El cronista de la ciudad, un cargo al margen de la alcaldía

Alfonso Ortiz Crespo fue el último Cronista de la Ciudad. Este arquitecto e historiador quiteño presentó su renuncia por pedido del alcalde de Quito, Mauricio Rodas Espinel, hace seis meses, pero en ese entonces no quiso dar declaraciones. El cese de sus funciones se dio luego de haber emitido un informe favorable acerca de bautizar una calle de la capital con el nombre de Arturo Jarrín Jarrín, exlíder del movimiento subversivo Alfaro Vive Carajo (AVC), quien fue ejecutado de forma extrajudicial luego de ser sometido a torturas durante el régimen presidencial de León Febres-Cordero (1984-1988).

Las razones de la salida del historiador no se han aclarado del todo y Rodas Espinel tampoco ha nombrado al reemplazo para ocupar este cargo, que incluye nombramiento. Meses después de buscarlo, Ortiz Crespo recibe a este diario en su oficina de arquitecto ubicada en la Avenida González Suárez. Ha pasado más de un año desde que guiaba visitas a Iglesias patrimoniales como La Compañía de Jesús, y dice que observó el sitio de la prospección que se hizo en San Francisco, pero que los informes arqueológicos no pasaron por sus manos: «Yo no tuve ningún acercamiento científico a esos hallazgos, no puedo dar una opinión sobre lo que vi porque no soy arqueólogo».

¿Por qué el Alcalde de Quito le pidió que renuncie el 14 de diciembre de 2016?

El de Cronista de la Ciudad es un puesto de libre remoción, entonces, el Alcalde decide quiénes son sus colaboradores y quiénes no, igual que lo hace cualquier otro funcionario que tiene colaboradores de confianza, cuando estima conveniente.

Ante esa decisión, lo que yo tenía que hacer era aceptarla, como lo hice. Preparé mi salida, dejando los papeles de mi oficina en regla para quien viniera. La renuncia fue aceptada inmediatamente.

¿El pedido de renuncia se debió a que su informe sobre el nombramiento de una calle como Arturo Jarrín fue favorable?

No sé.

¿Cómo surgió la idea de usar ese nombre para una vía pública?

La asambleísta Soledad Buendía, del movimiento Alianza PAIS, fue quien solicitó al entonces alcalde Augusto Barrera (2009-2014) que se nombre la calle así, adjuntando la información pertinente que respaldaba esa decisión. El proceso de nominación de un espacio público implica una serie de informes previos para conocimiento del Concejo Metropolitano de Quito, que tiene la última palabra y actúa en función de esa información. Ningún informe técnico anterior puede condicionarlo obligándole a que acepte o no tal o cual nombre, por eso puede rechazarlo, como máxima autoridad del Distrito.

Entonces, esto debió decidirse antes...

Es curioso que este proceso no concluyera en la administración de Barrera a pesar de que se inició allí, tuvo la aprobación en la Empresa Pública Metropolitana de Movilidad y Obras Públicas (Epmmop) e, incluso, ya se dio el informe favorable del Cronista de la Ciudad de ese entonces, Juan Paz y Miño. No sé por qué razón el proceso volvió a mis manos, en la administración actual.

Actué respaldado en el informe anterior. Pero no se trata de nombrar ninguna biblioteca, lo cual no estaba incluido [Ndr. como le dijo Edwin Jarrín, hermano del exlíder de AVC, a EL TELÉGRAFO], estos lugares no se nombran por decisión del Concejo sino por decisión administrativa del área que los maneja.

Obras públicas había escogido una calle, que no tenía nombre, en el barrio de La Ecuatoriana (al sur de la ciudad) para lo primero. Eso fue todo y el proceso está pendiente todavía, es cuestión de que entre al orden del día en las sesiones del Concejo, a través de la Comisión de Ordenamiento Territorial, me imagino, y luego decidirán si se le da o no este nombre a esa calle. Y así es con todos los nombres, tienen que pasar por este proceso.

Es decir que, oficialmente, el Concejo todavía no ha tratado el tema...

