Ventana a la industria cultural

- 30 de junio de 2019 - 00:00

De Melissa McCarthy recordamos sus roles en comedias en los que explota su humor ácido y una personalidad aguda. ¿Podrás perdonarme algún día? (2018), biopic sobre la biógrafa Lee Israel, es otra película con tales rasgos.

Decadente, irascible, solitaria, casi alcohólica, Israel debe sobrevivir en el mundillo editorial, falsificando cartas y firmas de escritores famosos y hacer negocios con tales documentos. Con tal argumento, la película, dirigida por Marielle Heller, es una sutil disección del mundo editorial, de las librerías y de los coleccionistas. La industria cultural pasa por delante del espectador como entorno de conveniencias, de fabricación de productos y de autores. Esto deriva en las librerías, donde se juegan las apuestas y la venta de subproductos como las firmas de autor, cartas o fotografías, mitificando más lo creado industrialmente. Y ahí aparecen los coleccionistas que gastan fortunas en cosas que los escritores dejaron.

El filósofo Jean Baudrillard señaló que en la sociedad de consumo los objetos cambian su valor gracias al mercado y sus necesidades. Las obras de arte y los libros pasan a ser objetos intercambiables en su valor y uso, hasta ser fetiches, objetos cuya significancia cero adquieren un nuevo valor con el coleccionismo. Así, el calzón de Marilyn Monroe cuesta millones en el mercado fetichista. La cosificación de la vida, en este contexto, es la corrupción de la industria cultural. McCarthy y Heller, de pronto, nos hacen pensar sobre esta cosificación, en la que la protagonista halla un intersticio para sacar algún dinero aprovechando a los fetichistas que lucraron de su trabajo, aunque el mal sabor de boca queda, cuando sabemos que los especuladores son los que saben manejar las ecuaciones de la economía política.

De ahí que la película sea una denuncia, desde la postura femenina, del mundo cultural definido por dicha economía política, en la que la mujer es objeto de cualquier cosa (incluido el fetichismo de la imagen), y, para no ser descartada cruelmente, debe entrar a jugar con las mismas cartas. ¿Podrás perdonarme algún día?, de este modo, es aleccionadora, al mismo tiempo que triste. El tono frío de sus imágenes nos interroga, haciéndonos conscientes de que somos parte de ese mundo que nos hace creer en ilusiones para vivir “bien”. (I)  

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