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El Telégrafo
María José Machado

Los hombres que se fueron a comprar tabacos

30 de abril de 2022 08:21

"Las mujeres y los niños no solamente estamos unidos por la biología, sino también por la política, por una impotencia compartida."

Shulamith Firestone

 

En esta línea imaginaria parece que los hombres se han ido. Los ha llevado la migración, otro compromiso, la desidia o la irresponsabilidad. Y a veces es un alivio que se vayan. Me acuerdo de una poderosa lideresa campesina que decía que comenzó a vivir el día en que su marido pegador y borracho se murió. Mi mamá dice, sabiamente, que hay muertes que dan vida. Mi clienta más querida cuando fui practicante de la abogacía quedó embarazada por las violaciones sistemáticas del hijo de la casa en la que era empleada doméstica. Se animó a demandar paternidad y alimentos cuando su hijo tuvo 18 porque le ilusionaba estudiar arquitectura y ella no podía pagarle la carrera. El padre no opuso excepciones y compareció a pesar de haber sido citado por la prensa. Pagó una pensión ínfima y se enteró de la fecha de cumpleaños del hijo solo para pedir la extinción de la obligación cuando el chico cumplió 21 años. Él nunca pudo terminar la carrera de Arquitectura e inició un juicio para quitarse el apellido de su padre: tenerlo había sido un costo demasiado alto para estudiar.

 

Un amigo, ya muy adulto, sentía que lo único que lo ataba al padre ausente que hacía de buen padre de familia con su “verdadera familia” era una ínfima pensión que depositaba y que no servía ni para los chicles. Cuando el padre presentó el escrito para extinguir la obligación porque el hijo era mayor, algo se rompió en el hijo. Parece que muchos se van a comprar tabacos y no regresan desde antes de haberse ido a comprar tabacos.

 

Me contaron recién lo siguiente: “Mi papá siempre amenazaba a mi mamá, cuando peleaban, con irse y llevarse ‘a mi hijo’. Mi mamá estaba tan cansada de tanta violencia vivida en peores nupcias que no le decía nada. Yo tenía miedo de quedarme con mi papá. Cuando cumplí cinco años le dije por primera vez no. Me quedo con mi mamá. Te vas solo”.

 

Una amiga querida después de haber vivido largos años de violencia en un matrimonio de juventud se divorció de su marido porque él le fue infiel. Cuando ella, después de un proceso terapéutico profundo empezó a tomar conciencia de sus derechos y a experimentar placer por la vida, a tener un mejor trabajo, a sentirse linda, a tener amistades y hasta nuevas parejas, él la amenazó con quitarle a su hija. Ella le dijo, sí, claro, llévate a la niña y la ínfima pensión que pagas te la pago yo. Él nunca volvió a hablar del tema porque jamás se imaginó que en realidad iba a tener que cuidar de su hija. Descubrió que las amenazas ya no surtían efecto en la madre. No le interesaba cuidar a su hija sino los fines de semana. Solo quería controlar a su ex esposa y no le resultó.

 

Pero a muchos la sola amenaza les resulta como arma de terror. En el Ecuador todavía la maternidad estructura la identidad de muchas mujeres. Las maternidades forzadas, resultado de las violaciones o de la omisión del estado en prevención del embarazo adolescente, demuestran la imposición de este destino; pero también las maternidades gozosas, deseadas, buscadas por las mujeres son definitivas en sus vidas. La propia desigualdad de género y la esencialización de la mujer como madre han llevado a una cultura que glorifica la maternidad en planos alegóricos pero que la desprecia en las políticas, los acuerdos familiares y de pareja. Pero la obligación de ser una buena madre y el afecto y la ternura cosidos en las pieles de las madres son gravitantes en las emociones de las mujeres.

 

Hoy asistimos a un borrado sistemático de las mujeres de las leyes, la institucionalidad, las sentencias judiciales sin perspectiva de género y las políticas públicas. Sólo como ejemplo está la eliminación de la preferencia materna, acción afirmativa que resultó de la evolución del Derecho de familia y de los derechos de niñas, niños y adolescentes al cuidado y a la protección. Considerándola arcaica y como “reafirmadora de rancios estereotipos de género”, postura que considero ingenua a su mejor luz, o francamente insensata y ciega a la realidad de este país y funcional a los discursos posmachistas o de un “feminismo” más bien liberal –ese oxímoron–; la Corte Constitucional privó a las madres de una de las pocas seguridades que aquellas que han sufrido violencia de pareja tenían para no ser también extorsionadas por sus parejas en procesos de divorcio, alimentos, tenencia o visitas.

