Tres años sin Sixto

- 18 de noviembre de 2019 - 00:00

De los momentos vértices de estos 40 años de democracia me quedo con la arenga en el balcón del hombre mayor que hizo la luz al prometer a los estudiantes de la Plaza que éramos tan dignos como capaces.

Nos hace falta un discurso de unión luego de años de retórica divisionista y de sobrevivir a un octubre de fractura múltiple. Requerimos urgentemente ese mensaje de aliento y valentía. Un presagio de victoria desde la convicción y no desde una oficina para impostar frases.

Fundador del Partido Social Cristiano pero candidato ganador por su propio movimiento. Un nacido en EE.UU. que llega a ser presidente de Ecuador. Alcalde mayúsculo de Quito e hijo adoptivo de Bahía de Caráquez. No son contradicciones; es el arquitecto incansable construyendo caminos.

Las secuelas económicas de la guerra y los escándalos que mancharon su gestión le restan un invicto que se merecía por decencia y rectitud. Los presidentes están para tomar decisiones, pero el cálculo político los ata de pies y manos. Durán Ballén no ponía sobre la mesa ni su agenda ni su partido. No era un presidente actuando como candidato ni midiendo la siguiente campaña. Podía ser áspero con los periodistas, pero la censura no era parte de su repertorio.

No fue presidente golpista ni golpeado. Tampoco fue un virtuoso de la economía ni un artista de la comunicación. Más bien se sostenía en una gran sensibilidad social y en un sentido común que suele ser escaso en el poder. Quizás fue blando a la interna y abrió demasiado el mercado, pero llegado el momento dio el paso al frente para que nunca demos el paso atrás.

¿Cómo hubiera sido un segundo mandato? ¿Qué proyectos hubiera levantado con la bonanza petrolera? ¿Cómo hubiera reaccionado ante la crisis financiera? ¿Hubiera terminado con la marginación rural? Era la persona ideal para levantar a Manabí después del terremoto.

Lejos está Sixto Durán Ballén de ser perfecto. Tampoco creo que su paciencia de docente y su talento por el diseño nos hubieran protegido en varias de nuestras tormentas. Pero valoro su impecable vocación de servicio y su sencillez. Era más eficiente reconstruyendo que construyendo.

Y mientras el delirio de algunos es llegar, quedarse o volver, quisiera creer que la ilusión de Sixto nunca fue él sino un mejor país. Se fue hace tres años mientras dormía. Se quedó entre los que comparten su mismo sueño. (O)

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