La paciencia de la editora (y del editor)

En el proceso de publicación de un libro, quizá una de las figuras más importantes, después de quien escribe, es la de quien edita. Porque los libros, y las publicaciones en general, no llegan a quien lee inmediatamente después de ser escritos, sino luego de un proceso largo y minucioso a cargo del cual están editores y editoras. Antes de continuar, aclararé algo: si bien el género marcado del español es el masculino, y al decir ‘editor’ me refiero a mujeres y a hombres, en esta columna me daré una licencia y estableceré como mi género marcado al femenino. Esto porque las mejores editoras que he conocido —y con las que he tenido el gusto de trabajar— han sido mujeres; esto no quiere decir que no haya trabajado con editores excelentes, y van para ellos también estas palabras.

Quizá cuando se piensa en las editoras se vienen a la mente imágenes de personas intransigentes y arrogantes que, marcador rojo en mano, tachan, rechazan e ironizan de toda obra que llega a sus manos, y son capaces de destrozar la vida de cualquier escritor novel, tal vez por la influencia de las películas que las retratan así. En realidad, la figura de la editora es más parecida a la de una madre o a la de una maestra que a la de una persona intransigente.

Sí, más como una madre, pues, antes que cualquier marcador rojo —o, en la actualidad, la herramienta de control de cambios—, sus principales herramientas son la paciencia y la sensibilidad. Al ser quien trabaja como mediadora en el proceso editorial y coordina que todo marche a la perfección, ‘como un relojito’, quien edita debe ser muy paciente para trabajar con un grupo diverso, y muy sensible para entender y armonizar estas sensibilidades.

La editora es quien acompaña el proceso y, sobre todo, quien acompaña a quien escribe. La sensibilidad de la editora no solo entra en juego durante el proceso editorial, sino desde mucho antes: al decidir qué se publica, al hablar con quien escribe, y al darle pautas —o espaldarazos— para presentar las obras. Sin editoras (y editores) pacientes y sensibles, sin duda no hubieran llegado a nuestras manos obras maravillosas, y no hubiéramos conocido a escritoras y escritores que han sido fundamentales para nuestras vidas.

La figura de la editora —aunque es fundamental— está también un poco a la sombra, pues su labor es lograr que quien escribe, así como su obra, brille y trascienda. En muchos casos, se trata de una descubridora de diamantes en bruto que pule con paciencia hasta lograr una joya. Es quien descubre talentos escondidos y los incentiva a seguir adelante, o a veces evita que personas sin talento tomen el camino equivocado de la escritura. La editora también tiene siempre en mente a los destinatarios de las obras que edita; dentro de su sensibilidad está ese saber qué puede gustar y qué no, cómo encauzar los textos para que más personas amen los libros.

Son pocos los escritores y escritoras que agradecen a las editoras por su trabajo, de la misma manera en que solemos ser desagradecidos en muchas ocasiones con nuestras madres. Sin embargo, como las madres, las editoras siempre se sentirán orgullosas del trabajo que han llevado a cabo; de esa obra que han pulido con paciencia y sensibilidad; de que no haya habido heridos o muertos durante el proceso de edición; de que quien ha escrito la obra brille y trascienda. Ser editora no es solo un trabajo, es una vocación de amor a los libros que se debe apreciar y, también, se debe agradecer.

Modificado por última vez en Lunes, 05 Junio 2017 12:42