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Ecuador/Mié.2/Dic/2020

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Una quiteña en Samborondón

11 de octubre 00:00

Tuve la oportunidad de conocer Guayaquil hace quince años aproximadamente, cuando no existían las redes sociales y en Quito, lo poco que llegaba a nuestros oídos de la cotidianidad de esa ciudad, era a través de nuestros mayores, que impregnaban sus reminiscencias con un marcado regionalismo.

 Yo estudiaba en uno de los colegios aniñados de Quito y al padre de mi mejor amiga le dieron un ascenso importante en una empresa de Guayaquil. Es así que, en las vacaciones escolares, empecé a frecuentar Samborondón.

 Lo primero que me llamó la atención fue la cantidad, lujo, ostentación y fastuosidad de urbanizaciones privadas que se observaban desde el avión en su sobrevuelo antes de aterrizar en el Aeropuerto José Joaquín de Olmedo.

 No es que en Quito no tengamos urbanizaciones privadas, amuralladas y fastuosas. Pero ninguna alcanza, ni remotamente, a lo que existe en Guayaquil. Además, en Guayaquil, las zonas residenciales y exclusivas se encuentran bien marcadas y delimitadas. En cambio, en Quito, es común ver una casa lujosa junto a una casucha desvencijada en el mismo barrio, en la misma manzana, en la misma cuadra. En cuanto a sus propietarias, la una se dice de alcurnia y la otra regenta la tienda del barrio. Y las dos son vecinas.

 Pocos años después recibí la invitación para la fiesta de quince años de mi amiga en el Club de la Unión: las fotos que yo miraba en las revistas de la alta sociedad guayaquileña, un día se desplegaron ante mis ojos hechas realidad y yo estaba ahí, codeándome con las quinceañeras de las familias de la crema y nata de Guayaquil.

 Mi ojo analítico no podía dejar de elucubrar si esa gala era la antesala obligada para las esposas ejemplares que acompañarán a los empresarios y políticos exitosos, las futuras reinas de Guayaquil, más tarde convertidas en asambleístas, alcaldesas o candidatas a la Presidencia de la República, si así lo decide el caudillo del partido emblemático de Guayaquil, claro está.

 Los años han pasado irremediablemente. Mi amiga y yo tomamos caminos diferentes: ella, en pocos meses, se convertirá en la esposa del hijo de un empresario guayaquileño. Yo estoy en el extranjero estudiando una maestría y viviendo sola. Seguimos siendo amigas. Las dos somos felices, cada cual a su manera.