Las personas caminan sin ser asaltadas en el otro lado del mundo

- 24 de noviembre de 2018 - 00:00

Los callejones de Pekín son oscuros. Tanto que uno se puede arrancar la uña del dedo del pie al tropezar con una piedra grande o enterarse de que se cayó a un hueco solo cuando se siente el golpe. Los rascacielos, que lanzan delgados rayos de luz por sus ventanas, parecen reproducciones.

Por eso, un extranjero latino perdido en las calles de China, un domingo en la noche, es como un niño extraviado en la playa. La única manera de encontrar el camino de regreso a casa es caminando por sus cuadras que equivalen a más de 10 de las ecuatorianas.

Las vías secundarias están desiertas y al extender la mano para que un taxi amarillo se detenga, los carros de alquiler siguen de largo (a pesar de que van sin pasajeros).

Una joven pareja que habla inglés y mandarín se compadece a las 23:00 y se acerca para explicar que en su país es casi “imposible” tomar un taxi en la calle y peor sin haberlo llamado por una aplicación del celular. “Puede perder toda la noche aquí”, aconseja el chico, quien se toma la molestia de sacar el celular (frente a un extraño) y buscar la dirección en el mapa digital (con ideogramas).  

El reloj marca más de la medianoche y uno se resigna a que está perdido y a dormir en la vía pública en un lugar donde no entiende nada y tampoco lo entienden.

La única salvación son dos veinteañeros que circulan en una moto en la ya silenciosa madrugada del lunes. Ellos paran y uno de ellos pide que le enseñe la foto que tengo en el iphone para proporcionar su orientación. Lo hace, se despide y el vehículo arranca... sin dar el celular. Pero luego retrocede y lo devuelve (se olvidó entregarlo por el apuro de irse con otros amigos que lo llamaron).

Finalmente, llega una latina que me guía a casa. En el camino aparecen personas en bicicleta y trotando tranquilas. Si uno se pierde otro día y hasta con lluvia lo corrobora: al otro lado del mundo la gente camina sin miedo en la calle. (I)

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