 

La Corte Constitucional confía en la capacidad de los varones para ingresar en el terreno de los cuidados y piensa que en este país las leyes van a modificar conductas arraigadas y recrudecidas por la crisis económica. Sabemos que, salvo casos excepcionales, los hombres comprometidos con el cuidado sin necesidad de leyes o sentencias lo comparten. La preferencia materna no fue, ni siquiera, la primera opción, sino una regla aplicable a falta de acuerdo en contrario y siempre que no perjudicara los derechos de niñas, niños y adolescentes. Es más, quienes cuidan sus hijos e hijas la mayor parte del tiempo después de los divorcios siguen siendo las mujeres. Están tan naturalizados los roles opuestos y complementarios de “proveedora” y cuidador” que lógicamente la eliminación de la preferencia materna se vio por grupos de hombres antiderechos como la vía a la tenencia compartida impuesta, que significa, a su juicio, la eliminación de la pensión alimenticia, que, aunque muchas veces es el único vínculo de un padre con sus hijas e hijos, es sistemáticamente evitada e irrespetada. Se van a comprar tabacos, otra vez.

 

Lógicamente, existe una defensa conservadora de la preferencia materna, atada, esa sí, a los estereotipos de género: que las madres son el resguardo moral de la Patria, que las hijas e hijos están mejor bajo sus cuidados y que, por naturaleza, corresponde a las mujeres ser las exclusivas responsables del cuidado. Esa concepción, sin una red de apoyo familiar o sistemas públicos y gratuitos de cuidado, financiados por el estado y ante la ausencia del pago de las ínfimas pensiones alimenticias, termina sobrecargando de tareas y de gastos a mujeres ya bastante empobrecidas.

 

Desde las organizaciones de mujeres y feministas, durante el proceso de resolución de la Corte Constitucional, apostamos por una defensa práctica de la preferencia materna, radicalmente distinta a aquella defensa conservadora. Ni las mujeres cuidamos mejor por esencia, ni los hombres no pueden cuidar. Simplemente, este es un país donde 9 de cada 10 divorciadas han vivido violencia, donde hay al menos 300 demandas diarias de paternidad y alimentos, donde el 84% de niñas, niños y adolescentes beneficiarios de las pensiones reciben menos de $129 mensuales. Esta cantidad no cubre, ni de lejos, las necesidades apremiantes de alimentación, educación, salud, vestido, recreación y vivienda.

 

Sin embargo, se ha demostrado la efectividad de la tabla de pensiones alimenticias, con al menos un millón de niñas, niños y adolescentes que la reciben de acuerdo con las necesidades básicas por edad y con los ingresos de los alimentantes, que son, casi en todos los casos, los padres. La vigencia de dicha tabla permitió reducir la discrecionalidad de jueces y juezas y mejorar la recaudación de las pensiones (Berenice Cordero Molina, 2021).

 

En estos días, Ecuador ha sido una vez más el escenario de un caso macabro, que ilustra en su máxima expresión la crueldad y la misoginia y también la indisolubilidad del binomio madre/hijx, no en tanto estereotipo que molesta a los ideales de igualdad de género de la Corte Constitucional, sino como cuerpos imbricados por un enemigo común: el patriarcado como sistema donde los hombres valen más que las mujeres y donde los adultos valen más que las niñas y los niños. Una bebé de siete meses fue asesinada en Ibarra. Según las investigaciones, el padre de la bebé contrató a dos sicarios para matarla a ella y según otras versiones a su madre, y evitar el pago de las pensiones alimenticias. El autor intelectual es policía. Se quiso “ahorrar” $290 mensuales. La madre de la niña asesinada contó que el padre de ella la citó para ver a la bebé, con este mortal resultado.

 

Por supuesto, la posición de la Corte Constitucional fue, a mi juicio, de defensa ingenua de la inconstitucionalidad de la preferencia materna. Porque hay una defensa claramente misógina de la inconstitucionalidad de la preferencia materna que se ampara, igual, en discursos aparentemente progresistas y en el colmo del cinismo, en argumentos sobre la igualdad de género y la necesidad de “aliviar” las cargas de las madres. No se hicieron esperar los llantos de muchas mujeres con la resolución de la Corte, debido a las constantes amenazas de “quitarles” a sus hijos. La investigación de Natasha Montero ilustra muy bien este punto: las mujeres son victimizadas en el proceso de superar violencias por parte de sus exparejas y perseguidas en el ámbito administrativo, a través de denuncias presentadas en las juntas cantonales de protección de derechos. Sus exparejas y la policía especializada las denuncian después de un conflicto y en su mayoría el “problema” es que la denunciada debió atender obligaciones del trabajo, rompió con la pareja, salió con sus amigas o tiene una nueva pareja; o surgen en el contexto de procesos de alimentos o tenencia. En palabras de Carolina Baca y Cristina Vega, “las mujeres enfrentan graves dificultades en la negociación con varones escasamente comprometidos con la atención a los hijos, pero sí proclives al control de sus ex parejas y a eximirse del pago de pensiones alimenticias”.