No tengo idea. Menos ahora, que estoy fuera del Municipio. No tengo interés en lo que trata o deja de tratar el Concejo.

¿Qué considera el Cronista de la Ciudad para aprobar este tipo de peticiones?

Su pertinencia... son muchas cosas las que hay que tomar en cuenta. Hay calles que tienen nombres absolutamente anónimos, anodinos, de personas que no son héroes de la patria, incluso. Es que no todas las avenidas se pueden llamar Eloy Alfaro, ni todas las calles García Moreno o Mariscal Sucre. Hay miles de vías que necesitan nombres, entonces, una de las consideraciones que yo tenía como Cronista fue, muchas veces, el deseo de la propia comunidad de perennizar el nombre de un benefactor de un barrio. Por ejemplo, de una señora que donó un pedazo de su propiedad para que se construya una iglesia o escuela, parque o que permitió que, gratuitamente, se hagan por ahí calles para dar continuidad a la conexión de su barrio.

Ese gesto, reconocido por la comunidad, tiene un enorme valor y no puede ser la autoridad municipal la que desconozca el valor de esa persona, que puede ser la más humilde, que no se haya destacado precisamente por ser una luchadora por la justicia social o por ser un héroe o gran científico, artista... simplemente se trata de personas a las que los vecinos, gente agradecida —que probablemente puede ser de un pequeño barrio donde no viven más de treinta familias—, quieren reconocer como benefactor.

Pero hay nombres que generan conflicto...

Había cosas disparatadas, como la propuesta de un barrio que quiso que a una calle se le ponga el nombre de Edith Bermeo, Sharon La Hechicera. ¡Una comunidad entera había pedido eso! Me pareció inconveniente, no por desconocer el valor que una artista pudo tener en ciertos sectores sociales, como la vedete que fue ella, que murió de una manera trágica y que la justicia dictaminó que se trató de un femicidio.

En ese contexto había nombres de santos, en fin, y lo que se pide es que haya coherencia. Por ejemplo, hay un barrio donde están calles con nombres de periódicos: El Debate, El Comercio, El Guante, El Telégrafo... Debe haber coherencia entre la nomenclatura y el lugar. En el caso de Bermeo, no di el visto bueno porque, si bien me parecía que una comunidad quería resaltar su nombre, la suya era una situación que en su momento la llevó a las primeras planas de los diarios pero, mirando las cosas con perspectiva histórica, Sharon La Hechicera es un personaje que no tiene trascendencia. Habría que esperar el dictamen de la historia, ver si es que en el futuro la comunidad aún quiere reconocer ese nombre con una calle. En muchos casos esto no pasa de la efervescencia del momento, sucede con deportistas, con futbolistas antes del Mundial, por ejemplo.

¿En el caso Jarrín, además de la asambleísta Buendía y su cónyuge (Edwin Jarrín), los moradores de La Ecuatoriana aprobaron ese nombre?

No. La Epmmop, en el proceso, tiene que ver a qué calle darle ese nombre, buscando en el mapa de la ciudad con la coherencia de la que hablé, tratando de que haya una cierta unidad, un criterio en los barrios. Hasta donde yo sé, esta empresa hace un contacto con la comunidad y ausculta si es que les parece conveniente que esta u otra calle se llame así. Esa socialización no le corresponde al Cronista sino al área de nomenclatura de Obras Públicas.

¿Alguna vez conversó con los Concejales sobre este tema?

No, de ninguna manera. No tenía que consultarles sobre cómo debía ser mi informe, si fuera de otra forma, ¿dónde estaría la autonomía del funcionario, del técnico? Si el Alcalde me nombró Cronista de la Ciudad es porque consideraba que mi trayectoria profesional y actuación es algo que respaldaría la labor municipal. En ese sentido yo di mi opinión, la cual no es vinculante: el Concejo puede desecharla o, simplemente, no tomarla en cuenta y decir que el nombre no va, luego de una votación en que la mayoría de los 21 concejales haya decidido eso o lo contrario.

