Sábado, 24 Septiembre 2016 00:00 Guayaquil

El presidente del comité promejoras asegura que ha solicitado obras de asfaltado de calles, alcantarillado y agua potable, pero estas nunca llegan

El Consuelo, un recinto que está cerca y lejos de todo

Los jóvenes en El Consuelo terminan el día jugando fútbol en una pedregosa cancha, adecentada con su esfuerzo. A cada minuto, el balón termina en un canal de aguas servidas. Foto al lado: las condiciones en que vive la población.
Los jóvenes en El Consuelo terminan el día jugando fútbol en una pedregosa cancha, adecentada con su esfuerzo. A cada minuto, el balón termina en un canal de aguas servidas. Foto al lado: las condiciones en que vive la población. Foto: Miguel Castro / El Telégrafo

A solo 40 kilómetros de Guayaquil está un poblado nacido a mediados de la década de 1940, que no tiene personería jurídica ni servicios básicos.

Néstor Espinosa

Entre los vecinos —a gritos— se preguntan si alguien aún guarda un video de hace 3 años, cuando un torrencial aguacero dejó bajo el agua a medio poblado.

Un centenar de casas quedó inundado y se perdieron muebles, electrodomésticos y aves de corral. El hecho no fue registrado por los noticieros, no porque haya sido un evento impublicable, sino “porque parece que no existiéramos”, se lamenta Esther Mejía, una madre que reside en el sector desde hace 11 años.

El Consuelo es un recinto ubicado en el kilómetro 40 de la Vía a la Costa, que —según los más viejos— nació a mediados de la década de 1940, y cuyo nombre no hace honor a la realidad en la que viven sus moradores. Las condiciones de marginación son evidentes.

El lugar es parte del cantón Guayaquil, anexo a la parroquia Chongón, pero de eso nadie está seguro, porque no cuenta con personería jurídica. Está más cerca en realidad de la comuna Cerecita, que pertenece a la parroquia Juan Gómez Rendón (Progreso), también parte de Guayaquil.

Si se considera la plusvalía, podría decirse que El Consuelo está en una zona privilegiada: al pie de la carretera a Salinas, el balneario más importante del país. Pero, al mismo tiempo, está lo suficientemente lejos (40 km) como para librarse de los problemas de la gran ciudad.

La realidad es totalmente adversa para los 2.500 habitantes. El poblado está formado por unas 500 casas, muchas construidas por el Ministerio de Desarrollo Urbano y Vivienda (Miduvi), sin calles entre ellas, no hay alcantarillado ni agua potable. En invierno la inundación es inevitable, los vecinos, a través de mingas y ayuda de la Autoridad Aeroportuaria de Guayaquil, luego del desastre de hace 3 años, limpiaron un canal que recorre el pueblo para mitigar el problema de las aguas lluvias. Ahora, esa solución, tiene efectos peores como la contaminación.

El Consuelo tiene un comité promejoras, presidido por Patricio Bohórquez, quien cuenta que junto con su equipo ha gestionado ante el Municipio de Guayaquil obras de asfaltado de calles, ampliación del canal para las aguas lluvias, alcantarillado, agua potable, entre muchas otras que “nunca llegan”.

Los trámites también se han hecho ante la Corporación Nacional de Electricidad (CNEL). El Consuelo está conectado a la red eléctrica de Santa Elena y no a la de Guayaquil. Aquí hay problemas serios de conectividad, la mayoría de los vecinos no cuenta con medidor, coge luz directamente de los postes de alumbrado público, “no porque no queramos tener medidor, sino porque es imposible cumplir con los trámites”, lamenta Nelson Jaime, secretario del comité promejoras.

Emma Bohórquez cuenta su caso, un perfecto ejemplo de cómo la marginación es un ‘nudo gordiano’: el sistema exige trámites burocráticos imposibles de cumplir para ciertos sectores.

“No tengo medidor porque para instalármelo la CNEL requiere documentos legales de mi casa, que me la construyó el Miduvi con un certificado de posesión del lote, pero eso no es suficiente para ellos, me piden escrituras. Para sacar las escrituras de mi lote, el Municipio me exige facturas de servicios básicos, pero los servicios básicos no los tengo, porque para que me los instalen necesito escrituras. No se puede”, lamenta la mujer.

El caso de Emma no es el único. En la misma situación están decenas de otros vecinos. El acceso al agua potable tiene drama parecido: para solventar esa necesidad los vecinos deben formar grupos de 8 para que la empresa concesionaria instale un medidor común.

Esther Mejía, por ejemplo, está obligada a comprar tanques de agua, porque está sola en el sector en donde vive. Ramón Parrales y Víctor Valencia tienen el mismo problema. Ellos, además, se quejan de lo injusto que resulta el medidor común. “Hay gente que pasa todo el día en casa y otros que trabajamos fuera todo el día, pero tenemos que compartir el costo del consumo en cuotas iguales. Eso debe terminar, es injusto”, protesta Parrales.

La movilidad es una historia aparte, tan complicada o peor que el acceso al agua, la luz o al alcantarillado. Pese a que el poblado está al pie de la carretera, los consuelenses se sienten aislados. Para llegar o salir del lugar deben tomar los buses intercantonales que cubren las rutas a Salinas, Santa Elena o Playas, “pero esos buses tienen prohibido parar en la carretera, imagínese entonces, cómo nos movilizamos”, cuestiona Nelson Jaime, secretario del comité promejoras.

El morador aclara que pese a las prohibiciones, las cooperativas Villamil y Posorja sí paran en el lugar, pero lo hacen solo cuando no es época de playa. “En los meses de temporada alta es imposible, nos quedamos totalmente aislados”.

Finalmente, algunos vecinos responden que nadie conserva el video de la inundación de hace 3 años porque perdieron los teléfonos celulares en el invierno pasado, que también los inundó. (I)

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