Marco Quiñónez: “Yo desprecié tres veces a Barcelona”

- 19 de mayo de 2019 - 00:00
Marco Quiñónez empezó a jugar fútbol en las divisiones menores de Panamá y se retiró en Fuerza Amarilla. Su mayor anhelo es convertirse en director técnico de un equipo de la serie A con José Aguirre y Carlos Quiñónez como sus colaboradores.
Foto: Lylibeth Coloma / El Telégrafo

El exjugador guayaquileño de 41 años repasa los momentos de alegría y dolor que vivió durante sus 17 años de carrera. Se formó futbolísticamente en Panamá, su mejor temporada la vivió en Emelec y su primer y único título nacional lo consiguió con Deportivo Quito. El “Ídolo” lo tentó, pero no aceptó por lealtad a los clubes donde estaba.

A Marco Antonio Quiñónez Angulo se le apagó la alegría en 2010. Militaba en Deportivo Cuenca y justo después de un partido ante Universidad Católica, por la segunda etapa del campeonato nacional de ese año, su hermana lo llamó por teléfono para hacerle una confesión que resultó desgarradora.

Le dijo que su papá había sido desahuciado y que los médicos le habían dado 10 días de vida. Quiñónez fue engañado por su familia durante 6 meses. Le habían dicho que su papá, Wilson Hugo Quiñónez, estaba bien de salud, pero era todo lo contrario. Su estado era crítico e iba a morir. 

La noticia lo devastó psicológicamente. Marco estaba en su mejor momento futbolístico e incluso había marcado el gol del triunfo del Cuenca ante la “Chatoleí”, resultado que encaminaba al equipo “morlaco” para disputar su segunda final consecutiva. Pero no había nada por celebrar. Le faltaban ganas.     

Después de aquel día Quiñónez no volvió a ser el mismo. Recordar ese momento aún le provoca dolor. Su padre murió unas semanas después a causa del cáncer de pulmón.    

El golpe emocional fue fuerte. Marco tenía una relación muy estrecha con su padre, pese a que se opuso a que sea futbolista en sus inicios en las divisiones formativas del club guayaquileño Panamá SC.   

Su papá quería que fuera abogado, ingeniero o arquitecto. Para él, la formación académica era primordial. Para Marco, el mundo giraba alrededor de un balón.

Para ir a entrenar esperaba que su papá durmiera la siesta por las tardes para salir a escondidas de la casa, siempre secundado por su mamá, Flora Alba Angulo.

Cuando Wilson despertaba, Marco ya había regresado y lo encontraba haciendo las tareas escolares. Así fue como el exjugador de Emelec, Deportivo Cuenca, Olmedo, Aucas, Universidad Católica, entre otros, fue alimentando su sueño de llegar al profesionalismo.    

Ahora trata de retribuir lo que le dio el fútbol durante 17 años de carrera a un grupo de jóvenes de escasos recursos y de sectores vulnerables de Guayaquil, con el respaldo del Club Campestre de la Armada de Ecuador. Allí trabaja junto a Carlos Andrés Quiñónez y José Aguirre, sus excompañeros en Emelec y con quienes anhela, algún día, conformar un cuerpo técnico y dirigir un club profesional.     

¿Imaginaste en algún momento estar del otro lado?        
Nunca. Fue mi mamá la que me insistió para que me prepare como entrenador. Ella me dice siempre que tengo personalidad y carácter para manejar grupos. Los entrenadores de los equipos por los que pasé también me decían lo mismo. Por eso decidí incursionar en esta nueva faceta.

Empecé en el proyecto “Más Fútbol” del Municipio de Guayaquil, pero no asimilé bien esa experiencia porque no estaba acostumbrado a manejar grupos numerosos. Después, Gabriel Achilier me invitó a formar parte de la franquicia que Emelec abrió en la provincia de Manabí. Yo era imagen y director técnico del proyecto. Allí me empezó a gustar este mundo.

Un día nos juntamos con el “Mellizo” Quiñónez y el “Flaco” Aguirre y nos planteamos armar nuestro propio proyecto de formación. Así fue como nació la Escuela de Formación Integral de Fútbol Fusión.                          

A diferencia de otros futbolistas, tuviste formación desde muy pequeño. Empezaste a los 7 años en Panamá...  
Mi deseo desde pequeño fue ser futbolista. En mis inicios fui delantero, con el paso del tiempo me convertí en volante hasta que terminé de central.                

Solo te faltó ser arquero...
En los entrenamientos alguna vez me mandaron al arco (risas). Yo encontré mi posición definitiva en la cancha cuando tenía 17 años. Estaba disputando el torneo sub-18 de Asoguayas con Panamá SC cuando uno de los zagueros del equipo no se presentó a un partido en el que enfrentábamos a Bancard. El director técnico era Fernando Izurieta.

