El rugby inclusivo de Yaguares tiene su meta en Irlanda 2020

- 21 de octubre de 2018 - 21:00
Tres veces por semana los jóvenes, de los programas de Fasinarm y de otras instituciones que trabajan con personas con discapacidad intelectual, entrenan en las canchas del parque lineal de la avenida Barcelona. De este grupo, ya hay prospectos para integrar el equipo nacional de rugby de Ecuador.
Foto: William Orellana / EL TELÉGRAFO

Jóvenes con distintos tipos de discapacidad entrenan tres veces por semana esta disciplina deportiva, cuyas principales características son trabajo en equipo y cultivo de valores.

Vanessa mira para todos lados, parece perdida, da la impresión de que busca a alguien en particular. Por unos segundos, con un balón alargado entre sus manos, se queda estática.

Uno de los instructores consigue hacerla reaccionar y la motiva a correr, a que choque contra un colchón escudo. Vanessa lo hace con dificultad, pero con el empujón de otra instructora logra su objetivo. Regresa ahora apresurada y entrega el balón al siguiente compañero que espera en la fila para cumplir la misma acción.

La emoción es indescriptible. Intenta un salto como demostración de que lo logró y sus compañeros de prácticas rompen en vivas y aplausos.

¡Vanessa, Vanessa!, gritan todos, incluidos los padres de familia que observan desde un costado de la cancha.

Vanessa Chóez entrena desde hace cuatro semanas en las canchas del parque lineal de la avenida Barcelona, a la altura del puente de la calle 17, en el oeste de Guayaquil.

Su madre, Diana Medina, cuenta que la joven de 26 años tiene 75% de discapacidad intelectual, lo que reduce su motricidad y otros movimientos corporales.

Vanessa asiste tres veces por semana, al igual que otros 148 jóvenes, a los entrenamientos de rugby, un deporte que comparte desde 2017 la fundación Fasinarm como forma de terapia y mejoramiento de la calidad de vida de niños y jóvenes con distintos tipos de discapacidad. En este corto tiempo, su madre ya nota los cambios. Afirma que Vanessa ha bajado de peso, que se muestra menos estresada y que incluso es capaz de ayudar en pequeñas tareas de la casa. “Lleva poco tiempo, pero veo mejoras”, cuenta Diana Medina, quien al hablar se esconde entre el resto de madres de familia, lo que explica el que Vanessa  buscara a alguien con insistencia desde el campo de juego antes de hacer un tacle.

Diana se esconde porque los primeros días le tocó jugar rugby junto a Vanessa hasta que se acostumbrara a practicar sola. “Cuando me ve se queda estática y me llama”, comenta. De repente, como cuando los futbolistas meten el gol del triunfo, en un partido decisivo, llega hasta el área del público Ismael Castro con los brazos en alto y saluda a todos con un hi-five.

Su padre, José Vicente Castro, quien se encarga de sus cuidados, le pide que regrese al área de entrenamiento. Con desdén, Ismael se voltea y corre nuevamente a la fila junto a sus compañeros.

La obediencia es precisamente la cualidad que don José busca en su hijo a través del entrenamiento.

Ismael tiene 16 años de edad y  67% de discapacidad intelectual, pero los esfuerzos de su padre por mantenerlo ocupado han permitido que ninguno de sus movimientos delaten su discapacidad a simple vista. “Toma tres pastillas diarias para estar estable”, cuenta Castro y pondera los beneficios del deporte y del rugby en el bienestar de su hijo. “Antes  vivía frente al televisor y cuando se le pedía algo que a él no le gustaba se golpeaba contra la pared”, manifiesta pero al mismo tiempo aclara que ahora está muy bien.

Gino Guerra, uno de los entrenadores, reconoce que el rugby no fue elegido al azar, que se lo consideró porque es un deporte que permite el desarrollo de motricidades, el trabajo en equipo, cultiva valores y el manejo de órdenes.

“Todos los chicos muestran un desarrollo importante, todos han mejorado”, enfatiza Guerra, quien es parte del club de rugby los Yaguares, cuyos integrantes se encargan de los entrenamientos en las canchas de Fasinarm, en la ciudadela Kennedy Norte, y en el parque lineal de la avenida Barcelona.

Gino Guerra cuenta también que la vinculación de Yaguares con esa entidad surgió a través de la Universidad Casa Grande, que desde 2016 trabajaba en un proyecto de rugby con su entonces director de Deportes, Juan Marín.

Y es Marín, precisamente, quien cuenta que durante un partido de rugby vio a un joven con sindrome de down y se le ocurrió hacer un equipo inclusivo, algo que ya había visto en España.

Estuardo Yagual y Joaquín Agut son también integrantes del equipo, ambos se entusiasman al ver correr a Gonzalo Bowen con balón en mano. Gonzalo tiene 68% de discapacidad y su motricidad se ha vuelto fina desde que juega rugby.  Joaquín Agut, de origen catalán, se emociona y afirma que entre el grupo ya hay prospectos para integrar el primer equipo nacional de rugby inclusivo, iniciativa que pretende llegar hasta Irlanda en 2020, donde será el Mundial de Rugby inclusivo. (I)  

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