Historias de la vida y del ajedrez

¿Quién quiere un título de noble?

| 07 de Septiembre de 2017 - 00:00
Izquierda: Descendientes actuales del Rey de La Patagonia. Derecha: Placa conmemorativa en una calle parisina. Abajo: Orelie de Tounens y la bandera del Reino.
FOTO: Fotos: Internet

El mundo está lleno de historias. En el siglo XIX, un francés llamado Orelie de Tounens, supo del maltrato que en Chile sufrían los indígenas Mapuches y, como redentor, decidió venderlo todo, pedir prestado dinero que nunca iba pagar, cruzar el océano, y llegar hasta la Patagonia.

Aunque los Mapuches, indios indómitos, no aceptaban la presencia de extraños, Orelie convenció al cacique Mañil para crear un reino apoyado por naciones europeas. El mapuche aceptó y Orelie se autoproclamó Emperador del Reino de Araucania y la Patagonia y fijó los límites del imperio que abarcaba territorios argentinos y chilenos y tenía costas en los océanos Pacífico y Atlántico. El mismo Orelie redactó en francés la Constitución, que lo proclamaba Rey Perpetuo y él mismo compuso el Himno Nacional, también en francés que era un canto a su propia grandeza. Orelie lo aprobó todo.

De inmediato Oriele escribió la misma carta, mitad en español, mitad en francés, a los presidentes de Argentina y de Chile. Les informaba que “He sido proclamado Rey por indígenas Araucanos y Patagones, como dueños legítimos de estas tierras, me han entregado y acepto todo el poder religioso, civil, político y militar. Ustedes no tienen ni tendrán jamás derecho sobre esta tierra, ni por sumisión voluntaria, ni por conquista. Queda advertido.”

El gobierno chileno ordenó un operativo militar contra el irreverente francés, que los recibió con su cuerpo envuelto en la bandera azul, verde y blanca del Reino de la Patagonia, mientras se abría la camisa y rugía: “Disparad contra mi pecho, pero no pongáis, canallas, un dedo encima de mi cuerpo de monarca."

El sargento que detuvo a Orelie no disparó y, de acuerdo con las instrucciones del monarca, no le puso un dedo encima, pero sí un garrote en su cabeza, con toda la fuerza, que lo tiró al suelo, como un simple plebeyo.

“A la cárcel con este güevón”, dijo el militar. Y se acabó el reinado.

El Emperador Francés de la Patagonia negoció después su libertad, aunque luego intentó otras invasiones. Finalmente regresó a París, donde en una callecita hay una placa que lo recuerda. Allí, en un cuartucho con un decorado lleno de nostalgias, el Emperador cambiaba títulos nobiliarios, con letras barrocas, y títulos de propiedad sobre estas tierras lejanas y exóticas, a cambio de una botella de vino y una invitación a cenar. Hoy, sus descendientes se reúnen en el mismo lugar y siguen reclamando las tierras del Reino de la Araucania y la Patagonia.

En ajedrez, en cambio, los sueños están al alcance de la mano: basta mover de manera correcta.

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