Van 15 detenidos en 2 meses. ayer en la mañana se registraron en quito 3 nuevos incendios en el Ilaló, Lloa y Chiriboga

El sector de Chalpatán, en Carchi, perdió entre 2 mil y 3 mil hectáreas de bosque luego de los últimos incendios

- 18 de septiembre de 2015 - 00:00
La devastación en las montañas de Chalpatán tardará al menos una década en repararse. Llamingos fueron a sitios seguros para no ser alcanzados por el fuego. Foto: Carlos Jiménez/El Telégrafo

Van 15 detenidos en 2 meses. ayer en la mañana se registraron en quito 3 nuevos incendios en el Ilaló, Lloa y Chiriboga

Como un paisaje desolador y lleno completamente de cenizas pueden ser descritas cientos de hectáreas, donde hasta hace varios días habían gigantes frailejones, pajonales, achupallas, pencos y más flora propia del páramo del norte andino ubicado en Carchi.    

En medio de las llamas, los frailejones se resisten a caer ante el paso del fuego que avanza guiado por los fuertes vientos. Eso es imposible, terminan quemados, algunos en pie y sin vida y otros yacen humeantes en el terreno, que de por sí, ya es de difícil acceso.

Tan complicado es que para llegar a uno de los focos del incendio en el sector de Chalpatán, perteneciente a Tulcán, se debe recorrer una hora en vehículo. Tras eso, ingresar por la hacienda La Esperanza, donde maquinaria de la Prefectura de Carchi abre paso para que contingente militar, bomberil, funcionarios y voluntarios arriben a un punto de distribución de tareas.

Allí se organizan, se reparten mascarillas y posteriormente se disponen a caminar dos horas atravesando el páramo, para llegar al desastre y emprender las labores de sofocación. Es martes y el fuego que ya lleva tres días parece no detenerse. En el sitio donde están los socorristas, entre el contingente militar de 100 efectivos, está Douglas Córdova, sargento primero, originario de la costa, quien llegó con el pase al Batallón de Infantería Mayor Galo Molina (Bimot 39). A él se le hace difícil sortear la altura de la Sierra.

“Es duro venir a este páramo, pero hay que darle y meterle ñeque”, afirma. Ya en el epicentro de la quema, en hileras militares, bomberos y civiles, unos armados con palas, otros con machetes y algunos con ramas o palos, atacan al fuego.

Armados con palos y ramas, elementos del Batallón de Infantería Bimot 59 combaten las llamas en esta zona de difícil acceso. Foto: Carlos Jiménez/El Telégrafo

Pero las llamas no dan  tregua y el viento ‘aumenta su apetito’. Con ello los militares toman fuerza y al grito de “a él, a él (refiriéndose al fuego) vamos, vamos”, se abalanzan para contenerlo. Atrás les dan apoyo los bomberos, quienes también hacen su mayor esfuerzo. Son pocos, quizá en número de 25 a 30.

El bombero John Pantoja, preparado con overol, gafas, monjas (pasamontañas liviano), casco y  botas, empuña su machete para cortar ramas encendidas. Explica que es difícil controlarlo porque el viento cambia rápidamente de dirección.

Además, señala que la vegetación alta complica más las tareas en relación a si fuera en baja vegetación, donde se puede aplastar el fuego.

En el páramo, sostiene, se debe luchar contra llamas que sobrepasan la altura de una persona promedio. El sol tampoco ayuda. Aparte del arduo trabajo físico y hasta mental, comienzan a sentir la deshidratación. Los hombres toman el agua que llevan a sus espaldas en mochilas conocidas como camelbaks. Los militares hacen  lo mismo, pero en lugar de agua  llevan suero oral en funda.

También hay civiles. Ellos se unieron motivados por el compromiso con la madre naturaleza, como es el caso de Cristian Benavides, abogado que dejó sus tareas de oficina en Tulcán.

Recuerda que ya lleva dos días con sus 6 amigos apagando incendios. Ve difícil la batalla, pero “hacer algo, para sofocarlo es la mejor satisfacción”, dice.  En el fondo, se siente triste por la enorme devastación. “Hemos tenido que llorar viendo todo lo que pasó”.