Él me dijo que me debía alinear como zaguero, fui el sacrificado. El partido lo empatamos, tuve una excelente actuación. Cuando me presenté al entrenamiento el lunes, el entrenador me dijo que ya no iba a jugar como volante, sino como zaguero. Jugar en todas esas posiciones me ayudó a ser un jugador versátil. Siempre fui un buen comodín para los técnicos que me dirigieron.                       

Pero cuando estabas en Deportivo Quito, el director técnico argentino Rubén Darío Insúa quiso hacerte jugar de lateral para abrirle espacio en la zaga del equipo a Iván Hurtado...         
Yo no estuve de acuerdo y decidí irme al Deportivo Cuenca, pese a que me tocó rescindir mucho en la parte económica. Siempre fui una persona de compromiso con los clubes en los que jugué, pero no podía aceptar que se me relegue a una posición que no sentía.    

Habías quedado campeón con el cuadro “chulla” en 2008 de la mano del estratega ecuatoriano Carlos Sevilla. Ese terminaría siendo el único título de tu carrera. ¿Te dolió dejar el equipo y repetir el campeonato un año después?    
Claro que me dolió, porque en apenas un año el equipo se metió en mi corazón. Le guardo mucho cariño a esa institución. Todavía suelo buscar en YouTube videos de la final de 2009 y se me eriza la piel y se me salen las lágrimas. Esa es una de las finales más memorables del fútbol ecuatoriano, desde mi punto de vista. Escuchar la narración del partido me pone nostálgico.      

¿Y tuvo esa misma sensación cuando un año después, vistiendo la camiseta del Deportivo Cuenca, se encontró con su exequipo en la final de la final del torneo 2009? Recuerdo que antes del partido los jugadores, médicos y otros colaboradores del Deportivo Quito se acercaron a saludarlo e Insúa le dijo algo en el oído.   
Me dijo que se había equivocado. Que había sido un error haberme dejado ir del equipo. Yo le di las gracias y le deseé suerte. Le guardas un aprecio especial al Deportivo Quito, pero tienes un gran anillo con el escudo de Emelec en la mano derecha.

¿Emelecista?
Azul hasta la muerte. Emelec fue el equipo que me dio a conocer en el fútbol nacional. Le estoy muy agradecido por eso. Y con el Deportivo Quito conseguí mi primer y único título, por eso lo guardo en un lugar especial de mi corazón.   

¿Azul incluso desde la infancia?
Debo confesar que durante mi niñez y adolescencia fui barcelonista. Fue una afición heredada de mi hermano Pablo Quiñónez. Él jugaba en las divisiones formativas de Barcelona. Tenía mucha proyección, pero a los 14 años decidió radicarse en Chile una vez que viajó allá con el equipo. Nunca más volvió al país.

Y tuviste la posibilidad de integrar el equipo de los $ 10 millones que armó Eduardo Maruri en 2018, pero Barcelona contrató a Segundo Matamba...
Yo desprecié tres veces a Barcelona, pese a que me pintaron grandes plantillas y altos presupuestos. Me llamaron en 2007, después de la gran temporada que jugué en Emelec en 2006. Me volvieron a llamar en 2008 y en 2010. Carlos Luis Morales era el director deportivo.

Me hizo la propuesta y, efectivamente, me dijo que si no aceptaba iban contratar a Segundo Matamba. Y así fue. Los profesores Juan Manuel Llop y Mario Jacquet también me llamaron varias veces para preguntarme qué posibilidades había de ir a Barcelona, pero nunca acepté.  

¿Por qué?     
Decisión propia. Yo me comprometía con los equipos en los que jugaba. Cuando daba mi palabra para seguir, no había poder humano o económico que me haga cambiar de opinión. Siempre actué así. Para mí, el fútbol es un ejercicio de compromiso.             

¿También fue por decisión propia tu salida repentina de Universidad Católica?   
Eso fue por un roce que tuve con Juan Carlos el “Ratón” Ayala, que era ídolo del club. Él trató mal a un compañero durante el entretiempo de un partido por haber cometido un error. Yo le llamé la atención y le dije que no lo tratara así. Ayala no tomó bien mi reclamo, me insultó y yo reaccioné. La directiva guardaba un aprecio especial por él, por eso es que tuve que irme. Un día después de aquello me notificaron mi despido.        

Hace un momento me hablabas de tu liderazgo. ¿Con qué grupo te quedas? ¿Con el Emelec de 2006 que se armó con jugadores “reciclados” y fue vicecampeón, con el Deportivo Quito que logró su tercer título nacional luego de 40 años o con el Deportivo Cuenca que jugó partidos memorables en 2010?          
Con el Emelec de 2006, sin duda. La directiva estaba inquieta porque no tenía presupuesto para armar una plantilla competitiva. No había plata para contratar grandes estrellas. El profesor Jorge Habegger había fracasado la temporada anterior y había dejado el cargo.

Carlos Torres Garcés asumió la dirección técnica y armó el equipo con jugadores a los que había dirigido en divisiones inferiores. Los sueldos eran muy bajos. Yo ganaba $ 400. Pero fuimos inteligentes en el momento de negociar. Nosotros ofrecimos comprometernos con la institución a cambio de que se nos paguen, adicionalmente al sueldo, premios por rendimiento.

