Análisis

Sonría, le estamos filmando: del fisgoneo a la indefensión social

- 19 de septiembre de 2017 - 00:00

Corrección
El análisis “Sonría, le estamos filmando: del fisgoneo a la indefensión social” (sep. 19, pág. 3) registra un serio error de edición. Se anota: “Durante la gran Revolución Francesa y la posterior reinstauración napoleónica, por citar un ejemplo, el célebre cardenal Richeliu escaló hasta los cielos para convertirse en emblema depurado del fisgoneo...”
Lo correcto es: “Durante la gran Revolución Francesa y la posterior reinstauración napoleónica, por citar un ejemplo, el célebre José Fouché escaló hasta los cielos para convertirse en emblema depurado del  fisgoneo...”
Mil disculpas por este lamentable error.

Texto corregido
El fisgón es una figura antipática por su naturaleza, y en cierto modo ineludible en las viejas y nuevas artes de la política. No solo eso, en la historia política ha tenido papeles estelares cargados de drama y tragedia. Desde la era de los griegos, como en la época de gestación del Imperio Romano, el fisgón ha estado ahí, en unos casos como testigo directo, en otros como actor, y no pocas veces como protagonista de fondo.  

Durante la gran Revolución Francesa y la posterior reinstauración napoleónica, por citar un ejemplo, el célebre José Fouché escaló hasta los cielos para convertirse en emblema depurado del  fisgoneo (e intriga) político. Ese fue el derrotero que le puso en lo más alto del poder, y por esa misma vía acabó encunetado por la historia, al pasar de revolucionario a monarquista, sin el menor rubor moral.

Hay otro ejemplo que se destaca en los albores de la Revolución Rusa. Fue cuando descolló la figura de Rasputín, una suerte de capricho extraño de la historia, quien tuvo una decisiva influencia en algunas decisiones de Estado adoptadas por el Zar Nicolás II, a través de su esposa, la zarina Alejandra, justamente cuando la masa  revolucionaria -guiada por Lenin y Trotsky- sepultaba al zarismo feudal.

En América Latina, las prácticas de vigilancia para saber lo que hablan o hacen los amigos o enemigos políticos, para desde ahí tomar acciones, adelantar posiciones, definir estrategias, exhiben varios representantes destacados. En el Perú de hace no muchos años emergió, recuérdese, un dueto de oro: Fujimori-Montesinos, que dio mucho qué hablar y más que escribir.

Hoy, en Ecuador, las graves denuncias del presidente Moreno colocan nuevamente, y en primer plano, la cuestión del fisgoneo político con afanes inconfesados y de alta sospecha social y mediática.

Claro está, la variante ecuatoriana, como de costumbre, muestra su propio ADN, es decir, tiene marca registrada. A saber:

1. La denuncia la hizo un Jefe de Estado en ejercicio, quien se considera víctima de un potencial espionaje político en su propio despacho, por parte de personas relacionadas con el gobierno anterior.

2. Los organismos del Estado (FF.AA.) que se encargan de la seguridad presidencial en el Palacio Nacional están en el centro de la crítica, pues ni los que se fueron informaron nada al Primer Mandatario, ni los que llegaron actuaron a tiempo para advertir al Presidente, y menos para detectar y frenar a los posibles fisgones.

3. Es inaudito escuchar que todo parece ser obra de la casualidad. Pero lo de fondo es que se trata de la seguridad personal y de  la privacidad de la primera autoridad del Estado. (Topar una pared caliente en un monitoreo de rutina y descubrir una cámara oculta implica que hay muchos responsables que tendrán que explicar a las autoridades políticas y de seguridad).

4. La denuncia hecha por un presidente en ejercicio causó la inmediata reacción de un expresidente en el extranjero. Ese solo hecho político genera una dialéctica muy compleja y difícil de resolver, más allá de la guerra de tuits o de direccionalidad mediática que se imparte desde los trolls.

5. La cámara oculta en el despacho presidencial implica un grave problema ético y de moral pública: ante los ojos de la ciudadanía, el hecho de que se filme lo que pasa en el despacho del presidente, sin que este sepa nada, genera un estado de indefensión individual frente al poder omnímodo y anónimo. Es simple: si eso hacen con el Presidente, ¿qué no podrán hacer con el ciudadano de a pie? (O)

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