La colonia Roma

- 23 de diciembre de 2018 - 00:00

 Un filme mexicano viene precedido de una intensa publicidad. Se trata del ganador del León de Oro de 2018, Roma, de Alfonso Cuarón. Y no es para menos: esta obra devuelve a su director a México donde hace una película muy personal, aunque la representación del barrio (una colonia) en el cual vivió no impide universalizar su argumento.

Reconozcamos de antemano que Roma está bellamente narrada. El director usa amplios planos y movimientos de cámara panorámicos lentos. Deja que los personajes fluyan en los espacios, sean estos de la casa, urbanos o fuera de la ciudad. Usa una fotografía en blanco y negro que contribuye a crear una atmósfera evocativa, a veces triste y otras distante. A ratos recuerda el trabajo estético del director ruso Andrei Tarkovski, porque se trata de un filme poético sobre el espíritu de un tiempo.

Roma es sobre una familia que lentamente se desintegra. El punto de vista, sin embargo, es desde el de una empleada doméstica indígena. Este hecho confiere al filme un valor inédito, porque Cuarón en realidad trata sobre las relaciones interculturales en el seno de una familia de clase media mexicana. Esta mujer también es parte de la familia y, como tal, esta tratará de ayudarla en un parto difícil.

Sin embargo, la imagen de la familia desarticulada en la playa, cuando la empleada ha salvado de ahogarse a uno de los niños, resume lo que está detrás de Roma. En tanto la ciudad ha ido creciendo, lo que antes era un barrio burgués, de pronto se torna en uno que ha cambiado silenciosamente. El efecto desintegrador de la modernidad hace que unos se queden y otros se vayan a otras zonas. Habría sobrevivientes: familias contemporáneas –sin esposo ni padre– e indígenas que se han quedado. Entre ellos se teje una red solidaria donde el servicio se transforma en entrega y el dominio en apoyo. Así, como testigos de la eclosión de la vida política en México, estos sobrevivientes empiezan a notar que ellos, si bien han envejecido, al mismo tiempo deben enfrentar el aire de los nuevos tiempos con espíritu positivo.

Roma, en este sentido, se me antoja, más que trágico, un filme épico. Cuarón hace un trabajo de antropología urbana con la mirada del épos, del poema de hechos. Este ya no sería sobre dioses, sino sobre personas anodinas cuya lucha cotidiana sería grandiosa y digna de encabezar las páginas de la historia. (O)  

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