Leonardo Zaldumbide fundó hace algunos años, junto a amigos, Gescultura, que ha llevado a cabo proyectos de mediación cultural con gente de distintos barrios, como San Roque (el último trabajo fue la recopilación de textos de los vecinos del ex-Penal García Moreno), así como proyectos editoriales e investigaciones. Por ahora, Leonardo está dedicado a sus estudios, al doctorado en Historia, luego de haber obtenido una licenciatura en Sociología y un masterado en Estudios Urbanos, una formación académica que sigue un hilo conductor: su interés por las prácticas rituales mortuorias como usos sociales. La conversación iba a empezar agregando que lo consideraba un gestor cultural, a lo que él negó rápidamente el concepto, para desarrollar así una conversación que pone sobre el tapete ciertos conceptos muy usados, pero poco claros, y sobre todo, que trata de indagar cuál es el papel de los intelectuales en nuestra sociedad, por lo menos en nuestro país, que es el medio inmediato que nos compete. ¿Te consideras un gestor cultural? Definitivamente no. De hecho no comparto el desarrollo que ha venido dándose bajo el ‘mote’ de gestión cultural. El término viene de la Administración de empresas, entonces es una escuela que preconiza el trabajo intelectual como una suerte de oficio divino. Me causaba problemas el término y quería ver cómo redefinirlo, pues el gestor cultural puede ser cualquier persona... ¿Desde quien organiza fiestas hasta quien subvenciona al artista? Exacto. El reclamo de las personas que habían estudiado esto de forma académica era hacia dónde iba el debate sobre qué significaba hacer gestión cultural, porque por su instrumentalización, hacer gestión cultural era organizar eventos. En Gescultura nunca hicimos eso. Por eso, comenzamos definiendo bien nuestro campo de acción. Nos dimos cuenta de que la idea de la gestión cultural se engarzaba con elementos instrumentales que revestían a los actores sociales, que por antonomasia son partícipes de sus procesos culturales, con esta suerte de titulación ficticia que les daba una categoría a la hora de la planificación, de la obtención de recursos. Gestionar eventos no es crítico, sino algo instrumental. Entonces, en esta categoría de gestor, ¿está incluido el intelectual? Necesariamente. Veo algunos elementos básicos que hay que debatir, primero, la definición del intelectual y su lugar. Si partimos de la definición de Gramsci, no hay personas no intelectuales, además de que el trabajo intelectual, desde el pensamiento marxista, consolida esta lucha de clases. ¿Cómo catalogar al intelectual que se está transformado desde la Grecia clásica al intelectual de la modernidad? Aquel que aparece ligado al aparato de reproducción social tradicional, y aquel que engarza, de mayor o menos forma, las demandas del espacio social al que se adscribe, un intelectual orgánico. Hace algunos años, leí algo que decía Zizek respecto a esto: ¿cuál es el papel del intelectual, de qué lo pueden culpar? De omisión por no actuar, de especifismo por actuar solamente en lo que atañe a su campo —porque nuestra sociedad no nos permite ser platónicos— o quizá de impositivo o tecnicista. Remito esta discusión teórica a mi práctica profesional, pues no podemos evitar la autocrítica. En este sentido, vimos que la función o práctica intelectual buscaba tener la correlación orgánica al tiempo que le hacías juego al campo (algo que veo como una autocrítica). Cuando Bourdieu analizaba el campo de los intelectuales pensaba que no eran dominantes ni dominados. Entonces, el lugar que el intelectual ocupa socialmente está determinado a funciones administrativas o funciones de investigación o de construcción de nación del proyecto dominante. El intelectual es un dominado entre los dominantes. Esto es lo divertido de las teorías más ‘pedestres’ como la de Bourdieu, para autoanalizarte en tu campo, sobre los fondos, sobre la investigación, sobre la generación de recursos. En muchas ocasiones, el intelectual tiene que pactar con el Estado. ¿Es el intelectual algo así como el escritor negro en la literatura? Más bien creo que el intelectual es en realidad un superviviente. Por ejemplo, a mí me apasiona el tema de los muertos y es mi gran tema de investigación. Así, mi problema es cómo yo vendo a alguien