Punto de vista

Dos piezas de Zona Escena: habitar la memoria

| 08 de Septiembre de 2017 - 00:00

Desde 2014, Zona Escena trabaja en la casa del bailarín-actor, coreógrafo y director Jorge Parra. El también fundador de Fiartes–G (Festival Internacional de Artes Escénicas de Guayaquil), totalmente comprometido con la creación y con la escena, prefirió juntar la vida con el arte antes que detenerse; y esa fusión, expresada esta vez de modo radical, ha sido realmente productiva. 

El ámbito doméstico se ha convertido en área de entrenamiento y laboratorio, agigantando la imaginación y las potencialidades de los integrantes del núcleo creativo. Espacios de diálogo con los espectadores, como el denominado Primer Piso, que se celebra cada año en marzo, recogen los resultados de esas búsquedas que se articulan mediante nuevas estrategias de producción.

Dos de esas piezas integran el programa del festival este año y pudieron ser vistas por el público justo en el espacio en el que se construyeron. Aguardiente, creado e interpretado eficazmente por Mario Suárez, muestra la relación de un nieto con su abuelo. El espacio súper íntimo es el propio cuarto del actor. La presentación corre a cargo de alguno de los espectadores a los que se les solicita la lectura de un texto en el que se intentan resumir las reglas del juego. Tras un velo negro, fantasmagórico, el actor canta y dialoga con el abuelo ausente. A mi mente vienen las imágenes de Pedro Páramo, la novela de Juan Rulfo, la televisión de los años 50, el cine negro y la literatura del post-boom, repleta de boleros, tangos y pasillos.

Absolutamente minimal en cuanto a movimiento escénico, todo el peso de la propuesta recae en el trabajo del intérprete que consigue con poquísimos recursos transportarnos al espacio íntimo de sus recuerdos familiares. 

Michelle Mena y Vanessa Guamán asumen con audacia la interpretación del segundo trabajo, Miradas ocultas, distinto en términos estilísticos, pero similar en cuanto a reflexión. Ahora se trata de dos hermanas que añoran su infancia, evocan a su madre y, con ella, la educación sentimental que recibieron. Si la primera pieza ocurría en un cuarto, esta ocurre en un comedor desvencijado donde solo queda el esqueleto de una mesa y varias sillas que son ocupadas por los espectadores. Rocambolescas, las hermanas exhiben su soledad y su desatino, la furia y el pánico, la ausencia de un patrón, de modelo fuerte a seguir. Como anfitrionas reciben a los espectadores, le sirven un trago, sin embargo sus acciones no logran esconder su miedo al fracaso, la imposibilidad de escapar.

Conectados en lo profundo, estos dos trabajos que conjugan la música, la danza y la actuación, giran en torno a la familia y  al rol que esta debe ocupar en la formación de las nuevas generaciones.

La pregunta fundamental tiene que ver con la manera de negociar la herencia –familiar, espiritual, cultural–  y las estrategias diversas que suponen la salvaguarda de esos valores fundamentales que sustentan lo que somos. (O) 

 

 

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