Eso nos permitía solventar los gastos propios y de nuestras familias. Con nuestro buen rendimiento obligamos a los dirigentes a salir a buscar el dinero para pagar los premios. La empresa privada nos ayudó mucho.         

Carlos Torres Garcés me dijo en algún momento que Emelec ese año no fue un equipo de fútbol sino una familia...   
Nunca viví algo tan hermoso en mis 17 años de carrera. Nosotros llegábamos una hora antes del inicio del entrenamiento para conversar y hasta desayunar juntos. Después de los entrenamientos nos quedabamos también viendo videos de partidos. Eso no lo he visto en ningún lado. Lamentablemente la dirigencia no pudo sostener el proyecto a largo plazo por falta de recursos.     

¿Ni siquiera en el Deportivo Quito?
En el Quito había muchos conflictos de egos. Recordemos que en el equipo había muchos seleccionados nacionales. A Carlos Sevilla le costó manejar ese grupo, era muy complejo. Hubo mucho roce.        

¿Entre quiénes?
No sería ético que dé nombres. Me quedo con el compromiso que asumió el grupo para conseguir ese título tan anhelado.      

Después te fuiste al Deportivo Cuenca...  
En el Cuenca estuve dos temporadas. Formé parte del equipo que le ganó a Boca Juniors en Ecuador. Conformamos un plantel muy fuerte y solidario. Fueron dos temporadas memorables para el club. La dirigencia llegó a adeudarnos hasta cinco meses de sueldos, pero nosotros profesionalmente defendimos cada punto en la cancha.  

Recuerdo que hacías dupla en la zaga con el argentino Diego Ianiero y eran los centrales más destacados del campeonato. A finales de 2009 Liga de Quito, Emelec y Barcelona querían contratarlos. ¿Por qué no negociaron?     
Por el afecto que sentíamos por el club. Nos llamaban para ofrecernos contratos con casas y los mejores carros. Pero no aceptamos. Sin embargo sí aceptaron unirse al proyecto de Independiente José Terán (ahora Independiente del Valle) en su segundo año en la serie A. Porque los problemas económicos del Deportivo Cuenca eran insostenibles. Y nos agradó también el proyecto que nos presentó la dirigencia.

Pero solo se quedó una temporada y Ianiero apenas seis meses. ¿Por qué no le fue bien?
Tuve mucho roce con el profesor Carlos Sevilla por asuntos tácticos. Él, por agradarle a la dirigencia, hacía ingresar a la cancha a chicos muy jóvenes que, en lugar de sumar, restaban. Por eso perdimos o empatamos partidos que practicamente estaban ganados.

A Ianiero lo tienes entre tus amigos de Facebook...
Seguimos en contacto. Es uno de los grandes amigos que me dejó el fútbol. Cada vez que hablamos repasamos los momentos buenos y malos que pasamos esas dos temporadas. Aunque yo llegué a Independiente sin alegría.  

¿A qué te refieres?
Mi papá ya había fallecido. Yo era famoso por ponerle apodos a los compañeros, pero cuando llegué a Independiente no me nacía hacer nada de eso. La muerte de mi padre acabó con la alegría que me había dado el fútbol. Después de aquella experiencia, nunca fui el mismo emocionalmente.

Pero la vida te dio la oportunidad de seguir ligado al fútbol...
Lo mío es la formación de jugadores, pero una formación integral. En la Escuela de Formación Integral de Fútbol Fusión trabajamos mucho el ámbito psicológico. La personalidad de un jugador se la trabaja desde edades tempranas, esa es la principal falencia de los jugadores ecuatorianos. Es por eso que cada fin de semana vemos jugadores que son maravillosos en los entrenamientos, pero que se achican cuando les toca jugar partidos oficiales con público y en grandes estadios.    

¿Y cómo trabajaste la personalidad que mostrabas en cancha?
Cometiendo muchos errores y enmendándolos.

¿Tu error más vergonzoso?
Un penalti que le cometí a Ángel Fernández en el estadio Capwell defendiendo la camiseta de Panamá, por la liguilla del no descenso en 1998.

¿El delantero al que más te costó marcar?
Pablo Mouche porque era letal y te decía insultos racistas. Había que ser fuerte psicológicamente para no caer en su provocación. (I)

Marco Quiñónez (centro) imparte una charla técnica a los jugadores del equipo que dirige en el Club Campestre de la Armada. La plantilla está conformada por jóvenes de escasos recursos que viven en sectores vulnerables de Guayaquil.Marco Quiñónez (centro) imparte una charla técnica a los jugadores del equipo que dirige en el Club Campestre de la Armada. La plantilla está conformada por jóvenes de escasos recursos que viven en sectores vulnerables de Guayaquil. Foto: Lylibeth Coloma / El Telégrafo

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