La música clásica se escuchó entre altares y santos

- 03 de agosto de 2018 - 00:00

Veinte minutos antes de que empezara el concierto, las pesadas puertas de madera de la capilla del Museo de la Ciudad, en el Centro Histórico de Quito, se abrieron.

La columna de poco más de doscientas personas avanzó despacio, alterada un instante por un pequeño grupo de adolescentes que ingresó de repente. “Colados”, acusó una mujer. Y es que el Concierto de Temporada que ofreció la Orquesta Sinfónica Nacional (OSNE) el pasado 13 de julio atrajo, según la misma mujer, a un número de espectadores mayor a lo previsto.

A primera vista, la capilla lució como un espacio pequeño en el que parecía imposible que entrara tanta gente, pero fue suficiente para albergar a doscientas personas sentadas, setenta músicos, una decena de personal organizador del evento y un par de asistentes de pie.

El sonido de la voz que anunciaba la primera llamada bastó para dejar en completo silencio al auditorio. Luego de la tercera, los músicos ingresaron ordenados y ocuparon sus posiciones.

Con una señal de Pawel Kopczynski, concertino en esta obra, la orquesta afinó una última vez los instrumentos. Y Mariya Melnychuk, directora del concierto, subió a la tarima baja entre aplausos.

Sus movimientos, siempre seguros, se endulzaban o endurecían a medida que las partituras avanzaban.

- Impresionante, susurró un hombre a su acompañante al escuchar los primeros acordes de Night on the Bald Mountai, de Modest Mussorgsky.

Los altares dorados y las gruesas paredes de la capilla crearon una acústica perfecta. Con cada melodía la audiencia se transportaba imaginariamente a lejanos sitios.

Miradas fijas, en algunos casos; ojos cerrados en otros, la orquesta captó siempre la completa atención de los espectadores. Luego de 53 minutos, la directora y su orquesta se retiraron con aire triunfal, despedidos por el aplauso incansable de la audiencia. (I)

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