Tomada de la edición impresa del 27 de septiembre del 2008

Roberto Bolaño, a lo salvaje

    | ILUSTRACIÓN: CARLOS PROAÑO / El Telégrafo

ILUSTRACIÓN: CARLOS PROAÑO / El Telégrafo

Un libro editado en España por Candaya reunió a los amigos y familiares del fallecido escritor chileno para hacerle este homenaje.



Pasó de ser un escritor marginal, casi oculto, a un autor  aclamado que ganó premios e influyó a toda una generación. Roberto Bolaño, el chileno que decía que era imposible para un latinoamericano estar exiliado en España, tuvo una muerte prematura (a los 50 años, que para un escritor es la adolescencia) y dejó un puñado de libros que ahora son descubiertos en toda su grandeza: Los detectives salvajes, Nocturno de Chile, Putas asesinas y la monumental 2666, su obra póstuma, revelan al más posmoderno de los autores latinoamericanos de su generación.

Un hombre obsesionado por la parodia, la novela negra, lo urbano, la metaliteratura, las biografías imaginarias. A veces la ironía, y otras las burlas más crueles. Bolaño, el descreído. Bolaño, el amigo fiel. Bolaño, el polemista infatigable. Bolaño, el perdedor. Bolaño... salvaje.

Así se llama un libro en forma de homenaje póstumo que reúne los testimonios de su viuda y los amigos más íntimos de aquel escritor que decía: “¿Entonces qué es una escritura de calidad? Pues lo que siempre ha sido: saber meter la cabeza en lo oscuro, saber saltar al vacío, saber que la literatura básicamente es un oficio peligroso. Correr por el borde del precipicio: a un  lado el abismo sin fondo y al otro lado las caras que uno quiere, las sonrientes caras que uno quiere, y los libros, y los amigos, y la comida”.

Se han reunido aquí -para hablarnos de Bolaño- sus amigos y unos pocos discípulos. Están Edmundo Paz Soldán y Gustavo Faverón (los autores de la compilación), Enrique Vila-Matas (el gurú de las novelas sin trama), Fernando Iwasaki, Jorge Volpi (mexicano insufrible), Alan Pauls, Rodrigo Fresán (argentino insufrible), Carmen Boullosa y muchos más. Y está Bolaños analizado desde varias facetas: como samurái romántico, como gaucho insufrible, como entrañable huraño, como epidemia y como ficción de futuro posible.

Pero hay algo mucho más importante en este documento póstumo: la propia voz de Bolaño. En dos registros. Uno en forma de su discurso de aceptación del premio Rómulo Gallegos. Y el otro en los fragmentos desordenados y apáticos de una entrevista que concedió a Sonia Hernández y Marta Puig.

“En realidad muchas pueden ser las patrias de un escritor, a veces la identidad de  esta patria depende en grado sumo de aquello que en ese momento está escribiendo. Muchas pueden ser las patrias, se me ocurre ahora, pero uno solo el pasaporte, y ese pasaporte evidentemente es el de la calidad de la escritura”.

Buena frase que refleja la percepción del mundo de Bolaño. Un hombre sin poses que no se tomaba en serio, mas sí a su literatura.

Cuando le preguntaron en algún momento qué presencia tenía su obra en Chile, dijo: “Ninguna. Dudo mucho que los chilenos crean que yo soy chileno. Creo que ellos creen que soy un catalán loco que ha decidido hacerse pasar por chileno”.

Aquel catalán loco que se hacía pasar por chileno tuvo, en verdad, más de una patria: Chile, México, España... Algo  evidente en sus libros donde los personajes parecen estarse moviendo en una perpetua torre de Babel. Multiplicidad de acentos, nacionalidades, tramas posibles. Lo que Luis Martín-Estudillo y Luis Bagué llaman “literatura híbrida”.

Uno de los personajes más excéntricos creados por Bolaño era Pepe el tira (policía). Una de sus conclusiones: las ratas somos capaces de matar a otras ratas.
Ése era Bolaño, el escritor rebelde y antisistema, lo cual no le impedía publicar en una editorial prestigiosa como Anagrama y ganar premios.

Odiaba a Octavio Paz y a Isabel Allende; amaba a Nicanor Parra y a Vila-Matas. Sin justificaciones. Sin medias tintas. Como dice uno de sus amigos, “Bolaño escribía desde la última frontera y al borde del abismo”. Era esa patada en el bajo vientre al stablishment, y a la vez, la celebración de la vida.

En Bolaño Salvaje (Candaya, 502 páginas, en Míster Book)  hay Bolaño para rato. Pero hay más. El libro viene con un CD, un documental de Erik Haasnoot que se llama Bolaño cercano. En él lo más recordable es la forma entrañable como lo recuerda su viuda. Un poco loco sí, eterno adolescente, viajero trotamundos, pero también padre preocupado y tierno, discutidor apasionado, jodedor irredento.

Ese tipo que decía, con  una honestidad desgarrada, que le gustaría dirigirse a dos o tres jóvenes desesperados que leen un libro como quien se agarra a una tabla. Arriverdeci, Bolaño.
David Sosa
dsosa@telegrafo.com.ec
Editor-Séptimo Día