Con la gracia de Dios dejé de comer compulsivamente

10 de abril de 2011 - 00:00

Son cinco personas. Tres mujeres y dos hombres. Se reúnen. No comen ni bailan, no toman cerveza y ven poca  televisión.  Llegan a las 18:30, deberían marcharse a las 19:30, pero la conversación alarga las reuniones.

Su pequeño lugar de encuentro está ubicado a pocos pasos de  una panadería. El olor de la harina caliente avanza orgulloso y penetrante. Les tienta. Su peor enemigo vive muy cerca.

El primer grupo de Comedores compulsivos de Guayaquil se reúne de lunes a viernes, desde hace un año, en un local de Urdesa Norte.

Jorge (56) se sienta al final del cuarto. Pesa 160 libras. De contextura mediana, dirige las reuniones. La estancia es más larga que ancha, verde, con sillas de plástico y una mesa de madera.

En las paredes cuelga un credo, su credo, en dos cuadros. En uno están anotados los doce pasos que también utilizan en la metodología de Alcohólicos Anónimos (AA). Admitir que la vida se les ha vuelto “ingobernable” y llegar a creer que solo un “poder superior” les puede devolver “el sano juicio” son dos de los pasos. Siete de los doce  hacen referencia a Dios. “Pueden venir ateos, agnósticos, no es un grupo de evangélicos o católicos, aquí cada uno le da a dios la interpretación que necesita”, dice Jorge.

Diez personas forman parte de la población flotante del grupo. Solo uno de los presentes tiene un sobrepeso visible.
La asistencia no es obligatoria. Sentados en círculo empieza la sesión. Elsa toma la palabra: “Soy una comedora compulsiva en abstinencia por la gracia de Dios”. Es maestra. Desde este año, sus 4 horas de trabajo se han convertido en ocho.

Cada miembro debe contar lo que le haya molestado durante las últimas 24 horas. Ella relata que hoy se fue a la una del colegio, cuando se habían marchado las estudiantes, a comprar las legumbres para la semana. A su regreso la rectora le llamó la atención de mala manera.“Pero yo le contesté”, refiere. 20 libras ha perdido desde que entró al grupo. Lo considera un regalo de Dios. Finaliza su intervención y habla Jorge.

Con Carlos fundó el grupo hace un año,   desesperado por las complicaciones de salud que tenía al pesar 216 libras. Ahora se mantiene en 162. “Esto es igual que ser alcohólico; para mí la comida es una droga”. Es muy estricto con su plan de alimentación, que se basa en  una fórmula que todos repiten de memoria: la 3-0-1.

3 se sostiene por las tres comidas que deben, religiosamente, ingerir al día. 0 por la cantidad de veces que habrán de comer entre ellas. Y 1, porque deben pensar en el plan un día a la vez. Tienen un folleto. Ahí reposan los modelos de comida que han de seguir. Todas las porciones las miden   dos y  tres onzas.  Lucciolla tiene 56 años y ojos verdes. Sigue las disposiciones a su propio ritmo. Su principal descubrimiento ha sido el aceptar que no le gusta estar sola. “Antes yo decía que no me importaba, me quedaba bien acompañada con las papitas”. Perdió 18 lbs durante su estadía en el grupo.

Hace un mes y medio se unió Olguita, como  le dicen sus compañeros. Tiene 26 años y su caso, podría decirse, es el inverso del de los otros asistentes.  “Soy anoréxica”, susurra y empieza su historia.  Sobre su cuerpo lleva dos suéteres y un calentador que cubre sus minúsculas piernas. Apoya su espalda, casi pegada al pecho, en un almohadón grueso. “Hace un mes recibía mi alimentación por un suero, que me ponían diariamente”. Ha subido tres libras desde que ingresó. Ella  deseaba conocer a otras personas que hubieran experimentado problemas alimenticios. Olguita tiene los ojos inmensos, que denotan quienes han perdido demasiado peso.

Cuando se les pregunta cómo dejaron esta “adicción”, Carlos dice convencido: “Si ahora soy adicto a algo, es a este grupo”.

En septiembre del 2010 los fundadores del colectivo viajaron a Bogotá. Allí se reunieron con otros miembros de Comedores Compulsivos Anónimos. Hicieron amistad con Sthepanie, una mujer de Estados Unidos que hoy es su madrina. Todos los martes instalan una computadora portátil y conversan con ella. Al finalizar,  colocan, cada uno,  un dólar sobre la mesa.

Se toman de las manos y rezan la plegaria del teólogo norteamericano Reinhold Niebuhr: “Señor, concedeme serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar...

Finaliza la plegaria. Agitan sus manos juntas y dicen: “Sigamos viniendo, esto funciona si lo hacemos funcionar, acércate al amor de comedores compulsivos y no renuncies, tú eres importante”.Ahora toca vivir las 24 horas siguientes y regresar al cuarto verde, para contarlas.

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