Escritores nacionales hablan del mercado literario local

19 de octubre de 2012 - 00:00

Este domingo llega a su término la III Feria Internacional del Libro (FIL) de Guayaquil. Esta actividad ha contado entre sus participantes con un puñado de autores y artistas internacionales que han marcado un poco el paso de los conversatorios, lanzamientos, talleres y demás actividades.

La argentina Diana Bellessi hablaba en la inauguración. El chileno Carlos Genovesse presentaba el monólogo “Textículos ejemplares”. La colombiana Carolina Vivas protagonizaba una discusión entre dramaturgia espectacular y textual. El cubano Yoss Sánchez estaba en mesas de ciencia ficción. El argentino Adolfo Colombres dictaba un taller de transculturalidad literaria.

Sin embargo, en medio de ese rol protagónico que suelen adquirir los visitantes, los autores nacionales tuvieron, lógicamente, su espacio. Entre lanzamientos de obras, reediciones, conversatorios sobre tendencias, proyecciones de películas y documentales, exposiciones sobre la provincia invitada, Manabí, cuna de Eloy Alfaro, el pasado domingo se desarrolló un conversatorio que apuntaba a establecer las condiciones actuales del mercado de la literatura en el Ecuador, en “Narrativa contemporánea ecuatoriana”.

Los llamados a conformar esta mesa eran los autores Marcela Noriega, Francisco Santana, María Fernanda Passaguay, Marco González (coordinador de las librerías Mr. Books) y Yanko Molina, de Caracola Editores, sello al que pertenece la colección Antropófago, que publica a nuevos autores ecuatorianos.

El pasado viernes Noriega y Santana presentaron “Pedro Máximo y el círculo de tiza” e “Historias sucias de Guayaquil”, respectivamente.

Fueron diversos los puntos tratados. Se empezaba a esbozar algunas reglas del juego, por llamarlas de alguna manera, con las que deben moverse los autores cuando quieren publicar. Uno de los primeros aspectos en los que se hizo hincapié fue la necesidad del editor. Santana elogió a la Casa Morada, de María Paulina Briones, que se había encargado de publicar su libro.

Luego, Noriega reflexionaba sobre casos de autores que debían editar sus obras y atribuía en parte a eso el hecho de que se publiquen novelas de dudosa calidad.

Se habló además de una especie de “fantasma”: autores que publican una sola vez y desaparecen. Passaguay, maestra de secundaria, contaba que para poder publicar su novela “Ondisplay 2.0” había tenido que pagarle a una agencia literaria”. Sin querer, esto ha sido un problema para ella: hay editoriales que tienen por política no hacer reediciones de libros de ecuatorianos, si no fueron publicados originalmente por el mismo sello.

Se llegó, inevitablemente, al papel que cumplen los medios y las librerías en la circulación y la venta de las obras literarias nacionales.

Noriega aseguraba que las ventas no estaban en las librerías. Molina estuvo de acuerdo, pero agregó que pese a que el grueso de las ventas no esté ahí, el autor no puede desligarse de las librerías, porque desde ahí se genera expectativa sobre la obra.

González planteaba que mantener el negocio de los libros es costoso y se vuelve necesario jugar con las reglas del mercado y las obras que se han convertido en best sellers.

A propósito de aquello, Santana se preguntaba a sí mismo en voz alta por qué los autores locales, algunos para él de mayor calidad que escritores como Andrés Neuman, no han recibido premios literarios en el extranjero.

Y fue un poco más allá, para decir que era fácil: “A las editoriales no les interesa premiar a los ecuatorianos porque no es igual que colocar un libro en Ciudad de México, donde la venta está garantizada”. Noriega había citado minutos antes países donde los autores más vendidos eran autóctonos, como Houellebecq en Francia.

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