Los perros sueltos y las malas prácticas de convivencia

- 29 de noviembre de 2018 - 00:00
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Los perros corren por la pequeña calle adoquinada como en una escena de cacería de película. En medio del “bosque” las fieras se abalanzan contra el cebo.

Se trata de tres canes mestizos con rasgos de labrador que en realidad van detrás de un gato que, mucho más inteligente y rápido que ellos, se refugia en un árbol de magnolia y desde arriba los mira con desdén.

En su reacción instintiva y salvaje, los animales destruyen todo a su paso. Escarban entre los jardines, orinan para marcar territorio, rebuscan y olfatean cada objeto que se les cruce.

Tras los animales va una mujer, parsimoniosa y aparentemente desentendida de lo que sucede a su alrededor. Es la dueña de las mascotas. En sus manos lleva correas que sostienen a otros tres perros, estos más pequeños, pero igual de escandalosos.

Afortunadamente, la pequeña calle adoquinada no es un bosque, menos una selva donde se puede hacer lo que a uno le plazca. Un vecino afectado por el avasallador correteo reacciona y advierte que las mascotas están destruyendo los jardines del vecindario.  

Con la misma actitud tiránica de sus mascotas, la mujer reacciona, levanta el pecho y grita: “¿qué destruyen? ¡No destruyen nada!”. Con su desmesurada respuesta ella defiende el “derecho” de los animales a invadir propiedades privadas, quebrar ramas, dañar flores y dejar excrementos.

La mujer se ofende porque se le informa que las normas de convivencia en conjuntos residenciales cerrados deben cumplirse: las mascotas deben pasear por la calle o acera sujetadas con correas por sus dueños y sus excrementos deben ser recogidos.

“Acaso los perros destruyen a propósito”, espeta la mujer e intenta justificar que los animales andan sueltos porque se han escapado. “Se han escapado. ¡Ah, se han escapado! Pero si se han escapado lo correcto es ofrecer disculpas, no acalorarse”, le aclara el vecino. (I)

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