Tras extinguir el incendio, que tomó más de dos horas y que consumió  el hábitat de conejos, puercoespines, lobos, llamingos, gavilanes, curiquingues, frailejones, chuquiraguas, achupallas, pajonales, entre otros, todos salen del lugar al punto de distribución.

Los moradores de San Francisco de Miravalle llevaron agua del río Machángara para sofocar el incendio. En la zona no hay hidrantes ni acueductos. Foto: Miguel Jiménez / El Telégrafo

Afuera, personal de la Prefectura de Carchi, Bimot 39, del Ministerio de Salud y otros comienza a repartir  botellas de agua, vasos con gaseosa, sánduches y latas de atún. Todos comparten el refrigerio. Unos se reúnen como el grupo de Córdova, que se sienta a un lado y junto a otro compañero, también costeño, abre un atún para comer con pan. La emoción es grande, ayudaron a controlar un frente, pero observan que a lo lejos no queda nada, solo montañas quemadas, y más al horizonte, otros focos de fuego aún por controlar. 

La tarea sigue. “Nuestra misión es defender la Patria, pero cuando nos llaman para este tipo de emergencias estamos prestos para ayudar”, señala.

A pocos metros del punto de distribución, aparecen 5 llamingos que pastan en el terreno que no fue alcanzado por las llamas. Detrás de ellos, solo existe ruina. Según el director de Gestión Ambiental de la Prefectura de Carchi, Guillermo Rodríguez, al páramo le tomaría 10 años recuperarse para volver a tener las mismas características de un ecosistema conocido como ‘esponja de agua’. Él cuantifica que se habrían perdido de 2 mil a 3 mil hectáreas y que para la fauna el daño será irreparable.

Amanece el miércoles y las labores siguen hacia el mismo sitio en Chalpatán, pero en otro frente. El fuego no descansó durante la noche; esta vez 100 hombres de la Prefectura y voluntarios orientados por técnicos ambientales y un geógrafo dan alcance a los militares y bomberos que ya están combatiendo el fuego.

Pantoja, que no ha descansado desde el sábado, fue enviado a Tulcán para comprar pollo y gaseosas. Con los alimentos en mano aborda la ambulancia y se alista para otra lucha. (I)

El barrio ubicado en el Auqui no está regularizado

EL barrio de San Francisco del Miravalle se asienta al nororiente de Quito y es uno de los que estuvo en riesgo por los recientes incendios. En el lugar, habitan más de 200 familias. El sector es rural, pues gran parte de sus moradores se dedica aún a actividades agrícolas y al cuidado de animales.

El martes pasado la zona fue afectada por un voraz siniestro que consumió gran parte de las laderas del cerro Auqui, montaña donde se asientan las viviendas.

El día de la quema, los vecinos de San Francisco de Miravalle lloraban y pedían auxilio a los oficiales de la Policía Nacional y Metropolitana, debido a que los bomberos tardaron en llegar. Además, había personas atrapadas entre el fuego y el humo.

Minutos después de las 12:00, arribaron personeros de la Secretaría de Seguridad del Municipio y del Comité de Operaciones de Emergencia (COE), quienes organizaron las tareas de rescate y de control del fuego. Ante la emergencia, pidieron a los vecinos que ayuden a sofocar las llamas lanzando  agua del río Machángara, que cruza por el sector. Este barrio no cuenta con conexiones de agua potable o alcantarillado y menos aún hidrantes.

Según los moradores, su sector no está legalizado. Aquí desde hace más de 3 décadas, se instalaron las familias. “Mientras la zona no sea regularizada, las autoridades municipales no pueden intervenir”, afirman.

El clamor de los moradores del Auqui es que se agiliten los procesos de legalización para que logren acceder a los servicios básicos. Este requerimiento fue remitido a la Municipalidad de Quito, así como también a sus representantes barriales.

Presuntos pirómanos

Quince personas han sido detenidas en 2 meses como presuntas responsables de los incendios forestales ocurridos en el país. Cinco están con prisión preventiva a pedido de la Fiscalía, informó ayer el fiscal provincial de Pichincha, Wilson Toainga. (I)

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