La casa de las flores

- 03 de septiembre de 2018 - 00:00

Sí. Vamos a hablar de lo que a mucha gente le obsesiona por estos días. ¿Por qué? Porque nos reconocemos como personas y como sociedad en lo que consideramos ajeno. La legendaria Verónica Castro interpreta a una matriarca mexicana de una familia pudiente. Exitosa, capitalina, muy arraigada en sus amistades y girando como trompo en el circuito del qué dirán, de los cocteles y de las fotos en las revistas.

El esposo es un artefacto. Los hijos son complementos. Ella es su florería y su marca. Pero un día, se destapa el romance de su marido, quien silenciosamente había construido una segunda familia. Y se caen los pétalos del clan en medio de situaciones hilarantes. La hija mayor es la voz de la razón aunque luce como la más excéntrica y la menos hija.

Se cuentan historias de suicidio, de infidelidad de todos los calibres, de consumo y venta de drogas, de deudas impagas. Pero todos los temas se tratan de manera epidérmica. Nada se profundiza porque la tarea de La casa de las Flores es entretener con un espejo pequeño, no apuntar con el dedo a los televidentes que hayan transitado por caminos similares. Es más, nadie juzga allí dentro.

Y la verdad es que así vamos por la vida. Equivocándonos sin arrepentirnos, pensando que la traición (personal, familiar, amorosa o profesional) mientras no sea pública, está justificada. Miramos para el otro costado como sociedad. Permitimos el abuso, el robo y la corrupción. Somos tremendamente severos con lo que trasciende nuestras cuatro paredes y condenamos de manera inmisericorde lo que no entendemos. En la Casa de las Flores están caricaturizados varios rasgos de nuestros países latinoamericanos y sus círculos sociales defensores del estatus quo. Que nadie sepa, que la foto salga linda, que se justifique todo fin a costa de cualquier medio. Yo me siento vergonzosamente identificado. Que tire la primera piedra quien no.

Después de las risas y del guion bien escrito y actuado, empecemos a preguntarnos qué podemos hacer mejor. Hay que salir del clóset de las mentiras y las apariencias. Que los organismos de control controlen; que los jueces sean realmente justos; que los corruptos vayan a la cárcel; que el uniforme, los apellidos o la sotana no proteja a los abusivos y abusadores; que nos acordemos a la hora de votar de quién es quién y quién hizo qué. Aquí podemos hablar de economía y de política, de leyes y datos. Pero si no se debate desde las casas y las escuelas la actitud ante el país, el Ecuador difícilmente dejará de trotar en el propio terreno. Y sobre todo, que seamos solidarios con este país que nos necesita rectos y sinceros de manera urgente. (O)