Es una responsabilidad del Concejo y está bien, porque qué tal si llega una petición para ponerle el nombre de Carlos Marx a una calle. El hecho de que el Cronista de la ciudad, sea quien fuere, dé un informe favorable sobre eso no quiere decir que sea marxista, o ‘curuchupa’ si es que aprobara el nombre Cristo Rey.

De todas formas, el tema se politizó y el concejal Marco Ponce dijo que a su informe le faltaba información...

Se politizó porque es un tema candente, tanto así que la propia Asamblea Nacional tuvo que hacer toda una operación para reivindicar el nombre de Arturo Jarrín Jarrín con el fin de sacarlo del sitio en el que estaba y ponerlo en otro.

¿Hay una razón ideológica de la actual Alcaldía para postergar el nombramiento de una calle como Arturo Jarrín?

Hay razones de todos lados. También podemos decir que la politización de una figura, muy discutible en este país, como fue la de Jarrín Jarrín, se dio para lograr que se nombre así a la calle. Pero el hecho de que haya dado un informe favorable sobre el tema no quiere decir que me adhiera a la política violenta del movimiento Alfaro Vive ni que esté reconociendo la figura de este caballero como luchador del pueblo. De ninguna manera, no quiere decir nada. Simplemente consideraba, como Cronista, que cumplía con los requisitos, respaldado en una decisión de la Asamblea, uno de los órganos más representativos del Estado ecuatoriano, nada más. Actué en consecuencia.

Las consideraciones ideológicas y políticas estuvieron al margen de mi decisión. Hay que justificar las razones para dar los nombres, eso sí.

Otro hecho simbólico en cuanto a la memoria de Quito fue el derrocamiento y destrucción —en el parque El Arbolito— del ‘Monumento a los desaparecidos’, obra de Dolores Andrade (que recién se repuso con otra pieza de la artista). ¿La Alcaldía le consultó sobre esta acción mientras usted era Cronista?

No conocí esa decisión. No le consultan al Cronista de la Ciudad estas cosas. Él tiene funciones muy específicas. Y mover, colocar, reubicar un monumento no necesariamente se tiene que consultar. Ahora tengo entendido que, en la readecuación del área de ese parque, se decidió sacar el monumento, esperar que se efectúe la reunión del Hábitat III y reponerlo.

La Ley para la Reparación de las Víctimas —aprobada por la Asamblea luego de analizar el informe de la Comisión de la Verdad— dispone que se remuevan los nombres de lugares públicos si estos pertenecen a perpetradores de violaciones a Derechos Humanos, pero no se ha definido una lista y los lugares...

Eso se llama revisionismo. Estamos actuando como se actuaba en la China de Mao Zedong, con la Revolución cultural. Hay que ser cautos en esto y se ha hecho una tormenta en un vaso de agua.

En caso de que se quisiera cambiar el nombre de una calle, por la razón citada o cualquier otra, ¿el proceso a seguir es parecido al descrito para nombrarla?

Es igual. El Concejo tiene que rever la decisión inicial ante la petición de un colectivo o, incluso, ante la iniciativa propia de un concejal. Ya se discutió, por ejemplo, el nombre de Toribio Montes (militar español que llegó a Quito para ‘pacificar’ al pueblo luego de la Revolución del 10 de Agosto de 1809) y otros personajes históricos que tuvieron que ver con las luchas de la Independencia. Y la Avenida que sube a El Panecillo se llama Melchor Aymerich (último gobernador español de Quito). Me parece que solo se elige a los llamados buenos, pero ¿quiénes son los malos? Pues mañana serán otros, la historia no se debe ver en blanco y negro.

Por ejemplo, la República del Ecuador fue consagrada al Corazón de Jesús, ¿se le ‘desconsagró’ en la época liberal, que fue anticlerical y antirreligiosa? O si el decreto de consagración se derogara hoy, ¿serviría eso de algo? La Basílica del Voto Nacional está ahí, seguirá, la visitan miles de extranjeros y representa el momento de la consagración. Si el decreto para la erección de un monumento a la Virgen (hecha por Bernardo de Legarda) en la cima de El Panecillo se deroga, ¿serviría de algo?

