¿Trabajadoras sexuales o proletarias de la noche? (I)

- 26 de octubre de 2016 - 00:00

La sociología política logró derivar la palabra puta (sanción moral) hacia el análisis de una relación de dominio social: trabajadora sexual. Un poeta (no recuerdo quién) precisó el enfoque marxista, proletarias de la noche. Qué más da, problematizar realidades produce caudales lingüísticos, pero no por abundantes son siempre útiles para comprender realidades o por esa abundancia se desvanece el drama de millones de mujeres escondidas por la corrección política. La finura del relacionamiento disfraza la perversión del brutal sistema de opresión o tolera ejercicios de explotación de mujeres. Dicho en lenguaje garcía-marquesiano: la abuela no es desalmada es la candidez culpable de Eréndira.

Esta jam-session llega miércoles y siendo ese día para las buenas noticias (según Eréndira) ocurre que es bad news is coming o sea la mala noticia que está llegando, en ánimo de blues de Luther Allison. Raquel Rosario Sánchez publica en Tribuna Feminista: “El discurso del ‘trabajo sexual’ es el triunfo del patriarcado más neoliberal”. Se puede leer en el periódico electrónico Rebelión del 15-10-2016. Este jazzman llegó al final repentino de algún viaje con la pregunta de la escritora dominicana: ¿Las niñas tienen vocación de ‘trabajadoras sexuales’ y se educan para aquello? No es exacta, pero esa es su intensidad retórica. De ser afirmativa, la esclavización sexual se la podría justificar y embellecer con engañosas florituras marxistas. ¡Levántate, Carlitos!

Si son proletarias (o trabajadoras de cualquier hora del día), ¿quién es su antagónico de clase? ¿Acaso el cliente que ocupa su trabajo o el cafisho? La herramienta de trabajo es su inteligencia, para propiciar el placer o desahogo fugaz, y su cuerpo es receptor momentáneo de la violencia ¿consentida? Trabajo sexual, ese acto de producir lo que sea para la masculinidad tiene una narrativa compleja: justificación socioeconómica, histórico-antropológica (la profesión más vieja de la humanidad), moralidad reglamentada por religiones y estructura de clases sociales, sanitaria (‘enfermedades vergonzosas’) y artística-literaria. R.R. Sánchez con su iconoclasia arruina esa ‘costumbre del cuerpo’: “Mucha gente, tanto conservadora como progresista, piensa que utilizar el término ‘trabajo sexual’ le pone un poco de dignidad y respeto al asunto. Funciona como un manto para higienizar la industria…”.

Casi no se cuestionó, incluso desde el análisis marxista, la verdad de ese nominativo político, porque el patriarcado como supervaloración del varón instala cierto ‘lenguaje del pensamiento’, con todos sus procesos mentales, al momento de comunicar. Ahora mismo se habla de ‘trata de personas’, forma pasteurizada de calificar el tráfico esclavizante de almas y cuerpos. El dulce lenguaje de académicos y expertos, sin comillas para no caer en la tentación de la ironía, afecta hasta en lo jurídico para juzgar con rigurosidad la criminalidad del acto. (O)