Hoy se premia a lo mejor de la Literatura, Arte y Ciencia en Ecuador

- 09 de agosto de 2018 - 00:00
Fotos: El Telégrafo

Una medalla, un diploma y un reconocimiento económico por $ 10.000, más una pensión vitalicia mensual fijada en cinco salarios básicos unificados, serán los incentivos que recibirán los ganadores del Premio Nacional Eugenio Espejo de este año.

El multiinstrumentista Enrique Males -galardonado en la categoría de arte y cultura- es un explorador temprano de ritmos ecuatorianos, como el albazo o pasillo, que interpreta de forma singular porque los fusiona con música latina y sonoridades de todo el mundo.

La investigación musical la ejerce desde la práctica y entona instrumentos milenarios, no solo de la región, sino Australia o la India. Su más reciente disco, Memorias, es una condensación de sus conocimientos, los de un autodidacta que ha grabado 28 obras, casi todas digitalizadas y conservadas.

Con más de sesenta años dedicado a la poesía y el periodismo, Fernando Cazón Vera -reconocido en el apartado de literatura- es un cultor incansable de la palabra que se mueve con facilidad entre las formas clásicas y la poesía moderna. Escribe lo mismo sonetos y tercetos que versos libres.

El autor de poemas como “Harakiri” y “El ilusionista”, ha sido también un impulsor de los poetas jóvenes, tanto desde su tribuna como articulista en medios locales (mantiene una columna en Expreso y Extra) y también en su momento como maestro y gestor cultural.

El médico e investigador Marcelo Cruz Utreras -premiado en la categoría de aportes científicos- ha estudiado las enfermedades neurológicas del país desde hace 50 años, sobre todo aquellas relacionadas con la epilepsia, un trastorno del cerebro que, en el caso ecuatoriano, ha tenido mayor incidencia en las poblaciones pobres.

Fundador del primer servicio de neurología del país en el Hospital Andrade Marín, hace 40 años, también ha participado en la política nacional.

Enrique Males. Músico autodidacta y multiinstrumentista

“Los niños me han enseñado a ser un maestro de lo humano”

Antes de viajar a la capital para recibir el Premio Nacional Eugenio Espejo, el multiinstrumentista Enrique Males estaba en su residencia actual, Pucahuaico (Imbabura), cerca de un bosque, “un espacio grande que facilita el trabajo de la creación”.

Con 75 años, este músico autodidacta lleva 28 discos grabados, obras únicas en su género. A fines de los años sesenta viajó a Chile, país al que volvió unos meses antes de que se diera el Golpe de Estado de 1973; entonces ya era un cantor tradicional de la música popular ecuatoriana y conoció a varios músicos.

¿Esos artistas lo inspiraron?

Durante uno de los últimos viajes que hice allá, recuerdo que al camerino del Teatro Municipal de Santiago -cercano al Palacio de la Moneda- llegaron tres músicos que me obsequiaron sus discos de acetato, todos contemporáneos de Víctor Jara (1932-1973).

Entonces yo tocaba pasillos, tonadas y albazos, ritmos ecuatorianos. Ellos me dijeron que la música de contenido social era una necesidad en Latinoamérica. A partir del Golpe conocí la obra de otros, como Violeta Parra (1917-1967) y empecé a entrar al canto chileno.

Además interpreta ocarina, pingullo, paglla, tuntul, litófono...

En este canto a la vida y sus elementos también me han acompañado otros instrumentos milenarios, como la tunda, el pífano, silbatos de diferentes culturas de nuestro país. Últimamente realizo fusiones con piezas que vienen de otras culturas del mundo, como el cuenco tibetano, flautas peruanas o instrumentos de Brasil, Australia... No sé cuántos instrumentos tengo, pero todos son milenarios.

¿Qué ha descubierto en la comunidad de Pucahuaico?

En los talleres vacacionales que realizamos, con niños de comunidades cercanas, descubrí que puedo ser un maestro de lo humano. Enseñarles el amor que se debe tener a la Paccha Mama, la Madre Tierra y el respeto que debemos a los animalitos. Hay un contacto cariñoso con los guaguas a quienes cuento historias inventadas por mí sobre el ambiente; su abrazo me hace sentir muy feliz.

Es un lugar especial...

Comparto mi vida con Pucahuaico, es cerca de San Antonio de Ibarra y vivo a unos metros de la tumba de Monseñor Leonidas Proaño (1910-1988). Aquí tengo todo para desarrollar lo musical.

¿Alguno de sus seis hijos siguió su camino en este arte?

Uno, Adrián. Vive en Francia y hace rock, metal (sonríe). Me gusta que sea compositor, arreglista... un creador.

El abuelo de Enrique Males solía contarle que su familia llegó de Quinchuquí a la capital imbabureña hace un siglo. Retomó el kichwa desde lo urbano porque adaptarse significó perder ciertas palabras.

Desde 1978, el contacto con el grupo Ñanda Mañachi hizo que sus composiciones se inscribieran en esta lengua. Su música es un crisol que reúne el arte ancestral que heredó, con la música latinoamericana a la que se acercó y su exploración de instrumentos del mundo que no para. Este año produjo su más reciente disco, en que habitan San Lorenzo e Ibarra, lo tituló Memorias. (I) 

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