 

En el nivel institucional, sigue llamando la atención del Comité de la CEDAW el rango medio del mecanismo de género del país. El Consejo Nacional para la Igualdad de Género no tiene el posicionamiento, ni la rectoría, ni el personal ni los recursos económicos para la labor de transversalización del enfoque de género en las políticas públicas. Acaba de renunciar la Secretaria de Derechos Humanos, Bernarda Ordóñez, por diferencias con el Presidente y sus políticas gubernamentales, distantes del objetivo del “encuentro por los derechos”. La represión a las manifestantes en el 8 de Marzo, el manejo de la crisis penitenciaria y el silencio ante los hechos de violencia serían los motivos de esta renuncia. Asimismo, desde hace años lamentamos la eliminación de la alguna vez gloriosa Comisión de la Mujer y el Niño de la Asamblea Nacional, instancia legislativa que atendía con especialidad los proyectos de ley para garantizar los derechos de las mujeres. La ley que garantiza la interrupción voluntaria del embarazo por violación fue tramitada por la Comisión de Justicia y Estructura del Estado, como si se tratara de una norma penal. No existe una Comisión parlamentaria que elabore técnicamente normas que favorezcan a las mujeres.

 

Otras barbaridades las hemos visto en estos años, como la pretensión de legalizar los vientres de alquiler y aun la adopción desde el vientre; situaciones que van a fomentar la trata de mujeres, niñas y niños y la explotación reproductiva de las mujeres más pobres. De igual manera, ideas absurdas sobre la “igualdad” pretendieron, como avance, que el permiso de maternidad sea transferible a la pareja masculina (en lugar de extender los permisos por paternidad) como si los cuerpos de los hombres pasaran por el proceso del parto y de la lactancia.

 

En el ámbito político, la paridad, aspiración feminista para superar la desigualdad de mujeres y hombres en el poder público, se ha invocado para favorecer, en osada argucia, la participación de los hombres. Qué podemos decir de un país donde se impone la barbarie y donde las ausencias del estado y el encarecimiento de la vida se siguen trasladando sistemáticamente a los cuerpos y las vidas de las mujeres, muchas de ellas, madres.

 

El caso de Johnny Depp es la nueva excusa de los machistas para decir que la violencia no tiene género. Y el caso de Debanhi Escobar, asesinada recientemente en México, vinculado con la realidad feminicida y el crimen organizado de este país, es atribuido a sus amigas que la dejaron sola, culpándolas de un problema estructural. Aunque todavía existen voces mayoritarias de desprecio a las mujeres y de justificación y naturalización de la violencia sexual –que las mujeres provocan, que por qué van de fiesta, que cómo van vestidas– en esta semana también las y los jóvenes nos han llenado de esperanza. Estudiantes del Colegio Dillón, en Quito, protestaron masivamente en contra del perpetrador y los encubridores de la violación a una estudiante de catorce años en el transporte escolar.

 

En 1996, el Estadio Modelo, a vista y paciencia de todo el mundo y en manada, estudiantes del Colegio Vicente Rocafuerte abusaron sexualmente de una adolescente, como recordó Inti Kori Quevedo en Twitter. Recuerdo que vi en la revista Vistazo esa imagen desgarradora, siendo todavía niña. Ayer lloré de tristeza, pero también de emoción, viendo la valentía de las y los adolescentes del Colegio Dillón, en altiva defensa de su compañera. Este país sigue siendo una línea imaginaria donde hay hombres que se van a comprar tabacos y no regresan, o regresan para pegar, violar y matar. La violencia contra las mujeres sigue siendo un fenómeno estructural, sistemático y naturalizado. Sin embargo, las nuevas generaciones han heredado las herramientas conceptuales y de lucha de los feminismos y tienen mayores elementos de conciencia de sus derechos. Nuestras ancestras en la lucha nos han hecho mucho bien y seguir luchando es la manera de honrarlas.

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