Las “clases” ociosas

- 23 de septiembre de 2018 - 00:00

Una comedia cinematográfica ecuatoriana es Agujero negro (2018), de Diego Araujo. Su argumento gira alrededor de un escritor en crisis creativa. Identificado este como uno de los “25 secretos mejor guardados de América Latina”, en alusión a una forma de mitificación de jóvenes autores que hiciera la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, la película trata de deconstruir al escritor que se ve como el renovador de las letras, pero que se queda en medio camino. Una cosa es ser producto de la industria cultural y otra alguien que busca la autenticidad alejado de supuestos nuevos cánones.

La cuestión que plantea Araujo es sugestiva: el escritor de su película se mueve dentro de un entorno en el que no encaja del todo. La relación con su esposa, que además espera un bebé, se torna cada vez más distante porque ella está más asentada en la realidad que el propio escritor que busca la inspiración en cualquier otro motivo. Y he aquí que una adolescente es la que le plantea la pregunta esencial acerca de la autenticidad y, con ello, la pertinencia de pertenecer a una marca editorial de la cual todos se burlan con elegancia.

La película deja en claro que ese mundo que rodea al escritor es, aunque cotidiano, banal, materialista y hasta corrupto. Una fotografía en blanco y negro, minimalista, manifiesta una inmensa frialdad, una atosigante soledad y un chocante vacío generacional y cultural. El escritor dialoga con otros que pertenecen a distintas generaciones entre los cuales se revela, o bien desinterés, o bien pragmatismo para aprovechar lo que sea para beneficio propio. En lo cultural, Agujero negro retrata la fatua fachada de sectores sociales ociosos.

De este modo, Agujero negro tensiona el trabajo literario y el de las clases sociales adineradas como ociosas. Araujo disecciona al escritor, el “secreto” en ciernes, como un irresponsable, cuya obra no pasa de ser la exteriorización de sus angustias; lo mismo que de la familia vecina cuyo jefe de familia es un corrupto funcionario del gobierno, más preocupado por sacar partido del poder y, con ello, ampliar la brecha social con ese otro Ecuador del cual solo se ve, o sus cerros, o las tenues luces lejanas de sus habitantes. El título cumple con su propósito: nos hace conscientes que los poderes letrados o de los que se llenan la boca con discursos en nombre de alguna revolución, son cada vez más distantes de la realidad. Así, Agujero negro es una potente película para reflexionar los tiempos actuales. (I)

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