Jueves, 29 Junio 2017 00:00 Columnistas

Historias de la vida y del ajedrez

Mao y un cura belga

Mao y un cura belga
Fotos: Internet
Ramiro Díez

Hace 2.500 años alguien dijo que la ignorancia es la raíz de todo mal. El problema es que los ignorantes son los que han regido los destinos del planeta. Ahí queda clara la causa de nuestro mucho sufrimiento, y también el de otros animales.

Uno que pagó nuestra ignorancia fue el gato. En el siglo XIV, un curita belga dijo que los felinos, de movimientos sigilosos y  ojos brillantes en la oscuridad, eran hechura de Satanás. Además las gatas, con sus maullidos eróticos en los tejados, le quitaban el sueño y lo inducían a quebrantar la castidad. Así que el cura, enardecido, predicó la orden de aniquilar a todos los gatos. Y los fieles obedecieron. Resultado: proliferaron las ratas y con ellas las pulgas y con ellas una bacteria que, en dos años, mató a uno de cada tres europeos.

El curita belga sabía mucho de teología y del pecado, pero nada de ecología. Y sus sueños de castidad costaron millones de muertos en el viejo continente.

La demonización del gato duró hasta el siglo XIX cuando en Francia, Alemania, Bélgica y otros países europeos, se celebraba el día de algunos santos arrojando gatos vivos desde las torres de las iglesias, para que cayeran en hogueras que los esperaban en el atrio, en medio del regocijo popular.

Y en el siglo XX, Mao Tse Tung, El Gran Timonel de la Revolución China, ordenó el exterminio de los gorriones. Se calculaba que si se mataba a un millón de estas aves, se podría alimentar a más de 50.000 personas. Por lo tanto, Mao dijo: “los gorriones son enemigos de la revolución. Mátenlos. Ningún guerrero se retirará hasta erradicarlos, tenemos que perseverar con la tenacidad del revolucionario.” Y perseveraron hasta que casi los exterminaron.  El método fue golpear ollas y latas en los sembrados, hasta que las aves morían de hambre. Otra solución fue el veneno, y los polluelos murieron abandonados en los nidos por la falta de adultos que les dieran alimento.

Pero los gorriones comían más insectos que grano, proliferaron las langostas que arrasaron con sembrados,  y originaron una terrible hambruna. Resultado: treinta millones de muertos. Científicos habían advertido al gobierno acerca del desastre que se originaría, pero Mao respondió que aquellas eran maniobras del enemigo.  Pasaron los años y, descubierto el error, el gobierno decretó que el gorrión era “especie protegida”. Pero la población sigue en descenso,  y es una especie en peligro porque los campesinos lo siguen matando, y los pesticidas hacen el resto.

Sin duda, la ignorancia es la raíz de todo mal. Aunque lo sigamos ignorando. En ajedrez tampoco se perdona.

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