que esto vale la pena para ser estudiado. En la academia tuve problemas, pues dentro de Estudios Urbanos me decían que sería mejor que investigue algo sobre invasiones o violencia, pero aquí estoy encontrando una categoría que no ha sido tratada: las múltiples dimensiones de la muerte. Este es un proceso largo, y me he ido abriendo espacio, pero al principio tuve que pedir recursos en el Municipio, planteándoles que no sabían lo que tenían, y que ya que hablaban de patrimonio —un término que discuto y debato porque me parece que normaliza y excluye—, era necesario hablar de la muerte. Ahí empezó mi vinculación con una institución, pero qué difícil es sobrevivir dentro de prácticas intelectuales independientes. Se cae en ese juego y se cae también dentro de la tecnocracia, porque a diferencia del intelectual sobre el que teorizaba Gramsci, hay que ver otro problema actual: en qué condiciones y espacio se desarrollan el pensamiento y la investigación. Las condiciones son de amplia información: la red, elementos como la catalogación, lo que implica el reconocimiento intelectual y hay formado un campo. Ahora, dentro de este mismo espacio de información y opinión, existe ese ‘opiniómetro’ calificado, como si las temáticas fuesen tan específicas que las personas no pueden opinar fuera de su campo. Le pasó a Habermas cuando redefinía los balances de la II Guerra Mundial y los historiadores de la Escuela de Hamburgo lo criticaron: por qué un filósofo tenía que estar historizando. Hay una defensa específica de los campos, y esta gran apertura de los espacios como redes sociales genera la posibilidad de la interacción de la comunidad, pero también se genera la tecnologización de las expresiones, y se genera a su vez la impostura. En Imposturas intelectuales, Alan Sokal y Jean Bricmont mezclaron categorías de las Ciencias Exactas con categorías de las Ciencias Sociales y mandaron el texto a una revista reputada. Aquello no tenía sentido pero demostraron cómo dentro del mismo campo existe ese temor de no sentirte idiota. En Imposturas... analizaron todo el proceso de evaluación del paper, hasta la publicación, hasta que ellos mismos confesaron que era todo un sinsentido. En ese plano, comparto el temor o el hastío de ciertas personas sobre el laxismo en la contemporaneidad. Te preguntas dónde quedó el intelectual orgánico de los años sesenta, por ejemplo, Ranciére, Harvey, que se desarrollaron en los procesos de construcción de las utopías. La lucha de una persona que pretende ejercer el trabajo intelectual es muy dura. O estás limitado por tu campo o no puedes ubicarte en ninguno... O entras al Estado y te domesticas. Con respecto a esta cuestión del patrimonio que antes mencionabas, ¿es intelectual o físico? ¿De qué hablamos cuando sacamos a la luz esta cuestión del patrimonio? Para mí es una construcción política-cultural que tiene fines y que ha sufrido una extrapolación. Donde hay un hecho social, hay desarrollo cultural, y existe ahí la heredad, patrimonio —desde la sopa de la abuela hasta el cuento que le lees a tu hijo—. Son legados, procesos de memoria y reproducción social. Toda categoría que empieza a ser aceptada sin debate, impuesta y manipulada mediáticamente, debe tomarse con cuidado. Y esto pasó con el término patrimonio, luego del año 78, cuando Quito se convirtió en Patrimonio Cultural de la Humanidad. Empezó sobre todo por el reconocimiento de la estructura sobre la acción humana. En una actividad que hicimos con niños de Guamaní les preguntamos —después de explicarles cómo funcionaba lo patrimonial— si consideraban que en su barrio había algo patrimonial. La respuesta fue no, porque consideraban que todo era nuevo. Existe esta idea de que el patrimonio es algo viejo, antiguo, que ya no se genera. Por ejemplo, yo leo una novela contemporánea y hago mis propios paralelismos con mis autores anteriores, hago mi propia interpretación: esa novela ya no es del autor, es mía, porque la interpreté. ¿Es parte del acervo cultural personal? No tanto así, pero no creo que una persona, por acceder a un bien cultural, se convierta en mejor que otra. Hay otros mecanismos. Con lo del patrimonio pasa algo así. En el año 97 —me parece— se consolida el Plan Director, el patrimonio entra a formar parte como una categoría