Lunes, 21 Noviembre 2016 00:00 Cartón Piedra

Vayaselaver

¿Quince o sesenta?

¿Quince o sesenta?
Hugo Avilés Espinoza. (En conversación con Víctor Acebedo y Alice Goy-Billaud).

Cualquier cerebro perspicaz relacionará inmediatamente los sustantivos del título con parámetros de tiempo que, asociados a minutos, remiten a los nuevos tiempos teatrales de Guayaquil. Hace ya unos dos años, el joven director y gestor cultural Jaime Tamariz instauró en la ciudad un formato de oferta escénica difundido como «microteatro» al que con el tiempo nuestro público novelero llevó más allá de una marca hasta categorizarlo como un género teatral determinado por el tiempo de duración antes que por su estética. Este fenómeno provocó una dinámica de consumo que modificó radicalmente los públicos y la escena; los espectadores, en su mayoría jóvenes adultos y adultos mayores mostraron preferencia por piezas breves de máximo veinte minutos de extensión y otorgaron una identidad al teatro de corta duración. Había nacido el teatro «al granel», «al menudeo», en el que la transmisión de contenidos y exploración de poéticas, pasaba a segundo plano, pues lo realmente gravitante era el tiempo.

Las consecuencias inmediatas de este acontecimiento fueron dos: primero, la reacción de teatristas de la vieja guardia que negaban la rigurosidad del novísimo experimento; segundo, la eclosión de producciones de pequeño formato, ya fueran guiones originales, adaptaciones o fragmentos, cuya única condición era que cupieran en una pequeña habitación de tres por cuatro metros con una duración de quince minutos, parecido a las visitas conyugales de recintos penitenciarios, incluyendo la sensación de efímero placer y agradecimiento. Los montajes con extensión regular de sesenta minutos comenzaron a escasear, y, peor aún, los espectáculos más experimentales, cuyos tiempos de preparación solo concluyen cuando su teatralidad deja conforme a los elencos que se proponen procesos y resultados atípicos. En este marco discurre el teatro en Guayaquil y, en tal virtud, en esta ocasión analizamos dos productos desde ópticas diferentes: una obra neoclásica del absurdo desde su puesta en escena, y una obra corta de autor desde su dimensión literaria.

La cantante calva

Siendo un clásico de la dramaturgia del absurdo, desde su estreno en París en los cincuenta, es bastante conocido su argumento: dos parejas de entorno burgués se reúnen a tomar el té y a conversar todas las tardes. Nada más. Lo incidente es la propuesta estructural y filosófica de la obra, según la cual los cuatro esposos sucumben a la monótona cotidianidad sumergiéndose en un abismo de incomunicación reflejado en diálogos inconexos, repetitivos, imperecederos. Solo dos personajes son redimidos de este universo de imposibles: un bombero comunitario y la sirvienta de uno de los dos matrimonios, a quienes su cordura les imposibilita la tan complicada comunicación. He aquí la tesis del absurdo.

En nuestra ciudad, la obra fue montada por el proyecto teatral Ubriaco, dirigido por Víctor Acebedo, adaptado a la modalidad de microteatro, con las actuaciones del propio Acebedo y acompañado por Florencia Luaga. La propuesta escénica hace énfasis en la incomunicación de las parejas de esposos, localizada en la sociedad guayaquileña perteneciente al boom del gran cacao, época en la que apellidos como Arosemena, Illingworth, Puig, Sempértegui, entre otros tantos de proveniencia ibérica, italiana o libanesa, sonaban como referentes de una sociedad en la que la alcurnia y sus rimbombancias comenzaban a erigirse en regentes pseudoeuropeos.

La adaptación se concentra en el tema de la comunicación con bastante acierto literario y dialogal, lo que, puesto en boca de los personajes, mantiene los arquetipos con que Ionesco quiso proyectar su absurdo teatral. Los personajes, con cuidadoso tratamiento farsesco, —característica del director argentino— se muestran cual figurillas de pálidas porcelanas a punto de resquebrajarse por el ridículo de su exquisitez. Es tal el tono logrado entre los componentes escenográficos, interpretativos, visuales, cromáticos, espaciales, que, una de las invitadas al conversatorio, Alice Goy-Billaud opina que la sensación que le llega es la de una escena de pequeño diorama de figurillas francesas que el suscrito se permite comparar con una escena de caja lambe-lambe.

En este paisaje de bondades aparece la amenaza del formato. La cantante calva está adaptada a microteatro, y es cuando se fisura, pues se reduce a un solo enfoque y deja en el camino otras fuerzas de la tensión dramatúrgica como la presencia del bombero, representante de un proletariado que vence las incomunicaciones pero que poco le sirve, pues su lenguaje le es ajeno a sus conciudadanos.

Entonces, el tiempo que dura la puesta en escena pasa su primera factura, aunque lo disimula bien, pues se afianza a uno de los subterfugios del estilo microteatral, que es reemplazar los conflictos por situaciones polémicas de apariencia aristotélica aunque de poca profundidad de desarrollo. La conclusión que se impone es que una obra compuesta para largo aliento sufre en el intento de condensación temporaria, aunque sea levemente.

‘Corazones’ (del volumen: Mudar de pies)

De la autoría de María de Lourdes Falconí Puig, el contexto literario dramático porteño recibe este año el volumen de piezas teatrales Mudar de pies, siendo la titulada ‘Corazones’ la que lo inicia. En una ciudad que se cuenta poco dramatúrgicamente, ya es una gratificante noticia la publicación de obras ad hoc, más aún cuando el conjunto de piezas es de corta extensión.

‘Corazones’ se antoja escrita para la indagación. Si bien sus acotaciones parecieran plantarse con la incuestionable misión de ser instrucciones tiránicas, luego se advierte que son como tablones de un puente que guía la tensión dramática. La palabra, por su parte, tiene un tratamiento poético, lo que nos conduce a un estilo que bien podríamos nombrar «poesía dialogada», que no es un demérito, por el contrario, se presenta como una exigencia al intérprete. Los personajes ostentan profundidades interesantes que, sin llegar a ser filosóficos, tientan al actor a construir entidades con múltiples aristas, una de las más estimulantes es el lenguaje de imágenes corporales; esto tiende un nuevo puente hacia la danza-teatro que cualquier actor apasionado agradece abordar.

El argumento es divertido, y he aquí la curiosa similitud con La cantante calva: dos personajes de apariencia asexuada y de marcada clase media se reúnen a tomar el té y a chismear todas las tardes. No hay más pretensiones, pero tampoco se necesitan. Mérito particular del corpus literario: son piezas escritas para pequeño formato de duración. ¿Microteatro?

                            ***

Esperamos haber cumplido —una vez más— con el propósito de esta columna: acercar el espectáculo al espectador y estimular la opinión crítica como un complemento de la ecuación teatral: actor + espectador :: hecho teatral x (15’/60’) = Váyaselaver.

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Domingo, 20 Noviembre 2016 00:01

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