No llores por mí, Sudamérica

- 19 de agosto de 2018 - 00:00

La decisión de Iván Duque, el nuevo presidente colombiano, para la retirada de su país de la Unasur, no solamente es la inauguración de las medidas que el mandatario deberá tomar, sino también el certificado de defunción del tradicional y precario proyecto de cooperación de la parte sur del continente americano.

La drástica declaración es un amplio mensaje de que la integración latinoamericana pasa por un período negativo que se presenta con visos de ser terminal.

La atmósfera en el subcontinente latinoamericano viene acompañada de un contexto adverso a los experimentos de integración (y de cooperación económica) en todo el continente, bajo el influjo amenazante de Estados Unidos liderado por Trump. Por otra parte, el núcleo de la Unión Europea, que fuera un faro de mensajes positivos en el pasado, no parece pasar por sus mejores momentos.

La defunción de Unasur estaba anunciada desde que Argentina, Brasil, Chile, Perú y Paraguay decidieron suspender su membresía. Un largo período sin secretario general carcomía su funcionamiento. Los objetivos de Unasur resultaban un tanto etéreos para rellenar el espacio reservado por Ecuador en el “centro del mundo”.

El admirable edificio construido sobre la raya de los hemisferios se quedó vacío de objetivos. Nunca se vio claro el proyecto de convertir a Unasur en una eficaz OTAN sudamericana. Nunca se palpó su eficacia en convertirse en foro de solucionar controversias. Simultáneamente, su evolución contrastaba en la deriva de la Comunidad Andina y Mercosur.

Las ansias de Bolivia por pertenecer a Mercosur es el penúltimo capítulo del drama sudamericano, del que queda como resto, especialmente luego del desastre de Unasur, el flexible remiendo futuro de una coalición de los miembros más confiables de Mercosur con algunos socios (Perú, Colombia, Chile, incluso México) del oriente del subcontinente, en lo que se llama la Alianza del Pacífico.

Esta sería la alternativa a la tradicional construcción de la integración latinoamericana, soslayando la institucionalización (la hija predilecta de la Unión Europea), y priorizando el pragmatismo de los acuerdos estrictamente comerciales y de inversiones con socios confiables. (O)

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