definitoria, un espacio de segregación, clasificación, planificación. El Centro Histórico ya no puede cambiar, entonces, a pesar de que es el área urbana que más se transforma. En una conversación con el urbanista mexicano René Coulomb, me decía que lo que les jode a algunos urbanistas es que en esos sectores viva gente pobre. Es decir, ves la más valiosa de tus posesiones en poder del más paupérrimo de tus criados. El patrimonio es un término que no se debate. En la administración anterior se planificó el bulevar de la 24 de Mayo y mucha gente salió de ese sector. Cuando conversé con una señora de ahí, me dijo que entendía que aquello era patrimonial y que si ella debía irse para conservarlo, pues lo hacía. Entonces se sacrifica a las personas que hacen el patrimonio en favor del patrimonio. A las que le dan sentido, en realidad. Por ejemplo, no soy católico, pero sí sé que varios ritos se perdieron cuando cerraron La Compañía y la convirtieron en museo. Otro ejemplo, en el Centro Histórico está prohibido comprar cerveza, pero en la Cervecería Franciscana, sí puedes, pero quién sí puede, quién ve eso. Existe esa idea limitada que hace que relaciones tu vida con el estatismo con una ciudad que no está muerta, que está viva, que no es un museo que es la que realmente le da sentido al patrimonio. ¿Cómo alguien que está dedicado al trabajo intelectual puede hacer que estas cuestiones efectivamente tengan sentido? Cuestionándose uno mismo, sin partir de que el intelectual es una especie de Mesías que entiende el espacio social y que por tanto puede actuar como una suerte de mediador entre el poder y la gente. Estás dentro del poder, de forma funcional por más que consideres que tu proyecto está por fuera de este. En mi tema de estudio, los muertos, me pregunté, por ejemplo, por qué me interesaba y encontré que había un gran desconocimiento social de un campo intocable, pero cuando te mueres, tienes que pagar ese rato. Es privado. Me pregunto por qué no había antes cementerios públicos y eso me lleva a temas como salud pública, temas de higiene, muerte y redefinición de espacios, a varias condiciones de transformación que son aplicables a la contemporaneidad donde lo deseable es ser sano, donde la muerte, como diría Foucault, es una mácula. Me encuentro así pensando en algo que me interesa y en dónde puede haber aplicaciones para ese pensamiento, como los casos de personas que ahora tienen que pagarse un velorio de $ 600. Somos actores también de los procesos, y, en ese sentido, debemos tener un espíritu crítico con respecto a los resultados que te planteas, porque evidentemente hay un nivel de subjetividad. Pero gracias a eso hay debate. ¿Crees realmente que exista el debate intelectual en nuestro país? En ciertos espacios, como en la academia. Como dice Bourdieu, hay campos que se ciñen. En el caso de la literatura ecuatoriana, hay consumidores, hay productores, pero dentro del campo, por ejemplo, se produce poesía para el mismo círculo de la poesía. Y pasa esto también en la academia. ¿Cómo hacer que un estudio se abra al debate, aterrice? Se hacen buenísimos estudios, pero muchos se quedan entre las paredes. Gran parte de la vida intelectual también tiene que ver con tu lobby, es decir, con cómo te manejas en público, hay quienes se mueven, definitivamente, y hacen que su trabajo circule, se debata. ¿El intelectual es un sobreviviente en un terreno impreciso? También es un hedonista. Es parte de un grupo privilegiado que puede vivir de esto, no necesariamente con una tremenda remuneración, pero sí existe el gusto de hacer este tipo de trabajo. El placer de investigar y descubrir datos implica que uno celebra eso, y ver qué trascendencia puede tener, con una base crítica, que, ya sin volver a los conceptos gramscianos, todos deberían tener. Por ejemplo, cuando he dado clases he encontrado jóvenes que se preguntan, espacios en donde se cuestiona lo establecido, cosas que en la academia, con gente de más edad, ya están establecidas. Es posible plantearse una especie de inquisición interna: ¿qué es lo que sabes?, ¿ese conocimiento genera debates, políticas en otras personas? Efectivamente, me doy cuenta de que hace falta un método para generar pensamiento crítico no solo entre los intelectuales, sino en la sociedad.