Martes, 11 Octubre 2016 00:00 Punto de vista

Punto de vista

Reflexiones sobre el tiempo

Alfonso Manosalve Ramírez

A mi amigo, novelista y dramaturgo Carlos Perozzo le gustaba mi metáfora del tiempo: la alfombra que se enrolla detrás de nuestros pasos y se esfuma. Después de atormentadas reflexiones, esa imagen se depuró. A diferencia del espacio que tiene dimensión real, lo que nos permite recorrerlo de ida y vuelta, el tiempo no tiene dimensión, solo su apariencia. El día, la hora anterior no existen. No podemos regresar a ellos.

Aquel simio cuyas neuronas ya elaboraban construcciones ideales de la realidad, registró el movimiento de los astros, de la luna, del sol. Su primera construcción le indicaba que él está en el centro del universo y que este gira en torno a él. A medida que su observación se convirtió en ciencia descubrió su gigantesco error.

La corrección de esas nociones simples tardó millones de siglos en realizarse y costó vidas y luchas entre civilizaciones. Hoy nadie duda de que la Tierra gire en torno al sol. Lo podemos afirmar con absoluta seguridad gracias a la experiencia histórica de la humanidad, que al cabo de muchas fantasías, se lanzó al espacio y comprobó que el universo es real y está en movimiento permanente a diferentes escalas, desde los evidentes movimientos astrales hasta el de partículas infinitesimales.

El tiempo es la relación que establecemos entre esos movimientos, observados aisladamente, y que traducimos en nuestras neuronas como noción: creamos su modelo mental con un nuevo error, definimos el tiempo como una dimensión real, correlativa a la del espacio.

Gracias a Galileo el hombre comprendió que la tierra realiza determinado número de giros alrededor del Sol, e identificó esa cantidad: un año. El tiempo no es más que la relación que establece nuestro conocimiento entre objetos que también se mueven, sin dejar rastro de sus recorridos. El rastro lo crea nuestro cerebro, como una construcción —constructo— que no tiene existencia objetiva, sino solamente como creación de nuestras neuronas: como noción. O como ilusión.

Si dibujamos una espiral sobre una hoja de papel y movemos circularmente la hoja, veremos que gira: no hay tal. Es nuestra forma mental de unir los movimientos consecutivos de la hoja que, registrados por nuestra vista, parecen movimiento real: ilusión óptica.

Hoy los científicos han explicado en sus términos que el tiempo es una construcción de la racionalidad humana (http://pijamasurf.com/2016/10/el_tiempo_no_existe_mas_que_en_la_mente/).

Una vez más la ciencia humana acierta y se equivoca. El tiempo es ese constructo: esa ilusión. A la vez, acierta: esa ilusión es nuestra realidad, cambiante pero suficiente para que podamos afirmar sin titubeos que ayer llovió y que el próximo sábado iremos al cine. No estamos midiendo ningún tiempo objetivo, sino la cantidad de movimientos que faltan, que son reales y por tanto, que podemos contar con ellos para planificar nuestro futuro y para conocer nuestro pasado. Como conocimiento.

Me quedo con el constructo poético degreiffiano: cuán ricamente el tiempo se me va…

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