La jorobita

- 10 de julio de 2018 - 00:00

“Al que da y quita el diablo le hace la jorobita”, lo hemos dicho desde siempre, como rechazando toda posibilidad de burla o mentira. Que ahora se diga que recuperaremos la emblemática sede de UNASUR, Unión de Naciones Suramericanas, desvela además desconocimiento del acuerdo sustitutivo de sede entre Ecuador y la Secretaría de la unión.

Este documento de formalización de nuestras obligaciones, no tan extenso, suscrito el 6 de noviembre de 12015, dice claramente, entre otras cosas, que la donación del inmueble de la Sede permanente se revertirá a favor de Ecuador solo en tres casos: si los países miembros deciden cambiar de sede; si Ecuador denuncia el Tratado Constitutivo de UNASUR y; si los países miembros deciden la terminación del Tratado Constitutivo de la Unión de Naciones Suramericanas.

Nada de lo anterior ha ocurrido, al menos no todavía, así que suena a precipitación el mencionado anuncio o, quién sabe, un acto fallido que anticipa lo que se desea hacer. Seis países, bien lo sabemos, se han alejado momentáneamente de la Unión, tal parece que el siguiente paso del Ecuador sería sumarse a esos seis. Si eso ocurre quedaría desvelado que nuestra política exterior, de la cual el presidente es su máximo responsable, ya no cree en la integración del Sur y preferiría enfrentar, a los monstruos del Norte, en solitario, lo que podría anticipar una suerte de sumisión a los afanes imperiales.

Que nos sumaríamos a la ola conservadora de naciones que se han negado salidas más políticas, como UNASUR, para encarar las enormes inequidades que nos caracterizan como región.

Que aquellos otro temas, el cambio climático, seguridad y defensa de bienes naturales, de los que en UNASUR también se han tratado, entre otro muchos, quedarían para ser asumidos con una mirada subordinada.

Decir que la sede ha sido despilfarro, cuando se destaca que costó 45 millones de dólares, nos devuelve a un escenario que siempre nos quiso hacer creer que lo nuestro solo daba para espacios pequeños, oscuros, sórdidos. Fueron épocas pretéritas cuando creíamos normal, natural, incluso así dios lo había querido, que solo estrecheces merecíamos, sin la posibilidad de soñar en grande.

No se sabe cuánto tiempo demandará, si la decisión política está tomada, recuperar para Ecuador el inmueble, así que ofrecer a una parte del pueblo indígena ese edificio para instalar ahí una universidad, luce como cuando, otra vez, los dichos populares, con su sabia síntesis, definían una frágil situación: yo te ofrezco, busca quién te de.

Una universidad siempre será importante, pero quizá hoy es más apremiante, para estar con la historia, seguir apostándole a la integración. (O)

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