Yo puedo ser mahometano, agnóstico o antirreligioso, pero estas cosas siguen ahí, son hechos históricos, que convocan a un montón de gente, aunque desde el punto de vista estético fueran una mamarrachada, como lo es el monumento a la Virgen, pero a nadie se le va a ocurrir derrocarla porque se levantaría la ciudad de Quito y más.

Mientras eran Cronistas de la Ciudad, los historiadores Paz y Miño y Jorge Salvador Lara se convirtieron en una suerte de asesores del Alcalde, ¿esa condición la mantuvo Rodas con usted?

No.

¿A qué se debió eso?

Tiene que preguntarle al Alcalde.

¿Qué hizo frente al mal estado del Archivo Metropolitano de Historia?

Hay gravísimos problemas ahí, desde el punto de vista administrativo, técnico, funcional, de todo tipo. Esto se origina porque el Archivo, en la época de Roque Sevilla (1998-2000), dejó de pertenecer al área de cultura y pasó a una Unidad de Archivos que maneja los depósitos administrativos de las dependencias municipales. Desgraciadamente está considerado como un archivo burocrático, es decir, tiene la misma categoría que el archivo de personal u obras públicas. Se considera al Archivo histórico como uno documental, de procesos administrativos, eso está mal porque conserva documentos anteriores al año 1900, en su mayoría. Documentos patrimoniales que requieren un manejo especial.

Mientras estuve en funciones, presenté a la Dirección Administrativa de la Alcaldía un diagnóstico de la situación del repositorio y una propuesta que nunca tuvo eco porque el archivo no tiene un centavo de presupuesto desde hace años.

La idea es que el Archivo pase al área de cultura y todo esto se mejore: se aumente el número de personal para su manejo, la creación de un área de restauración y conservación, de reprografía, retomar las publicaciones (Libros de Cabildos, la Revista Archivo Histórico) entre tantas otras tareas que quedaron pendientes.

Tampoco hay un solo documento digitalizado. Al Archivo le falta todo, está funcionando como uno del siglo XIX y lo mismo le pasa al Archivo Nacional.

Es decir que, como Cronista, prácticamente no intervino en esta reorganización...

Igual que no se pudo avanzar durante la gestión de Juan Paz y Miño, ¿qué hicieron él y Jorge Salvador Lara para mejorar el archivo? Es decir, no ha habido avances porque el Municipio, como institución, desde hace varios años no le ha dado importancia al tema. Espero que en el futuro, con el nombramiento del nuevo Cronista, el Alcalde dé un respaldo a la memoria de la ciudad.

Respecto a las intervenciones de el Metro de Quito, usted dijo que «no hubo transparencia en el manejo del tema de las excavaciones arqueológicas en la histórica Plaza de San Francisco»...

En cuanto a esta investigación bajo la plaza se mantuvo un secretismo que fue contraproducente. Faltó transparencia cuando lo que se debió hacer eran boletines periódicos a partir de la información que los arqueólogos obtenían. Esto pese a que también es política de quienes hacen las prospecciones no dar información hasta que la conozca la autoridad competente, que es el Instituto Metropolitano de Patrimonio (IMP). Por eso los arqueólogos que trabajaban en San Francisco se abstuvieron de decir lo que habían hallado ahí, por cumplir el procedimiento.

¿Sugirió alguna vez esto, que todo se informara de otra forma?

No, porque no tuve nada que ver en la excavación. El Cronista de la Ciudad estuvo al margen de las excavaciones arqueológicas en San Francisco, igual que estuvo al margen de las intervenciones hechas por el IMP en El Condado o La Florida o las de otros arqueólogos, en el Aeropuerto (Mariscal Sucre, en Tababela, al nororiente de Pichincha).

El Cronista de la Ciudad tiene que ser una persona que conozca a fondo la ciudad, que esté familiarizado con su historia urbana, arquitectónica, cultural y política. Por eso es preferible que sea un historiador.

Modificado por última vez en Lunes, 05 Junio 2017 11:58