“Tenemos que romper esa tendencia gerontocrática”

24 de octubre de 2013 00:00

¿Quién es? Nombre completo: Jorge Núñez Sánchez. Profesión:Historiador y autor de 67 libros de historia y ciencias humanas. Reconocimiento: Premio Nacional de Cultura “Eugenio Espejo” (2010). Foto: Marco Salgado | El Telégrafo

Jorge Núñez Sánchez fue electo hace dos días director de la Academia Nacional de Historia del Ecuador y, entre sus principales retos está hacer de la institución un lugar más abierto hacia la sociedad, así como ampliar la membresía para que se incorporen más mujeres e investigadores de provincias históricamente relegadas.  

¿Cómo asume este nuevo cargo?
Con la esperanza de continuar y desarrollar la labor de una serie de directores que hicieron avanzar esta Academia, y lo asumo también con la responsabilidad que ello implica, porque se trata de rendir homenaje a nuestros héroes, de mantener viva nuestra historia nacional e ir más allá de aquello.

¿Hacia dónde?
Hay que hurgar en el pasado en busca de una memoria social que está perdida, porque hay unos olvidados de la historia y entre ellos están las mujeres, los indígenas, los negros, los mestizos, los chagras, los montubios, los migrantes. Es decir, una cantidad de ecuatorianos que han sido olvidados por la historia tradicional. Y a la misma vieja historia llamada oficial por algunos hay que encontrarle sus más hondas raíces. Porque tenemos héroes de talla gigantesca como Abdón Calderón, o de grandes heroínas como Rosa Zárate. Pero también tenemos hechos colectivos, heroicidades conjuntas de nuestro pueblo, esfuerzos silenciosos por construir una nación mejor y más justa.

¿Cuáles son los retos que se plantea con mayor determinación?
Uno de ellos es el de ampliar la membresía de la Academia. Hoy tenemos una institución respetable, pero donde es muy fuerte la gerontocracia. Nosotros quisiéramos que estén presentes los jóvenes investigadores que han dado muestras de un muy importante trabajo y de grandes libros publicados que están animando el debate científico de la historia. Tenemos que romper con esa tendencia gerontocrática que tienen normalmente las academias. Hay que volverlas actuales.

¿Y en cuanto a la diversificación de las membresías?
También hay que cambiar nuestro interior, no solo preocuparnos más de la historia de los olvidados, también hay que enriquecer nuestra membresía, por ejemplo, con la presencia de mujeres, de indígenas, de afrodescendientes. Con la presencia de ese tipo de historiadores se va a enriquecer la visión de un país como el nuestro que es pluricultural, plurinacional y multilingüe.

¿Cómo hacer que la Academia dialogue con la sociedad, que su conocimiento no solo circule en las cuatro paredes que la contienen?
De eso se trata. Las academias a ratos están encerradas en sí mismas, en su propia vanidad, separadas del mundo. Eso hizo que Rubén Darío alguna vez exclamará: “De las academias, líbranos, Señor”. Yo creo que hace falta que sus conocimientos estén abiertos al país y, en ese sentido, considero que nuestra academia ha tenido un papel protagónico. Hemos logrado constituir, gracias al esfuerzo del director saliente, una biblioteca de más de 25.000 volúmenes.
Por primera vez tenemos una biblioteca de esa dimensión, que está abierta gratuitamente a nuestro público. Pero creo que tenemos que ir más allá, hay  que esforzarnos por vincularnos con las formas visuales de comunicación, con el video, con el cine, para que esto, a  través de las redes sociales, circule libremente y para que el país se conozca mejor a sí mismo.

¿Cómo descentralizará la gestión de la Academia Nacional de Historia?
Hemos ido avanzando hacia el horizonte de convertirnos en una verdadera Academia Nacional de Historia. Durante mucho tiempo fuimos una Academia Nacional por nuestros objetivos, por nuestros sueños, pero no por nuestra realidad. Teníamos muy pocos miembros fuera de la capital. Luego se formó el capítulo Guayaquil, con un cierto número de miembros, luego el capítulo Cuenca, y luego el directorio saliente incorporó miembros de regiones y provincias olvidadas. Hemos incorporado a los dos primeros miembros de provincias amazónicas: uno de Napo y otro de Zamora. Nuestro objetivo es que en esta administración, que hoy se inicia, lleguemos a tener miembros en todas las provincias del país.

¿Pero entrarían en condiciones desiguales por su formación?
Obviamente esto implicará la presencia de desniveles en el conocimiento, porque las universidades con posgrados y posdoctorados están en las grandes capitales, y en las provincias lo que hay son maestros, personas que se han dedicado a estudiar la historia local y regional pero que muchas veces han ido más allá, pues han formado archivos. Esos investigadores necesitan ser incorporados a la Academia y que se les brinde formación.  

¿De qué manera mira los usos políticos que se le ha dado a la historia?
La historia es susceptible de usos políticos nobles y elevados que apuntan a construir una mayor conciencia nacional, para impulsar un país hacia adelante a partir de los reconocimientos de sus propios valores y fortalezas. Pero también hay usos ilegítimos de la historia, como aquel que pretende usar el arte para perpetuar los rostros de los administradores políticos de una municipalidad en el presente. O como aquel que busca alterar el pasado, hacer interpretaciones ahistóricas y negativas de lo que fue en realidad la historia.

Finalmente, ¿por qué es importante mirar el pasado?
El pasado y el presente son considerados normalmente como cuestiones diferentes y, a ratos, contradictorias. Diría que están unidos en nosotros mismos. Esto que llamamos identidad, memoria colectiva, es la presencia del pasado en la conciencia del presente. A veces esa conciencia no es suficiente, entonces, hay que fortalecerla. Un ser sin pasado sería como un enfermo que hubiese perdido la memoria y la conciencia absoluta de sus actos.

UN COMPILADOR DE LA HISTORIA ECUATORIANA

Jorge Núñez nació el 6 de febrero de 1947 en la provincia de Bolívar. En 1975 obtuvo una beca en el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) de México, de donde trajo suficiente material sobre La Guerra Interminable: Estados Unidos contra América Latina, publicado en 1980 en Quito.

En El Mito de la Independencia (1976) propuso que la oligarquía criolla ya detentaba el poder social y económico y que  la guerra solo le sirvió para obtener el poder político. Polémico y novedoso, el libro le dio prestigio. Publicó Nicaragua, la trinchera invencible (1985), luego de cubrir en el país centroamericano las gestas de los sandinistas, para una revista quiteña. Presidió el Consejo Nacional de Cultura entre 1988 y 1989, en la presidencia de Rodrigo Borja.

En 1990 fue presidente de la Asociación de Historiadores de América Latina y el Caribe. En 1994, editó La historiografía ecuatoriana contemporánea, selección de autores y obras desde 1970, sobre la renovación de la Nueva Historia del Ecuador, propuesta con la cual colaboró. En 1995 publicó el libro Ecuador en la historia.