Jueves, 14 Septiembre 2017 00:00 Columnistas

Historias de la vida y del ajedrez

La mujer que predicó con el ejemplo

Bahía de Pampelonne, en Francia. Derecha: Anne Dufourmantelle.
Bahía de Pampelonne, en Francia. Derecha: Anne Dufourmantelle. Fotos: Internet
Ramiro Díez

Deberían enseñar, en el hogar y en la escuela primaria, en todas las latitudes y en todos los idiomas, una verdad trascendental y liberadora: “Creerás solo en aquel que predique con el ejemplo.” Por supuesto, a nadie se le ocurre enseñar aquello porque lo que se pone en práctica, sin verbalizarlo, es otro principio tramposo y milenario: “Haz todo lo que yo diga, pero no lo que yo haga.”

Predicar con el ejemplo es la única garantía de honestidad y por eso es algo que no se enseña. Ya otros lo han dicho de diversas formas: Dar ejemplo no es la principal manera de influir sobre los demás; es la única manera. O el ejemplo es una lección que todos los humanos, aún iletrados, pueden leer.

Por eso en esta época de predicadores desfachatados, fofos y vacíos, capaces de decir de todo con el propósito de no decir nada, es reconfortante saber que en el mundo existió una mujer llamada Anne Dufourmantelle que predicó con el ejemplo.

Anna era filósofa y psicoanalista, autora de una treintena de libros en los cuales siempre indagó acerca de la condición humana, y soñó con elevarnos sobre nuestras miserias, a pesar de nuestros miedos y mezquindades. Por eso, tanto su vida como su dolorosa muerte representan una luz en medio de tanta oscuridad, en un mundo que hace mucho rato no encuentra casos de verdadera dignidad.

Sucedió un viernes de sol y brisas de alegría en la Bahía de Pampelonne, en Francia, con un mar azul, sereno y juguetón. Miles de personas de todas las edades disfrutaban del verano esperado durante un año y, de repente, las brisas acariciantes se convirtieron en vientos que encresparon las olas, y que empezaron a barrer con fuerza a los turistas hacia la playa. Pero hubo dos niños, alejados de sus padres, que no podían salir, y cuando Anne Dufourmantelle los vio, se lanzó sin pensar en nada más que en salvar esas vidas.

Al final los pequeños estuvieron a salvo, pero Anne Dufourmantelle no alcanzó la orilla, sufrió un infarto y no pudo ser reanimada.

Tiempo atrás, Anne había escrito un ensayo lleno de premoniciones. Decía que, sin duda, las palabras juntas más bellas que existían en la lengua francesa eran “arriesgar la vida por la vida de los demás.”

Anne Dufourmantelle murió de acuerdo con sus principios y su adiós fue doloroso y prematuro. Y de ningún predicador en el mundo, en ningún sentido, se puede decir nada parecido.

En ajedrez, también, el sacrificio es una forma de salvación.

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