Lo peor de la era democrática

- 05 de agosto de 2019 - 00:00

Muchas de las postales de estos 40 años son retóricas. Sixto erguido en el balcón jurando ante los estudiantes que el país no iba a retroceder ni un paso. Roldós y su discurso templado y viril a prueba de silbatinas antes de tomar ese avión al infinito. Mahuad explicando que lo importante nunca fue ganar la guerra sino conquistar la paz. Las tres estampas de un país al que le ha costado unirse más allá del cabezazo de Kaviedes en el arco sur y el histórico andar de Jefferson en las calles de Atlanta.

La democracia nos devolvió la capacidad de elegir, pero por esa puerta entró muchas veces la enfermedad disfrazada de cura. Si algo se demostró en estos años es que no sabemos elegir y que tampoco nos encanta votar.
Que cada uno haga su lista de presidentes favoritos; es difícil encontrar un gobierno que no haya descarrilado, volcado o chocado. Más allá de las impericias de quienes han ido al volante, creo que lo peor de estos 40 años está en la legislatura.

Del congreso salieron las componendas y la pugna de poderes. Volaron los ceniceros, formaron mayorías de la regalada gana y se camisetearon hasta el cansancio. Al principio secuestraban a los presidentes políticamente y luego ya los declaraban mentalmente incapacitados para gobernar. Tres zancadillas al hilo a mandatarios electos hasta que en Montecristi se intentó hacerle la lipo a un sistema deforme.

La nueva Asamblea olvidó fiscalizar y legisló por encargo y a medida. La brillante idea del CPCCS teniendo la última palabra para los organismos de control nace de la impericia de un poder del Estado transformado en primera dama. Campeones de las resoluciones y los diezmos, el futuro tampoco luce muy alentador en otros poderes. La justicia nunca ha dejado de estar al servicio partidista y la función electoral es una vergüenza.

Ha sido una democracia patuleca y mucha gente aplaudió Taura, la caída de tres presidentes y el 30S. Que quede claro que ese día no nació la democracia sino un slogan. También ha sido una democracia mal utilizada. ¿Cómo es posible que casi siempre votemos por caras y nombres y no por ideologías? Así, los proyectos políticos se volvieron unipersonales e insosteniblemente egocentristas. ¿Hasta cuándo abusamos de las consultas?. Quizás nunca dimos ese paso atrás como prometía el presidente Durán-Ballén, pero ciertamente dimos muchísimos en la dirección incorrecta. Y seguimos sin encontrarnos. (O)

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