La Caraguay abastece la demanda de mariscos

- 27 de octubre de 2018 - 00:00
Personas de distintos sectores de Guayaquil acuden a este sitio, ubicado en el sur de la urbe, con el único objetivo de comprar mariscos y pescado.
Foto: cortesía de Ariel Reyes

La noche cae en el sur de Guayaquil. Al ingresar por la avenida Domingo Comín y cruzar la calle General Robles se encuentra el tradicional mercado.

El peculiar olor, la humedad del lugar y la algarabía de la gente es lo primero que se percibe al cruzar sus puertas. Para muchos ingresar a este sitio es aventurarse en búsqueda del “pescado ideal”.

Los precios varían según la especie y las libras. Atún, carita, bagre, corvina, róbalo y dorado no pueden faltar para “el pelucón” (como algunos vendedores entre risas murmuran). La infaltable albacora, que da vida a uno de los platos más representativos de nuestra ciudad y que todo “guayaco” debe comer -aunque sea una vez en su vida- es el encebollado.

En la Caraguay todo pasa muy rápido. La mayoría de clientes quieren las tres B (bueno, bonito y barato), pues todo aquel que entra no se va sin llevarse algo. Sean fundas, gavetas, baldes o sacos, cualquier forma de transportar sus compras es válida para no quedarse sin una parte.

Al final del mercado se encuentra Cangrejal Vip, una zona de venta exclusiva de cangrejos. Ahí los comerciantes tratan de captar la atención de los clientes.

 “Varón”, “brother”, “pana”, “llave”, “jefe” son palabras que forman parte del lenguaje guayaco que caracteriza a los vendedores de este mercado. 

La humildad y el positivismo son las características principales de todos los comerciantes de ese lugar. 

Sus jornadas empiezan desde las 04:00 cuando acuden hasta las lanchas que atracan en el muelle del mismo mercado. Ahí encuentran a pescadores que arriban desde El Morro, Jambelí, isla Puná, Punta Piedra y Posorja.

Pero aunque madrugan para comprar el producto, la venta a los mayoristas se inicia a las 20:00 cuando el mercado abre sus puertas para atender a los compradores.

El movimiento muchas veces se torna caótico. En medio de tanta gente resalta Raúl, un niño de 12 años que   transporta sacos de hielo para los vendedores.

Cuando termina esa faena se dedica a filetear corvinas. Maneja un cuchillo con mucha sagacidad y por cada pescado que filetea, el cliente le deja al menos 0,25 centavos.

Este mercado tiene una particularidad. Al sitio arriban clientes de todas las clases sociales.

María Logroño, quien tiene un local de venta de encebollados en la 40 y calle D, dice que el lugar aglutina a personas de clase media y alta que van en busca de mariscos de buena calidad. “La mayoría acude a comprar cangrejos”. (I)   

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