Testamento al Año Viejo

- 28 de diciembre de 2017 - 00:00

En los tiempos antiguos el rayo era una deidad. Un día, fue Thor. Illapu, por estas tierras. Tras el relámpago aparecía el fuego. Nuestros ancestros, temerosos en las cavernas, protegían la espontánea lumbre. Algo cambió cuando este elemento pudo ser controlado. Un hecho significativo: en torno a la hoguera los viejos contaban sus historias para espantar al olvido.

Se crearon mitos. Para los griegos, Prometeo robó el fuego y lo entregó a los humanos. Zeus lo castigó dejando que una ave de rapiña lo picoteara sin piedad. En la cosmogonía shuar fue Jempe (el colibrí) quien hurtó el fuego del inframundo donde vive Iwia. Para esto se prendió sus alas.

Los ritos están intactos. Eso es la quema de los monigotes en Ecuador: la purificación. La promesa de días mejores, aunque con testamentos… un pueblo que se ríe de sí mismo, de sus desgracias. Atrás de estos elementos se destacan las máscaras, que son el ocultamiento, pero también la autoconciencia para subvertir el orden. Está el libro de Juan Lorenzo Barragán sobre las diversas caretas que pueblan este país de contradicciones. Constan para muchas festividades, pero la de los años viejos son memorables.

El otro trabajo de investigación de largo aliento de la cultura popular pertenece a Marcelo Naranjo Villavicencio, merced al Cidap. En esta época qué dicha mirar a los políticos reconstruidos y burlados por la astucia popular. Los fantoches elaborados con humilde aserrín esperan con paciencia el desenlace fatal en medio del estruendo de las camaretas.

Los orígenes son antiguos, tal vez de las saturnales romanas o de los antiguos celtas. Llegaron en silencio en las carabelas y, una noche, asaltaron las piadosas ciudades coloniales para tomarse los vecindarios, con viudas al fin travestidas. Ahora, los muñecos que “remedan” a los héroes de la cultura de masas son apropiados con nuevas simbologías. Ya son nuestros y barrocos. Qué nos importa si el hombre araña de papel periódico gastado y grumo se cuelga de los improvisados alambres en el suburbio de Guayaquil hasta volverse cenizas.

Pero el fuego no purifica todo, al otro día seguimos siendo los mismos. No somos el cambiante río que decía Heráclito. No somos uno de los elementos de Parménides. Pero estamos allí con nuestras máscaras -ya sin hilo- caminando por este ancho mundo fingiendo lo que no somos. Esperando al carnaval… Éramos una máscara, clamaba Martí. (O)