Miércoles, 12 Octubre 2016 00:00 Justicia

Johnny, un Bombero que nació tras perder a su familia

Los bomberos llevan su uniforme a todos lados para acudir a las emergencias sin demora. Johnny Cóndor no es la excepción.
Los bomberos llevan su uniforme a todos lados para acudir a las emergencias sin demora. Johnny Cóndor no es la excepción. Foto: Miguel Castro / El Telégrafo

En 1996, el carro que conducía de Riobamba a Guayaquil cayó a un abismo y se incendió con sus parientes.

Redacción Justicia

“Tenía una familia maravillosa. Yo era un hombre muy feliz con una linda esposa. De repente la vida me jugó una mala pasada”, narra Johnny Washington Cóndor, un hombre que hace 20 años en un accidente de tránsito perdió a siete integrantes de su familia.

Recuerda con exactitud cómo fue el 1 de septiembre de 1996. Su mirada parece apagarse cuando cuenta lo que vivieron aquella noche, exactamente a las 20:00 en la carretera Riobamba-Pallatanga.

Johnny asienta cinco carpetas manila en el escritorio de su oficina, acomodada en su domicilio (en el norte de Guayaquil) y saca un desgastado y amarillo periódico de Riobamba, en el que se publicaron las duras imágenes del percance. “Esto fue lo que pasó”, dice y aprieta sus párpados como si el suceso se reprodujera en su mente.

“Yo conducía una camioneta grande, una Ford 250, que había adquirido en mi trabajo como arquitecto. Ahí iba con mis tres hijos, mi mamá, mi papá, mi esposa, mi hermano con su mujer y el bebito de ellos de dos meses y un primo. La neblina no me permitía ver nada y me arrimé a un camión para guiarme. Frenaba bastante para que el carro no cogiera mucha velocidad hasta que los frenos ya no funcionaron”.

“Fueron segundos eternos, los más fatales de mi vida. Era un sector con muchas curvas y caí al abismo. Rodamos unos 50 metros y mi carro quedó con las ruedas hacia arriba con toda mi familia adentro”.

Johnny revela que siempre estuvo consciente y que apenas el carro dejó de rodar se incendió, pues pocos kilómetros antes llenó el tanque de gasolina, en una estación en el desvío a Riobamba y Colta.

“Yo estaba en llamas y pude salir por un hueco y como la tierra estaba húmeda me di vueltas para apagarme. Veía a mi hija parada junto al carro gritando que ayudaran a su ñañito, yo solo podía gritarle que lo halara. Mi hermana pedía ayuda, ni ella ni mi cuñada podían caminar, así que las arrastré hacia afuera. Vi a mi otro hijo y a mi hermano clamando ayuda debajo del balde y de repente explotó el carro”, relata y no aguanta más, llora. Se toma su tiempo para desahogar el dolor y continúa diciendo que, aunque siempre tuvo los ojos abiertos y sabe que a su alrededor debió haber mucho ruido, para él hubo horas de silencio. Hasta que escuchó a personas gritando si había algún otro sobreviviente. En ese momento no sabía que siete miembros de su familia fallecieron. Sus tres hijos, su hermana y su cuñada sobrevivieron.

El hombre repasa momentos previos, los que considera como premonitorios. “Horas antes habíamos visto el Chimborazo completamente despejado y mi papá le dijo a mi mami: mira el Chimborazo salió a despedirte. Lo veía brillante y cuando vi en dirección a la costa todo el ambiente estaba negro, oscuro, tenebroso, horrible”, expresó y su cuerpo se estremeció.

El suicidio pasó por su mente

La muerte de sus seres queridos lo llevó a días, meses, años de depresión. El dolor lo arrastró al alcoholismo y a descuidar a sus hijos que en ese entonces eran menores de edad. Acepta que renegó de Dios, que gritaba cuestionándolo por qué le tocó a él sufrir tanto. “Una vez me puse una pistola en la cabeza. Anduve tirado en las calles. Cuando estaba bueno y sano todos me rogaban que cambiara, sobre todo por mis hijos que solo me tenían a mí y yo no me daba cuenta”.

Encontró su propósito de vida

Un día, Johnny entendió que todo pasaba con un propósito, ya no renegó de Dios sino que lo buscó, empezó a leer la Biblia. En 1998 fue con una delegación de arquitectos a trabajar en Bahía de Caráquez, en Manabí, que estaba devastada por el  terremoto.

“Empecé a identificarme con el sufrimiento de los demás, con personas que sufrían lo mismo que yo. Algo había que hacer. ¿Dios qué hago? pedí mirando al cielo y sentí la necesidad de ayudar. Al poco tiempo tuvo una respuesta que considera celestial, pues vio en un diario una convocatoria para ser bombero. Pese a que ya tenía 43 años se arriesgó a postularse y sabe que fue por una fuerza superior que lo aceptaron.

Cóndor pertenece a la tercera Brigada del Benemérito Cuerpo de Bomberos de Guayaquil y colabora en la Unidad de Materiales Peligrosos y en la División Forestal. Además es instructor de la Academia y de niños. Estos son quienes lo hacen sonreír siempre. “Dios me quitó y  me dio. No soy feliz, pero sí estoy tranquilo”.

Kevin Cóndor Troya, de 26 años, es hijo de Johnny, y además de ser  ingeniero ambiental también es bombero voluntario. “La decisión de mi papá influyó en mí en tener disciplina, coraje y humildad, al mismo tiempo. Ser bomberos nos ha enseñado a preservar la vida en los momentos más duros e inesperados”. Juntos han trabajado en un sinnúmero de emergencias, pero recuerda uno ocurrido en la bahía, donde laboraron por más de ocho horas. “Es mi mejor amigo, mi mentor, no me imagino la vida sin Johnny Cóndor Maldonado, mi padre, mi único amigo”.

El domicilio de los Cóndor evidencia la pasión por su labor. En la sala, en los pasillos, en la oficina hay cascos, tanques de oxígenos, mascarillas, trajes especiales, muñecos de bomberos, portarretratos en formas de hidrantes o motobombas. El nombre de Cóndor aparece en una de las emergencias más comentadas de los últimos años, pues fue uno de los rescatistas afectados en el edificio ‘Las Cámaras’ en el norte de Guayaquil.

Martín Cucalón, primer jefe del Cuerpo de Bomberos de Guayaquil, resaltó que Johnny Cóndor es “extremadamente dedicado. Es incondicional y siempre está dispuesto a colaborar sin importar la hora que sea”. Reconoció que los ‘Casaca Roja’ siempre son apasionados, pero cuando han sufrido una pérdida en un accidente se entregan mucho más, pues sienten la empatía con los que pasan algo similar a lo que vivieron. (I)

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