillo de las aves. La pausa contemplada entre respirar y dejar de hacerlo, ahora, es el ritmo desde el que se elevan sus palabras.

Desde la mañana del pasado lunes, la muerte de Arturo Corcuera, uno de los más destacados poetas de la Generación del 60 (a la que ya le faltan Rodolfo Hinostroza, Antonio Cisneros, Luis Hernández, Javier Heraud, César Calvo, Javier Sologuren, por decir algo), impuso esa pausa en la materia que componen sus poemas. A los 81 años de edad, su ausencia ha confirmado que cuando la vocación de poesía es verdadera, el poeta recibe todo aquello que no espera.

Las puertas de la Casona de San Marcos, lugar que recibe a los más ilustres peruanos para ser velados, se abrieron antes de ayer para que el féretro de Corcuera ocupe su espacio. Decenas de personas, lectores, estudiantes, músicos, danzantes, se confundían entre los familiares, para darle muestras de gratitud, cariño y respeto al poeta. Fue tanta la asistencia de personas que el velatorio tuvo que extenderse hasta la tarde de este martes.

Es un momento raro. Los obituarios de los periódicos describen a Corcuera como un “mago de las palabras”, y como uno de los representantes de una parte de la historia literaria del país que, poco a poco, se apaga. Pero la muerte, esa gran verdad, esa única gran verdad, no cabe en esas definiciones. 

La memoria hace lo suyo. Las fotografías de Corcuera en España, en Francia, en su casa de Chaclacayo cociendo paella y departiendo con otros poetas y artistas, tiene ahora el velo de la nostalgia. Esa tinta en la que todos los nombres, todos los paisajes se opacan hasta parecerse tanto a la noche.

Si uno pregunta por la obra de Arturo Corcuera en una librería, enseguida tendrá delante de los ojos una de las 12 ediciones de Noé Delirante, un libro que de acuerdo al poeta empezó a escribir desde niño, pues su cercanía con la naturaleza de los animales era un recuerdo que atesoraba. Sobre la fábula, la adivinanza, el refrán, Corcuera armó un universo particular, en el que la palabra hacía lo mismo que un pájaro, que un pez, que un corazón enamorado y no correspondido. Y lo mismo que un niño que pasa su mano por el pecho queriendo liberarse de ese dolor. Esa era la magia de Corcuera. Esa es la magia de su poesía.

En Noé Delirante, como en el Arca de Noé, caben miles de especies, aparejadas o desprovistas de amor, pero bellas en la ignorancia de lo bello, en esa condición salvaje que tiene la creación. Así mismo en la vida de Corcuera, un arca embalsamada en los huesos, en el alma, hecha a la estatura de su oficio.

Para 2006, cuando Casa de las Américas reconoció su obra con el galardón mayor, Corcuera ya era uno de los poetas más reconocidos de su generación. Había recibido en el 63 el prestigioso premio Poeta Joven del Perú, merecido antes por Eielson y después por Calvo, todo un honor. Participó como fiel activista en la defensa de la Revolución Cubana y los derechos humanos, maltratados por el poder en este país, y fue un incesante cultor de revistas literarias como Transparencia, así como director del Centro Cultural de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, su casa de estudios literarios.

Una vocación transparente la que tuvo Arturo Corcuera para ser poeta. Algo que no solo se asienta en escribir poesía, esa parte tangible y manejable del oficio, sino que se trabaja en la hondura de la cotidianidad y que despeja de toda ambición y egoísmo a quien entrega su vida al canto de la libertad. Las campanas suenan en la casona de San Marcos. Es una señal luminosa. El poeta ha vuelto a cantar. (I)

Datos

Arturo Corcuera (Trujillo, 1935) estudió Literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y en la Autónoma de Madrid. A los 25 años fue Premio Nacional de Poesía y en 2006 ganó el Premio Casa de las Américas por A bordo del arca.

Entre sus publicaciones destacan Noé Delirante (1963), Las sirenas y las estaciones (1976), Poesía de clase (1968), Puente de los suspiros (1982), Declaración de amor (1995), Canto y gemido de la tierra (1998), Puerto de la memoria (2001), entre otras.

El poeta peruano fue director de la revista cultural Vuelapluma, creada en 2013.