Jueves, 16 Febrero 2017 00:00 Columnistas

Historias de la vida y del ajedrez

Los demonios del bosque

Pobladores asustados, el sacerdote, y el supuesto demonio.
Pobladores asustados, el sacerdote, y el supuesto demonio. Fotos: Internet
Ramiro Díez

Camerún es un país complicado. Allí habitan, en condiciones de pobreza intensa, más de doscientos grupos étnicos y lingüísticos, y aunque predominan cristianos y musulmanes, en los pequeños poblados convive un enjambre caótico de religiones que toma prestados ritos y costumbres de otras creencias.

Sucedió a orillas del rio Sanaga. Tiempo atrás, se vivieron momentos de pánico por la presencia de demonios. Una noche cerrada, sin luz de luna, se empezaron a escuchar tintineos diabólicos en las afueras de la aldea. Esos sonidos a veces se acercaban, o se perdían en la profundidad de la maleza, en los bosques aledaños.

Nadie durmió. Solo unos pocos atrevidos osaron abrir un poco las puertas y asomarse para ver algunas sombras sospechosas en medio de las mismas sombras.

Apenas despuntó el alba, los vecinos se reunieron y convocaron a los brujos de los poblados cercanos, quienes afirmaron que en sus lugares todo estaba en paz. Que, sin duda, esta aldea era víctima de poderosos maleficios y que tendrían que preparar amuletos especiales para ser puestos en las puertas de las casas y colgados en los cuellos de los pobladores, en especial de los niños, por ser más débiles.

Las noches siguientes, a pesar de las oraciones, del sacrificio de siete cabras, y de los amuletos, continuaron los ruidos. Algunos afirmaron haber visto luces extrañas a través de las paredes de caña de sus casas. Otro escuchó carcajadas siniestras y ruidos inexplicables. Varios dijeron que un escalofrío les erizó la piel. Sin duda alguna, la aldea había sido tomada por demonios y los pobladores enfrentaban un peligro mortal, a pesar de los esfuerzos del sacerdote local.

Se ordenaron más penitencias, regalos, limosnas, sacrificios, ayunos y oraciones. Pero los ruidos de campanas seguían en el bosque. Y algunos adultos y niños empezaron a enfermar.

El miedo se apoderó del lugar. Algunas personas agonizaron encerradas en sus cabañas, sin atreverse a salir. Vacas y cabras murieron porque nadie las pudo ordeñar.

Al final, un escéptico, armado de lanza y sin amuletos, se adentró de noche en el bosque para enfrentar al demonio. Y lo descubrió: era un mico que había robado una campana a una cabra, y que hacía ruido con su juguete. Los sacerdotes, a quienes nadie les ha pedido cuentas de las limosnas recibidas, siguen dando la cara.

En ajedrez domina la inteligencia, no la superchería. Y aquí el negro tampoco cree en cucos.

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