Los videos filtrados y la era Assange

- 01 de abril de 2019 - 00:00

Los servicios de inteligencia de EE.UU. determinaron que piratas informáticos rusos robaron información de las cuentas de Hillary Clinton y del partido Demócrata y se la dieron a Wikileaks. Fue así como finalmente la prensa del país del norte optó por alejarse definitivamente de Assange. La filtración de un archivo es una violación a un acuerdo de confidencialidad. En el menor de los casos es la traición a una confianza. Pero muchos la justifican cuando supuestamente es un acto heroico en contra del abuso de los poderosos.

El problema es cuando el intermediario es el bully que pisotea al resto. La información es poder, pero la información robada es amenaza. Y Wikileaks se convirtió en una aduana de contenidos para ejercer presión desde su propia agenda política. Opera entre sombras y nada garantiza si lo que distribuye está alterado o completo; si se guarda información a su conveniencia o si lo que entrega está actualizado.

Y así llegamos a los videos del teléfono del presidente. Pronto en la otra vereda desempolvaron las imágenes desentonadas de Bosé cantando en palacio y de los bacanales con trencito incluido hasta abajo para celebrar quién sabe qué. ¿Ese es el debate que necesita el país?

El periodista no sale a la calle a buscar la verdad; sale a recoger evidencias. Y cuando recibe contenido filtrado debe entender que hay una manipulación que le va a impedir contextualizar como debe. Más allá de eso hay una violación a la privacidad que contamina totalmente su labor. Lo más probable es que esté siendo utilizado por su proveedor anónimo o enmascarado en un pseudónimo.

Es como comprar licor que no se sabe si está adulterado con un dinero que bien podría ser falso. Personajes como Fernando Villavicencio o el inquilino de la embajada filtran a su conveniencia y antojo lo que obtuvieron de manera oscura. ¿Quién los financia? ¿No están alimentando un mercado de ladrones cibernéticos? ¿Cuánto pagan por una foto comprometedora?

Rodeados de infiltrados en chats de periodistas y políticos, les recuerdo que los que corretean al resto también suelen tropezar. Pregúntenle a Assange, un experto en perder aliados cuya única ilusión en la vida hoy por hoy es no terminar más confinado de lo que ya está. (O)

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