Columnista invitado

García Linera: de la indignación a la esperanza

- 21 de julio de 2015 - 00:00

Columnista invitado

El vicepresidente de Bolivia, Álvaro García Linera, ha hecho una síntesis de los caminos por los cuales los gobiernos progresistas latinoamericanos pueden superar sus problemas actuales. En primer lugar, ha dicho, hay una necesidad insuperable de un modelo económico que funcione. Sin ello, no hay desarrollo, no hay mejoría de la situación del país, no hay avances sustanciales en las condiciones de vida de la gran masa de la población.

Puede parecer una visión demasiado simple, pero con su intensa experiencia de ya casi una década de gobierno y con la carga de problemas económicos y sociales pendientes en nuestro continente, García Linera sabe de desajustes, insatisfacciones y debilidades para imponer un nuevo modelo hegemónico, cuando no hay una política económica de éxito, que atienda, de distintas maneras, a todos los sectores que hay que dirigir para legitimarse como gobierno. Que fortalezca y desarrolle de forma sostenible las condiciones materiales en que reposan nuestras sociedades.

Queda clara su preocupación con los modelos económicos de países progresistas de la región, que tropiezan con problemas estructurales no resueltos, agudizados por el terrorismo económico interno de la oposición y el cerco financiero internacional sobre los países que no se resignan a los modelos del Fondo Monetario Internacional. Que no es una visión económica está claro por todo el pensamiento de García Linera y por el mismo gobierno de Evo Morales. Es un enfoque de construcción de la hegemonía posneoliberal.

Se trata, al contrario, de un elemento esencial en la construcción de esa hegemonía. Subestimarlo es dejarse llevar por las corrientes avasalladoras de la especulación financiera y del poder de los bancos que domina el capitalismo contemporáneo. No construir, a partir del Estado, ese modelo propio, es permanecer reaccionando a mecanismos recesivos, depresivos, que dejan nuestras economías en el círculo vicioso de las cadenas financieras del neoliberalismo y, además, se prestan al pesimismo que la derecha intenta siempre imponer sobre el ánimo de las personas.

Pero si ese es un elemento estructural de las alternativas sostenibles al neoliberalismo, hay resortes indispensables destacados por García Linera, para que esos procesos no solo se mantengan vivos, sino que -además- se renueven y se extiendan permanentemente hacia capas cada vez más amplias y jóvenes de nuestra sociedad. Uno es suscitar permanentemente la indignación frente a las injusticias de la sociedad capitalista: la explotación, la discriminación, la exclusión social, la violencia contra los más frágiles, el machismo, los monopolios de los medios de prensa, entre otras.

Ese es el acicate permanente que permite impedir que descanse y se aliene la conciencia de las personas. Ese trabajo es responsabilidad de la militancia por un mundo mejor: de gobernantes a militantes de base, de sindicalistas a profesores, de dirigentes de organizaciones sociales a los de organizaciones culturales.

Pero para que esa indignación despierte debe encontrar alternativas viables y fuerzas capaces de encarnar esa rebeldía, resistencia a toda resignación, a la burocratización, al desaliento. Fuerzas que propongan y personifiquen estrategias de acción a la vez audaces y factibles, utópicas y realistas. Indignación y esperanza es la fórmula de movilización de las fuerzas sociales, políticas, culturales, intelectuales, para la construcción del mundo que supere definitivamente la sociedad construida sobre el poder del dinero hacia una sociedad basada en el poder de los derechos, de la solidaridad, en el poder de los pueblos y de sus valores. (O)

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