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Ecuador/Mié.5/May/2021

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Christian Gallo Molina

¿Hasta cuándo, alcalde Yunda?

19 de abril de 2021 00:00

Narra Plutarco, que Julio César, ya rodeado por sus enemigos en el senado, dejó de defenderse y solo atinó a cubrirse el rostro al darse cuenta de que entre aquellos que blandían los puñales en su contra, se encontraba su hijo adoptivo y protegido, Marco Junio Bruto.

En pleno S.XXI y aunque muy lejos de la figura de César, el alcalde de la ciudad de Quito, perseguido por sus detractores, ha recibido la más grave herida política por parte de su propio hijo. Sin embargo, y a diferencia del gran romano, prefiere negarlo y se resiste a caer.

Jorge Yunda, personaje pintoresco y contradictorio, al más puro estilo de otro italiano, Silvio Berlusconi, encontró en la política la joya que faltaba en su variopinta trayectoria. Al igual que el milanés, de humildes inicios, logró consolidar un imperio mediático (no pocas veces cuestionado) y a través de él, abrirse espacio en el complejo ámbito de la política. Amigo de sus amigos, obtuvo un escaño en la Asamblea Nacional y consolidó una fuerte base en la ciudad de Quito que le permitió llegar a su alcaldía contra todo pronóstico. Hábil al momento de delegar, pudo eludir con suerte los problemas que no faltaron al inicio de su administración. Sin embargo, fue con la pandemia que alcanzó su punto más alto, pero también llegó su estrepitosa caída. Astuto comunicador, supo vender al inicio de la cuarentena la imagen del médico-alcalde que se preocupaba por sus conciudadanos. Hoy, seriamente cuestionado por varios escándalos relacionados con el manejo de fondos durante la emergencia, se ve acorralado incluso por quienes fueron sus co-idearios, después de salir a la luz el turbio manejo de varios temas del cabildo por parte de su hijo y otros familiares.

Absurdo es comparar las figuras y si bien Yunda ha sido capaz de crear un “imperio”, jamás será César. Por su parte, su hijo Sebastián, a diferencia de Bruto, no ha confabulado contra su padre y protector, sino que por un “descuido” lo ha puesto quizá, en la situación más comprometedora que ha tenido que afrontar. Ante ello, el alcalde ha preferido salir al paso, y en un intento de judicializar la política, ha llevado todo al terreno de las presunciones, tratando de evitar así las inminentes consecuencias políticas. En accidentadas declaraciones ha dicho que jamás pondría las manos en el fuego por nadie, ni siquiera por sus familiares, para posteriormente hablar, de una forma mecánica y claramente prefabricada, de presunción de inocencia y de pruebas ilícitas y forjadas. Sin embargo, su discurso una vez más es tardío y contradictorio, pues su hijo se encuentra ya a buen recaudo fuera del país.

Así, mientras el alcalde huye de sus acusadores o convoca a turbas para que los intimiden en las sesiones de concejo, la ciudad de Quito, en una crisis sin precedente, ha quedado abandonada a su suerte esperando el momento que su principal autoridad, con grillete como “trofeo”, agote su defensa en las instancias judiciales y finalmente se enfoque en ella. Hasta tanto, basta caminar por la urbe para dar cuenta de su estado: calles llenas de baches y basura, obras a medio hacer o terminar, parques y edificios públicos descuidados, desarrollo urbanístico desordenado, tránsito desorganizado. Pareciese que hubiésemos vuelto en el tiempo y viviésemos en una de las coloniales décimas de Juan Bautista Aguirre, y al igual que el Cristo sandiegano de la tradicional leyenda, ahora preguntásemos, ¿hasta cuándo, alcalde Yunda?, solo que esta vez la respuesta no sería un “hasta la vuelta, Señor” sino un cínico “hasta que ganen las elecciones”.

Dice Borges en “La trama” que al destino le agradan las repeticiones, las variantes, las simetrías. Quizá, hubiese sido más noble que el alcalde, al igual que César, se cubra el rostro y en silencio acepte su destino. Al final, parece una vez más, que la suerte ya está echada.