Neorregionalismo

- 20 de enero de 2020 - 00:00

Ecuador es uno de los pocos países en el mundo cuyos noticieros televisivos nacionales se presentan simultáneamente desde dos ciudades. En EE.UU. se emiten desde Nueva York, en España desde Madrid y en Colombia desde Bogotá. Pero aquí la lógica es el miedo al rechazo.

Por lo general, los nacionalismos y regionalismos encajan con la retórica de las autonomías y la lucha contra la descentralización. Son debates sobre la identidad, marcados por referencias culturales, históricas y geográficas, aunque casi siempre terminan siendo instrumentos de movilización política.

Pero esto no es Quebec o Catalunya. En Ecuador, nuestro regionalismo es primo hermano del racismo. Es decir, está fundamentado en la ignorancia y el temor, y tiene como objeto forzar un escenario de superioridad. Hay que descalificar a monos y serranos para justificar errores, victimizarnos, elevar logros y radicalizar posturas. Un ping-pong tan tercermundista como estéril, liderado con rabia por las dos ciudades grandes.

La leyenda es que Quito se siente muy española y Guayaquil tiene los colores de la bandera de San Martín. Hay que rastrear alguna raíz que nos diferencie urgentemente. El manual del costeño lo señala como espontáneo y sincero (unos leen burdo y escandaloso). En la región interandina las personas suelen ser más conservadoras y diplomáticas (algunos lo interpretan como solapadas e hipócritas).

¿Ola de calor? Chistes regionalistas. ¿Perspectivas sobre el año futbolero? Con dedicatoria de odio a equipos de la otra ciudad. ¿La dolarización? Made in Guayaquil. ¿La crisis bancaria? Otra obra de León. Por cierto, en el rompecabezas político, tanto Nebot como la Conaie enfrentan el mismo dilema del rechazo lejos de sus terruños. Uno de los hitos del correísmo fue poner en la papeleta a un binomio guayaquileño. Algunos dirán que por eso nos fue bien. Otros dirán que por eso nos fue mal.

En el complejo mundo de los complejos, el regionalismo es la mano izquierda de un país que forcejea consigo mismo. Cuando fui a vivir a Quito, hace más de 25 años, los jóvenes lucíamos menos prejuiciosos y pensé que el tiempo y la era de la comunicación iban a diluir nuestra vocación autodestructiva. Pero las redes sociales son caldo de cultivo de mitos, odios y competencias sin sentido.

Las nuevas generaciones heredan un sentimiento añejo, pero robustecido, que nos aleja de un proyecto de país y nos arrincona en ficciones delirantes de lógicas absurdas. (O)

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