Cecilia, la chimpancé liberada, vive en un santuario

- 22 de Agosto de 2017 - 00:00
Una jueza le concedió un habeas corpus para llevarla de Argentina a Brasil.
Foto: AFP

Una jueza le concedió un habeas corpus para llevarla de Argentina a Brasil.

Es mediodía y Cecilia sube a su terraza. Hay barullo fuera y quiere saber qué pasa: es Marcelino, que trata de llamar su atención desde la parcela adyacente. Aún no está preparada para una relación, pero tras cuatro meses luchando contra la depresión cada vez se siente más viva.

Como la mayoría de sus compañeros, esta chimpancé de 20 años tenía el alma rota cuando llegó en abril al Santuario de Grandes Primates de Sorocaba, 100 kilómetros al oeste de Sao Paulo.

Venía de un zoológico de Mendoza, en Argentina, donde estuvo encerrada en una jaula, sin jamás sentir la hierba y consumida por la soledad tras la muerte de sus colegas Charly y Xuxa.

Sus “deplorables” condiciones fueron denunciadas por una ONG, que consiguió que una jueza le concediera un habeas corpus para trasladarla al santuario, considerándola un “sujeto de derecho no humano”.

Cecilia había hecho historia, convirtiéndose en el primer chimpancé en el mundo en ser transferido con una orden de este tipo. “Cuando llegó no tenía problemas físicos, pero estaba deprimida. No interactuaba”, recuerda la veterinaria Camila Gentille, quien reconoce a los 52 chimpancés del santuario.

Ninguno llegó por casualidad a este refugio de 50 hectáreas resguardado entre los árboles del interior paulista, donde 280 animales -entre primates, leones y osos- tratan de curarse heridas del pasado.

La mayoría forma pequeños grupos en extensos recintos donde corren, juegan y, sobre todo, sienten que no están solos. Aunque las marcas de algunos son profundas y necesitan fármacos para salir adelante o dejar de automutilarse.

Desde una de las torres que coronan cada espacio, los gritos y golpes secos de Dolores hablan de los traumas que se trajo del circo donde trabajó parte de sus 18 años, y que apenas le permiten relacionarse.

Ella no ha podido romper con el dolor como lo hizo Jimmy, quien llegó al santuario tras una intensa lucha legal contra el zoo donde vivía hacinado cerca de Río, y ejerce ahora de ejemplar padre adoptivo de Sofía, Sara y Suzi. “Fueron abusados y maltratados en circos, zoológicos o confiscados por traficantes que los comercializaron. Precisan de un local donde ser tratados decentemente, sin visitas públicas. Y el único lugar así en América Latina es este”, afirma Pedro Ynterian, dueño del santuario.

Con la complicidad de los viejos compañeros, Jango muestra su sonrisa sin dientes cuando ve llegar al  microbiólogo cubano, de 77 años, que hizo de su afición por los animales una lucha de dos décadas.

A este veterano chimpancé al que le encantan los macarrones lo castraron y arrancaron la dentadura en un circo del interior de Brasil antes de llegar al santuario en 2003.

Por entonces, Ynterian había comenzado a invertir parte de la fortuna que hizo con la venta de materiales de laboratorio para convertir sus terrenos de Sorocaba en un íntimo retiro para los animales que ya no podían volver a la vida salvaje.

Sus prioridades cambiaron tres años antes cuando adquirió a Guga, un chimpancé de pocos meses que costaba $ 20.000. “Quería que viviera con nosotros, lo cual es una imbecilidad total. Con él comenzamos a descubrir un mundo que no conocíamos, que es el de los abusos que se hacían contra ellos”.

Pronto se asoció con el proyecto internacional GAP de lucha por los derechos de los grandes primates y comenzó una campaña de denuncias contra circos y zoológicos, que le multiplicó los enemigos y casi le cuesta la vida. “Me intentaron matar hace años porque el mercado de los animales mueve mucho dinero”.

Después del fracaso de su acercamiento con Billy, el equipo del santuario confía en que habrá más química con Marcelino, quien precisa salir del amplio espacio que comparte con su familia porque cada vez se lleva peor con su padre. (I)