Sábado, 26 Noviembre 2016 00:00 Regional Centro

La fiesta mayor del cantón será del 1 al 6 de enero

La máscara es la esencia de la Diablada de Píllaro

Ítalo Espín, pillareño y artista plástico, es uno de los más grandes exponentes de la elaboración de máscaras.
Ítalo Espín, pillareño y artista plástico, es uno de los más grandes exponentes de la elaboración de máscaras. Foto: Roberto Chávez / El Telégrafo

Cuernos, colmillos y pelo de varios animales adornan las aterradoras caretas que se exhiben en los museos locales.

Carlos Novoa

Píllaro, Tungurahua.-

Mientras en gran parte de Ecuador y el mundo católico cada 6 de enero se celebra la fiesta de los Reyes Magos, en el cantón Píllaro, Tungurahua, se cumple una tradición folclórica y ancestral que evoca y encarna al paganismo en su máxima expresión.

Llamativos y bulliciosos desfiles, degustaciones de platos típicos, exposiciones artísticas, eventos musicales, entre otros elementos, forman parte de esta festividad que se cumple durante los primeros 6 días del año.

Se trata de la Diablada de Píllaro, ubicado a 40 minutos de Ambato. Esta es la celebración más grande e importante de la localidad y en cada edición reúne alrededor de 80 mil visitantes de todo el país y otras naciones.

El rojo es el color predominante de los atuendos de quienes desfilan e inundan de alegría las céntricas calles de la ciudad. Los trajes además incluyen flequillos, puños, guaraguas y demás adornos, en tonalidades negras, amarillas, verdes, lilas, marrones y azules.

Sin embargo, las enormes e intimidantes máscaras de la fiesta ponen el toque distintivo. Para muchos este elemento es la esencia de la Diablada, pues personifica el sentido pagano, rebelde y contestatario. Uno de ellos es Ítalo Espín, artista plástico pillareño de 40 años, quien es dueño del taller El pacto donde se elaboran máscaras y que además funciona como un museo muy visitado.

La pinacoteca se encuentra a 10 minutos del centro de Píllaro. Allí, desde hace 23 años, Ítalo y su familia fabrican, bajo pedido, demoníacas y aterradoras máscaras, las cuales se exhiben cada fin de semana en las salas del museo.

“Es un privilegio colaborar e impulsar una de las celebraciones más multitudinarias de Tungurahua y de la región. La elaboración de las caretas es un verdadero arte, pues esta actividad conjuga la escultura y la pintura; paciencia, prolijidad y una enorme dosis de imaginación”, dijo.

Entre 15 y 30 días, resalta, se demora en ensamblar una careta, dependiendo de la complejidad del diseño, la cantidad de adornos y el tamaño. Esta se decora con cuernos, pelo, dientes y piel de vacunos y ovinos. Estos materiales están disponibles durante todo el año y son conseguidos por ganaderos locales.

Cada careta está valorada entre $ 80 y $ 300, de acuerdo con la talla; su base está compuesta por gran cantidad de papel, cartón y engrudo, y son expuestas durante casi todo el año en la mayoría de talleres/hogares en los que se manufacturan.

Origen de la Diablada

Pese a que existen varias versiones sobre los inicios de la Diablada, la más mentada por adultos mayores y cronistas de la localidad hace referencia a un conflicto entre jóvenes de 2 barrios.

“Se dice que los adolescentes de la parroquia Marcos Espinel enamoraban a las muchachas del barrio Tunguipamba, ambas localidades de la urbe. Esto desató los celos de hermanos y padres de las chicas de esta última comunidad, por lo cual decidieron ahuyentar a los intrépidos enamoradizos disfrazándose de personajes demoníacos, y para ello usaban sábanas y caretas adornadas con cuernos y enormes dentaduras de mamíferos varios”, señaló Luis Lara, historiador pillareño.

Además de cronista, Lara es docente y dueño de otra de las pinacotecas de Píllaro, llamada Museo de Rumiñahui. Él coincide en que las caretas son parte esencial de la celebración mayor del cantón y conllevan, además, un significado importante para el folclore local.

Por tal razón es el elemento más fotografiado y llamativo de los desfiles durante la Diablada. Las comparsas las integran hombres y mujeres de diversos sectores periféricos y urbanos del cantón.

“Al igual que para un tisaleño es un orgullo ser escogido como prioste de la fiesta del Inga Palla, o para un latacungueño ser elegido como Mama Negra, para los pillareños es un honor desfilar con las caretas y atuendos de diablos. Esta divertida y bulliciosa actividad tiene por objetivo despertar el espíritu festivo de la población y de los turistas, además de recordar la alegría y a la vez futilidad de la vida”, destacó Misael Benítez, pillareño.

Él y su familia también elaboran caretas para la Diablada y además ofertan platos típicos locales, del 1 al 6 de enero, en las cercanías del parque central. Marta, su hija mayor, vende cerca de 3 mil platos de yahuarlocro, caldo de 31 y fritada.

Junto a su comedor en los días de fiesta se montan galerías ambulantes de orfebrería, alfarería, escultura, pintura, arte religioso y manualidades de madera.

Esto, según Marta, “diversifica la oferta artística de la festividad, pues año tras año se incorporan a las exposiciones callejeras más artesanos que llegan de diversos puntos de Píllaro”. Al igual que el Inga Palla, fiesta mayor del cantón Tisaleo, desde 2009 la Diablada pillareña es considerada Patrimonio Cultural Intangible de Ecuador. (I)

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